Atrapada

Capítulo 20: El territorio del halcón

El tiempo siguió su curso implacable y, bajo el peso de la rutina, las sospechas de infidelidad de aquella mañana en el dormitorio de invitados quedaron atrás, sepultadas en el olvido. Alejandro continuaba en su base de entrenamiento sin dar señales de vida, e indefensa sin mi único escudo, me encontré flotando en una densa nebulosa de manipulación, soledad y sutiles mentiras de la que ya no sabía cómo escapar.

Un fin de semana cualquiera, Julián decidió dar el siguiente paso en su estrategia. Habló seriamente con mis padres para pedirles permiso de llevarme a su ciudad durante una semana, bajo la emocionante excusa de que había estado buscando propiedades y quería que yo viera el lugar que se convertiría en nuestro futuro hogar. Mis padres aceptaron de inmediato, encantados con la madurez de su yerno militar. El viaje de ida transcurrió entre risas forzadas por mi parte, besos apasionados y charlas interminables sobre el porvenir.

Al llegar, nos detuvimos frente a un imponente edificio céntrico, moderno, lindo y muy acogedor. Subimos los pisos y, al abrir la puerta, Julián me anunció con orgullo que había comprado ese departamento utilizando la jugosa indemnización que el ejército le había otorgado tras su supuesto viaje express al extranjero. Las vistas desde los ventanales eran hermosas; se podía contemplar el movimiento completo del centro de la ciudad y, convenientemente para él, se encontraba a muy poca distancia de la base militar donde desempeñaba su trabajo.

A pesar del lujo del lugar, los nervios me carcomían por dentro. Era la primera vez en casi cuatro años de relación que estaríamos completamente solos, bajo el mismo techo y sin la mirada vigilante de mis padres. Sabía perfectamente que, en el aislamiento de esas cuatro paredes, podía pasar cualquier cosa.

Ya era una mujer de veintiún años. Seguía siendo virgen, pero no era tonta. Meses atrás, aprovechando una visita relámpago de una de mis hermanas mayores, me había armado de valor para confesarle mis temores. Le dije abiertamente que el compromiso avanzaba, que la intimidad con Julián sería inevitable y que lo último que quería en la vida era quedar embarazada. Mi hermana, comprendiendo la gravedad de la situación, me tomó de la mano y me llevó de inmediato al médico para comenzar un tratamiento anticonceptivo.

Para cuando pisé el suelo de ese departamento, ya llevábamos casi cuatro años de noviazgo y yo estaba terminando el tercer año de Derecho. En ese aspecto, al menos, mi mente respiraba tranquila. Sabía que estaba protegida y que un descuido no vendría a truncar el esfuerzo en mi trabajo de comida rápida ni a perjudicar mis amados estudios universitarios. Aún no era el momento de ser madre, y menos en una ciudad extraña, bajo la sombra de un hombre que poco a poco se estaba adueñándose de mí.




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