Atrapada

Capítulo 16: El espejo opaco de la soledad

Pasaron dos meses enteros desde aquella tarde en el centro comercial. Dos meses en los que Julián no dio la más mínima señal de vida, y en los que yo, aferrada a un orgullo herido que se caía a pedazos, tampoco lo busqué.

Por fuera intentaba mantener mi máscara, pero por dentro me desgarraba llorando en la oscuridad de mi habitación. Me sentía más sola que nunca en mi vida. Estaba atrapada en un callejón sin salida, sin tener a una sola persona a quien confiarle el infierno que estaba viviendo. En mi propia casa, la confianza era un lujo que no existía. Hablar con mi madre era imposible; fiel a su costumbre de menospreciarme, siempre buscaba la manera de culparme a mí de todo lo malo que pasaba. Con mi papá tampoco podía desahogarme. Para él, Julián seguía siendo el yerno ideal, el hombre perfecto que me daría estabilidad económica si nuestra relación llegaba a más. Julián tenía un trabajo seguro y, sobre todo, continuaría con la tradición familiar de ser uniformado. ¿Cómo iba a romper la ilusión de mi padre? Mis hermanos mayores, por su parte, vivían demasiado lejos como para poder hablar de algo tan íntimo, y este no era un tema que se pudiera desmenuzar a través de una fría llamada telefónica.

¿En quién me apoyaba entonces? En nadie. Estaba completamente sola.

Un día cualquiera, me paré frente al espejo del baño y me obligué a mirar mi reflejo. La mujer de veinte años que me devolvía la mirada estaba apagada, marchita. Me sentía fea, insignificante. Mi larguísima melena, aquella que solía caer indomable hasta mis nalgas, ahora estaba enredada, opaca y sin una pizca de brillo. La disciplina atlética que tanto me había costado construir se desvaneció: dejé de comer, perdí las fuerzas y me recluí en mi propio dolor. Me alejé por completo de mis amigos de la universidad y del local de comida rápida; no quería que nadie me viera, no quería salir a ninguna parte.

El único que se negó a dejarme caer en ese pozo oscuro fue Alejandro.

Como yo no le respondía las llamadas ni los mensajes, él no se quedó de brazos cruzados. El marine simplemente aparecía en la puerta de mi casa a verme, desafiando mi aislamiento y recordándome, con su sola presencia, que todavía quedaba alguien en el mundo dispuesto a pelear por mí, incluso cuando yo ya había olvidado cómo pelear por mí misma.




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