Jorge se convirtió de manera definitiva en mi refugio, mi compañía constante y mi pañuelo de lágrimas cuando el peso del mundo se me hacía insoportable. En varias ocasiones, me encontró oculta bajo el gran árbol del campus, perdida en mis pensamientos y llorando en silencio. Él siempre se acercaba con un respeto infinito, sin invadir mi espacio, permitiendo que yo buscara su hombro para desahogarme. No decía palabras vacías ni buscaba explicaciones; se limitaba a acariciarme las manos con suavidad o a jugar con los hilos de mi larguísima melena rubia, un cabello que a él le fascinaba.
Pero ese día en el campus fue diferente. Jorge no se sentó a mi lado, sino que se plantó firme justo frente a mí. Al mirarlo, no lo dudé: di un paso al frente y me refugié por completo en su pecho. Fue un instante mágico. Al sentir los latidos de su corazón y la calidez de sus brazos rodeándome, el llanto cesó por arte de magia. Una paz profunda me invadió el cuerpo y nos quedamos fundidos en ese abrazo durante un largo tiempo, ajenos al movimiento de la universidad.
Esa misma tarde, la pantalla de mi celular volvió a encenderse con un mensaje de Julián. Me escribió con su habitual tono seco, informándome que lo habían enviado fuera del país a un encuentro internacional de militares, y que en cuanto regresara hablaríamos seriamente. No le respondí. Bloqueé el teléfono y decidí quedarme ahí, mentalmente refugiada en los brazos protectores de Jorge.
Por esos días, Alejandro también reapareció en la ciudad tras terminar su entrenamiento. Aunque solo venía por dos semanas con la misión de fiscalizar a los nuevos marines, logró ponerse al tanto de mi vida. Al enterarse de mi cercanía con Jorge, se mostró inmensamente feliz; conocía su reputación y me aseguró que era un hombre extraordinario y un amigo de verdad. Lamentablemente, en el corazón no se manda. Me dolía profundamente admitirlo, pero dentro de mí aún existían sentimientos vivos por Julián. El lazo de la manipulación seguía tirando de mí, pero Jorge era el bálsamo exacto que mi mente necesitaba para no caer en el abismo.
Guiada por esa fuerza silenciosa y gracias a Dios, logré cumplir mi meta: terminé el tercer año de Derecho. El proceso fue sumamente difícil. Dividir la vida entre los códigos legales, las bandejas del local de comida rápida y las pocas horas de sueño es una experiencia agotadora que te drena la existencia. Hubo mañanas en las que sentía que el cuerpo no me iba a responder para levantarme de la cama, y noches en las que la cabeza parecía que me iba a explotar de tantas leyes, artículos y jurisprudencia memorizada.
Sin embargo, cada vez que las fuerzas me flaqueaban, miraba el rostro de mi padre. Ver sus ojos brillar de puro orgullo al verme avanzar en la carrera me devolvía el ánimo de inmediato. Tenía que lograrlo. Tenía que convertirme en abogada para que el inmenso sacrificio económico que mi papá y yo estábamos haciendo no fuera en vano, y para demostrarle a mi madre que se equivocaba. Estudiaba y trabajaba sin descanso por él, y también por mi propio futuro, decidida a no quedar endeudada por largos años con los temidos créditos estudiantiles. Había ganado una batalla académica, lista para enfrentar lo que el destino tuviera preparado para mí.