Atrapada

Capítulo 17: El regreso del halcón bajo la lluvia

A partir de ese día, obligué a mis pies a ponerse en marcha. Retomé con fuerza mi rutina entre las aulas de la universidad, los turnos en el local de comida rápida y la compañía de mis amigos. Como ya habían pasado dos meses completos de una ausencia absoluta y castigadora, decidí dar la relación con Julián por terminada. No iba a ser el juguete de nadie. Así, con cada jornada de estudio y trabajo, comencé nuevamente a endurecer mi corazón, convenciéndome de que debía seguir adelante pasara lo que pasara.

En cada paso de ese doloroso camino, mi fiel amigo Alejandro estuvo ahí. Firme como todo un marine, me brindó su apoyo incondicional, su amistad sincera y una confianza que me servía de balsa. En nuestras charlas, me comentaba entre risas sobre sus aventuras y amoríos pasajeros, recordándome siempre, con un destello de honestidad en sus ojos café, que todavía no encontraba a la mujer de su vida porque el compromiso simplemente no estaba en sus planes. Su ligereza era el aire puro que mis pulmones necesitaban.

Un día cualquiera, Alejandro no pudo ir a buscarme a la salida de la universidad debido a sus deberes en la base. Sin su compañía, empaqué mis pesados libros de derecho en la mochila y decidí irme directo a casa. El cansancio me aplastaba los hombros; lo único que mi cuerpo suplicaba era un baño y dormir un par de horas para recuperar fuerzas.

Afuera, el invierno se ensañaba con la ciudad. Caía una lluvia torrencial que inundaba las calles y, para cuando crucé la puerta de mi hogar, llegué completamente empapada, temblando de frío.

Al entrar, me detuve en seco ante una escena extraña. Mi madre estaba sumamente risueña, parlanchina y de un humor inusualmente alegre, mientras que mi papá lucía una sonrisa de oreja a oreja que le cruzaba el rostro. Por un segundo, el corazón me dio un vuelco de alegría; pensé que mis hermanos mayores habían viajado de sorpresa para visitarnos. Recorrí el living con la mirada, pero no vi a nadie más. Sin darle mayor importancia al misterio, les sonreí.

—Voy a cambiarme de ropa y bajo a saludar a la visita —les dije, frotándome los brazos tiritando.

Subí las escaleras corriendo. Me di un baño con agua hirviendo que me devolvió el alma al cuerpo y me enfundé en mi pijama más calentito y cómodo. Me recogí la melena húmeda en una coleta desordenada y, descalza, bajé los peldaños lista para descubrir quién había provocado tanta felicidad en mis padres.

Al llegar al último escalón, me quedé completamente helada. El aire se congeló en mis pulmones y sentí un vacío violento en el estómago.

Sentada en el sillón principal, como si fuera el dueño legítimo de la casa, como si jamás se hubiera marchado y como si los últimos dos meses de silencio e indiferencia no hubieran existido, estaba la imponente figura de Julián. Vestía de negro, impecable, y sus ojos oscuros y almendrados se clavaron en mí con una tranquilidad pasmosa.

Al notar mi presencia, esbozó una sonrisa perfecta, se acomodó en el asiento y me saludó con una naturalidad que me revolvió las entrañas:

—Hola, amor.




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