La primera noche que dormimos juntos bajo el techo de ese nuevo departamento, el ambiente se cargó de una intimidad que me aceleró el pulso. Entre besos lentos y caricias que me envolvían, la tensión fue escalando hasta llegar al límite. Sin embargo, el miedo me paralizó y, reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban, logré articular un "NO" en el último minuto.
—No importa —me susurró Julián al oído, sin mostrar atisbo de molestia. Me acomodó con ternura entre sus brazos grandes y, pegada a su pecho, nos quedamos profundamente dormidos.
A la mañana siguiente, me desperté con el estómago revuelto por la ansiedad. Estaba convencida de que se levantaría enojado conmigo, frustrado por haberlo frenado la noche anterior. Pero su reacción me sorprendió. Desperté entre caricias suaves, besos tiernos y un afecto que me derritió por dentro. Me encantaba estar ahí, protegida entre los brazos de la persona que quería. Al abrir los ojos y mirar el anillo de compromiso en mi dedo, lo vi con una ilusión renovada. Sentí un anhelo profundo de que nuestro futuro fuera exactamente como esos días de eneño. Bajé la guardia por completo.
Pero la primavera de esa ilusión se descontroló al tercer día.
Entre el calor de la tarde, los besos urgentes y los "te amo" susurrados al oído, me dejé llevar. Decidí entregarme a él con el corazón latiéndome a mil por hora, aferrada a la romántica idea de que mi primera vez se convertiría en un recuerdo hermoso para atesorar el resto de mi vida.
La cruda realidad, sin embargo, llegó con el hielo del peor de los inviernos.
No hubo el más mínimo cuidado, ni delicadeza, ni amor. Julián se transformó en un desconocido que solo se preocupó de satisfacer su propio placer de forma egoísta. Cuando todo terminó, me quedé inmóvil en la cama, completamente confundida, adolorida, ensangrentada y manchada con sus fluidos. En mi inocencia, pensé que él me abrazaría, que me cuidaría o que me guiaría sobre cómo asearme tras una experiencia tan dolorosa. Pero no fue así.
Julián me dio un beso frío en la mejilla, se levantó de la cama como si nada hubiera pasado y se encerró en el baño a ducharse, dejándome abandonada entre las cobijas. Al regresar al dormitorio, envuelto en su toalla, dejó caer un juego de sábanas limpias a los pies de la cama y me soltó con total indiferencia:
—Para que cambies las sábanas mientras yo termino de cambiarme.
Esa frase me arrastró de vuelta a la realidad como un golpe de agua helada. Sola en la habitación, rodeada por el sonido de la ducha, las lágrimas comenzaron a resbalar silenciosamente por mis mejillas. En medio de mi desolación, las palabras de Alejandro resonaron en mi mente como campanas de advertencia: «Él no valorará tu primera vez».
Como pude, obligando a mi cuerpo dolorido a reaccionar, me levanté de la cama. Comencé a quitar las telas, cargando con mis propias manos la evidencia palpable y roja de mi primera vez; una entrega sagrada que no le había importado en lo absoluto al hombre que juraba amarme y proteger de mí. El candado de la jaula se había cerrado por completo