Atrapada

Capítulo 22: El precio de un "Te amo"

Cuando Julián salió del clóset ya cambiado y vio la cama perfectamente hecha, me miró de arriba abajo con indiferencia.

—Vete a bañar —me ordenó de forma seca.

Hice lo que me pidió mecánicamente. Me encerré en el baño y abrí la llave, dejando que el agua caliente golpeara mi cuerpo adolorido. Bajo la ducha, mis lágrimas se mezclaron con el agua en un llanto silencioso y un dolor desgarrador que no podía soltar. El pecho me ardía de angustia, pero me obligué a tragarme los sollozos; tenía que ser fuerte, no podía permitir que me viera quebrada. Al salir y regresar al dormitorio, descubrí que Julián ya se había acomodado en las cobijas y dormía profundamente, con una paz imperturbable, como si absolutamente nada hubiera pasado.

A la mañana siguiente, me desperté con una última pizca de esperanza, pensando que él reaccionaría con el mismo afecto de los primeros días. Pero la desilusión me golpeó la cara con el frío del invierno. No hubo ni un beso, ni una caricia, ni un solo buenos días.

Me dolía el cuerpo entero. Sentía la entrepierna magullada, al punto de que apenas podía sentarme bien, y al limpiarme descubrí que todavía seguía manchando un poco de sangre. Tenía el útero inflamado, un dolor punzante en la espalda y, al mirarme en el espejo del baño, descubrí las visibles y oscuras marcas en mis senos de lo sucedido la noche anterior. Con el alma rota, me di otra ducha rápida para despejarme y salí a la cocina a tomar desayuno.

Ahí estaba él, sentado a la mesa, completamente ensimismado con la pantalla de su celular. No levantó la vista para saludarme. Ya no estaba el desayuno servido para mí como los días previos; no había nada. Como pude, arrastrando el dolor físico, me preparé algo de comer y me senté a su lado en silencio.

De pronto, sin despegar los ojos del teléfono, me preguntó muy seriamente por qué estaba tan pensativa.

Esa pregunta, formulada con tanta hipocresía, fue el detonante. La rabia acumulada y el orgullo de la futura abogada estallaron dentro de mí. Dejé caer los cubiertos y, con la voz rota pero firme, le grité en su cara toda la verdad. Le eché en cara cómo me había hecho sentir utilizada, descuidada, abandonada y herida. Le grité todo el dolor que me quemaba el pecho, vaciando mi angustia en esas cuatro paredes.




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