Al verlo levantarse de su asiento y acortar la distancia con su imponente metro y noventa, el cuerpo se me tensó. Julián se inclinó para darme un beso en los labios, pero reaccioné por puro instinto: le desvié la cara con frialdad, dejando que su beso rozara mi mejilla helada.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté, con una voz que intentaba ocultar el temblor de mis manos.
Julián no se inmutó ante mi rechazo. Con una calma ensayada y esa voz ronca que solía dominarme, me soltó una explicación de película. Me dijo que se había tenido que ir de emergencia a la República Dominicana a buscar unos aviones militares, que en la base le habían prohibido todo tipo de comunicación externa y que no había tenido la menor oportunidad de avisarme. Añadió, mirándome fijamente con sus ojos negros almendrados, que acababa de aterrizar ese mismo día en el país y que había viajado al tiro a mi ciudad solo para verme.
Abrí la boca, armada con la fuerza que Alejandro me había transmitido durante esas semanas. Estaba dispuesta a gritarle que se fuera, que dos meses de silencio no se borraban con una excusa barata y que lo nuestro ya no existía. Pero Julián ya se había anticipado a mi defensa.
De entre sus ropas negras, extrajo una pequeña y elegante cajita. Al abrirla, la luz de la sala se reflejó en un juego de anillos de compromiso.
—Sé que me ausenté y te pido disculpas por eso —me dijo, suavizando la mirada en un gesto que me pareció genuino—. Pero de verdad te quiero, Salomé. Y quiero formar una familia contigo.
El silencio que siguió fue sepulcral, pero duró apenas un segundo. Mis padres, que observaban la escena con una felicidad desbordante, no esperaron a escuchar mi respuesta. Se levantaron del sillón y comenzaron a felicitarnos a gritos, celebrando la unión. En medio del alboroto, vi a Julián sonreír como nunca antes lo había visto en mi vida; era una sonrisa triunfal, la de un cazador que sabe que ha acorralado a su presa.
Sin darme tiempo a reaccionar, me tomó la mano y deslizó el anillo de compromiso en mi dedo. Yo estaba paralizada, atrapada en mi propio pijama, descalza y abrumada por la presión del living. Mi madre, cegada por la ilusión del yerno militar y perfecto, tomó el otro anillo de la cajita, me lo puso en la palma de la mano y me empujó físicamente hacia él para que se lo colocara a Julián. Obedecí de forma mecánica, empujada por la corriente de los deseos de mi familia.
Desde ese fatídico día de lluvia torrencial, me convertí oficialmente en la prometida de Julián. El marine tenía razón: me había dado el cielo y la tierra en una caja de terciopelo. Sostuve el metal frío en mi mano, sintiendo que esa joya no era una promesa de amor eterno, sino el primer eslabón real de las cadenas que comenzarían a destruir mi autoestima, pieza por pieza.