Pasó una semana exacta desde aquel trágico y doloroso viaje al departamento del centro. El lunes por la mañana, sacando fuerzas de la más profunda flaqueza, me obligué a levantarme de la cama. Me presenté en la universidad aferrada a mi más fiel aliada de los últimos años: mi máscara de alegría. Era un escudo perfecto que ante los ojos del mundo simulaba normalidad, pero que detrás escondía a mi verdadero ser, una mujer amargada, rota por dentro y sumida en el desamparo.
A mitad de la jornada, sintiendo que el aire de las aulas me asfixiaba, decidí aislarme de mi grupo de compañeros. Caminé hacia una zona apartada del campus y me senté sobre el pasto, apoyando la espalda en un árbol. Me quedé contemplando el cielo, perdiéndome en un torbellino de pensamientos donde pensaba en todo y en nada a la vez. De pronto, sentí que alguien caminaba hacia mí y se sentaba a mi lado con total calma. No me molesté en prestarle atención, sumida en mi propio vacío, hasta que un aroma dulce y cítrico inundó el aire.
Giré la cabeza despacio y me encontré con Jorge. Era un chico de mi misma ciudad, conocido de Alejandro, que cursaba el cuarto año de Arquitectura. Jorge era alto, de contextura normal, con el cabello castaño oscuro y unos ojos café enmarcados por pestañas largas y crespas. Tenía un buen físico, atlético y estilizado, aunque sin esa rigidez imponente que caracterizaba a los militares. In sus manos sostenía una Fanta bien helada, una bolsa de duritos y un pastel de maracuyá.
—Hola, Salomé —me saludó con suavidad, extendiéndome las cosas—. Sé que normalmente no comes esto aunque te guste... pero pensé que hoy podría servirte.
Sus palabras me tocaron el corazón. Me incorporé sobre el pasto, conmovida por su inesperado detalle, y le di las gracias con una sonrisa tímida. Envolviéndonos en un silencio sumamente cómodo, comenzamos a comer juntos mientras el bullicio del campus se escuchaba lejano. Al terminar, Jorge hizo el amago de levantarse para marcharse y dejarme espacio. Presa de un miedo repentino a regresar a mi soledad, estiré la mano y lo tomé de la muñeca para pedirle implícitamente que no me dejara sola.
Él me miró con una ternura infinita, comprendiendo el gesto de inmediato.
—Tranquila —me dijo con voz pausada—. Solo iré a botar la basura al basurero y vuelvo.
Cumplió su palabra. Cuando regresó a mi lado en el pasto, comenzamos a conversar de forma fluida. Nos dábamos cuenta de que nuestros horarios de la universidad coordinaban perfectamente varios días a la semana, así que nos pusimos de acuerdo para viajar juntos de regreso a nuestra ciudad. Como vivíamos en el mismo sector, Jorge comenzó a pasar por mí a la casa para irnos juntos. Mi padre, con su agudeza de policía jubilado, intuía perfectamente que algo importante me estaba pasando en el corazón, pero optaba por mantenerse al margen y no decía nada, respetando mi espacio.
Gracias a Jorge, comencé a salir lentamente de la nebulosa de manipulación en la que Julián me había sumido. Nuestra amistad se convirtió en un refugio. Empezamos a salir a correr por las mañanas; él me ayudaba con las rutinas de ejercicios y organizaba excursiones y caminatas que duraban horas a lo largo de la orilla de la playa. Fue una ironía hermosa: terminé usando el conjunto deportivo que Julián me había comprado con intenciones de control, pero lo usé para algo productivo y como un escondite para sanar mi alma junto a otra persona.
Con Jorge podíamos hablar de todo y de nada al mismo tiempo. Tenía el don de hacerme reír cuando creía que ya había olvidado cómo hacerlo, y me cuidaba con una delicadeza que me ablandaba el pecho. Sus preguntas silenciosas, formuladas con un respeto y una prudencia admirables, me demostraban día a día que, sin prisa pero sin pausa, Jorge estaba dispuesto a tomarse el tiempo necesario para romper, piedra por piedra, la inmensa muralla que yo había construido para protegerme del mundo.