Atrapada

Capítulo 19: El sutil borrado de mi identidad

Julián se instaló en el dormitorio de invitados de mi casa durante una semana entera, y con su presencia llegó un estado de sitio absoluto. No me dejaba sola ni un solo segundo: me iba a buscar a la salida de la universidad, me esperaba afuera del local de comida rápida y vigilaba cada uno de mis movimientos. En un breve momento de descuido, logré llamar a Alejandro a escondidas para contarle, con el corazón en la garganta, la pesadilla de los anillos de compromiso.

—Si le pones fecha a esa boda, yo seré el primero en ponerme de pie y oponerme —me dijo el marine, y su voz transmitía una mezcla de rabia y profunda preocupación—. No voy a dejar que te cases con él, gringa.

Después de intentar hacerme reaccionar y aconsejarme con desesperación, Alejandro me soltó una noticia que me derrumbó por completo: lo trasladaban a otra base de entrenamiento en una misión especial. Estaría fuera, incomunicado, durante seis meses enteros.

—No te cases en este tiempo y, por lo que más quieras, no te acuestes con él —me suplicó—. Te quiero, gringa. Cuídate.

La llamada se cortó. Con el corazón completamente destrozado, ni siquiera tuve el lujo de poder llorar la partida de mi mejor amigo y protector. No podía quebrarme; tenía a un halcón acechándome dentro de mi propio hogar.

Durante esa semana, Julián desplegó toda su artillería de seducción. Salíamos a cenar, me sacaba a bailar y compartíamos momentos tan románticos que llegué a engañarme a mí misma, pensando que el hombre caballeroso del que me había enamorado en la playa finalmente había regresado. Su comportamiento impecable continuó en los meses siguientes. Viajaba a verme todos los fines de semana sin falta, me llevó a parques de diversiones, a zoológicos y hasta me presentó a sus padres. Al conocerlos, entendí un poco de su oscuridad: eran personas extremadamente serias, frías y distantes con él, al punto de que daba la impresión de que ni siquiera lo consideraban su hijo. Sentí lástima por Julián, y eso solo me unió más a él. Era como volver a comenzar desde cero.

Sin embargo, cuando la ilusión del compromiso se asentó, los pequeños detalles destructivos comenzaron a emerger de manera casi imperceptible.

A veces, mientras conversábamos, Julián se acercaba y me hacía cariños en el rostro. Con un movimiento supuestamente tierno y sutil de sus dedos grandes, pasaba las yemas sobre mis párpados para ir removiendo el delineador negro de mis ojos. Luego, me prohibió tajantemente usar brillo o labial rosado, alegando con fastidio que lo dejaba todo manchado cuando me besaba. Como yo me resistía a usar el conjunto deportivo que me había comprado, empezó a presionarme para que, por lo menos, dejara mis tacones de aguja de lado y usara zapatillas "para andar más cómoda". Paso a paso, me estaba despojando de la ropa y el maquillaje que me hacían sentir poderosa.

Pero el golpe más bajo vino con la comida.

Cuando salíamos a comer, Julián ya no me permitía pedir mis habituales platos de carne con verduras, fundamentales para mantener mi estilo de vida saludable. En su lugar, me arrastraba a locales de comida rápida, obligándome a comer pizzas, hamburguesas y papas fritas los fines de semana. Mi régimen alimenticio, aquel que me había costado lágrimas y cincuenta kilos de disciplina, cambió por completo en ese tiempo. Atrapada por su falsa atención, tardé mucho en darme cuenta de su macabra estrategia: Julián no me estaba consintiendo; estaba saboteando mi cuerpo y mi mente, borrando a la mujer atlética frente al espejo para devolverme a la prisión de mis antiguas inseguridades.




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