El viaje de regreso en el bus fue un trayecto difuso, nublado por las lágrimas que contenía a la fuerza mientras el paisaje avanzaba por la ventana. Cuando crucé la puerta de mi hogar, la sorpresa se dibujó de inmediato en el rostro de mis padres al verme llegar sola, cargando mi maleta días antes de lo previsto.
Haciendo acopio de todas mis fuerzas y sacando a flote mis mejores dotes de actriz, me coloqué la máscara de la normalidad ante ellos.
—Regresé antes porque llamaron a Julián de urgencia a otra base militar —les mentí, forzando una sonrisa ensayada—. Tuvo que presentarse de inmediato, así que preferí volver a casa.
Mi papá, preocupado, me preguntó por la propiedad que habíamos ido a ver. Con un nudo atorado en la garganta y sintiendo que el corazón se me rompía en mil pedazos por mentirle al único hombre que de verdad me amaba y me apoyaba, le conté que se trataba de un departamento céntrico, hermoso y muy acogedor. Lo hice por él, para no preocuparlo; pero también lo hice por mí, para evitar que mi madre comenzara con sus habituales sermones y reproches que, en ese momento de quiebre absoluto, mi salud mental simplemente no iba a soportar.
En cuanto me encerré en la seguridad de mi habitación, mi teléfono comenzó a vibrar con una insistencia violenta. Julián me había llamado decenas de veces y la bandeja de entrada se llenó de mensajes suyos cargados de una furia manipuladora. Lejos de pedir disculpas, desató su última estrategia psicológica: la culpa. Me escribió asegurando que todo lo que la otra chica decía era una vil mentira, que ella era solo una amiga y que yo lo había dejado en una posición terrible tras sacarle en cara mis reclamos antes de huir. Me atacó con frialdad, sentenciando que yo era una desagradecida y que no me daba cuenta del inmenso esfuerzo económico que él había hecho al comprar y amoblar ese departamento especialmente para mí, para nuestro futuro juntos.
No respondí a una sola de sus palabras. Bloqueé el aparato y lo arrojé lejos, enterrando el rostro en la almohada. No quería hablar con él; lo único que mi alma suplicaba era gritar, llorar y desahogarme hasta que no me quedaran fuerzas.
Fue en esa cama donde comenzó el verdadero tormento psicológico. Empecé a cuestionarme de la manera más cruel posible, martirizándome por haberle entregado mi primera vez, mi tesoro más sagrado, a un hombre que no lo merecía en lo absoluto. Me sentía inmensamente tonta por haber creído en él, culpable por haber bajado la guardia, desprotegida y completamente desamparada ante el mundo.
Miré a mi alrededor y la cruda realidad me golpeó la cara: no tenía a ninguna amiga real, a nadie de verdadera confianza en quien refugiarme en mi propia ciudad. Alejandro, mi único cable a tierra, el hombre que me transmitía paz y fuerza, estaba incomunicado en una base de entrenamiento a miles de kilómetros de distancia. Estaba completamente sola. ¿Cómo se supone que una mujer de veintiún años, que ha estado ciegamente enamorada, puede afrontar un dolor tan desgarrador y profundo sin romperse por completo en el intento? El silencio de mi cuarto era la respuesta más dolorosa a mi propia libertad.