Pero como ha sido una constante en mi vida, nada es perfecto.
Un día cualquiera en el trabajo, el local de comida rápida estaba completamente lleno. Era pleno verano, la temporada alta, y entre los pedidos a contrarreloj y el calor de la cocina no dábamos abasto. Mientras corría para atender a los clientes, el suelo traicionero, resbaloso por culpa del aceite acumulado, hizo que perdiera el equilibrio. Sufrí una caída aparatosa. Intentando no flaquear ante mis compañeros, me levanté de inmediato, no le di la menor importancia al golpe y continué trabajando mecánicamente hasta terminar mi jornada.
Esa tarde, Jorge pasaría a buscarme para que nos fuéramos juntos a casa. Al cruzar la puerta del local, exhausta, me encontré con mi amigo esperándome con una botella de agua helada en una mano y la otra mano estirada, lista para iniciar nuestro viaje de regreso. Acepté su agarre y nos fuimos caminando despacio, conversando y riendo bajo el sol estival. Le comenté al pasar el incidente de mi caída; Jorge frunció el ceño con preocupación, pero no dijo nada para no alarmarme.
Al llegar a mi hogar, un silencio inusual nos recibió. Encontré una nota pegada en el refrigerador: uno de mis hermanos mayores había llegado de sorpresa a buscarlos para llevarlos a su casa en Angol, donde pasarían algunas semanas de vacaciones. Me giré hacia Jorge con una sonrisa.
—Espérame un poco —le dije—. Cocinemos juntos algo rico y tengamos una noche de películas.
Jorge aceptó felizmente y se acomodó en el living. Subí las escaleras directo a mi habitación para darme un baño. Fue en ese instante, al entrar al baño, cuando comenzó mi verdadero sufrimiento. Al desvestirme frente al espejo, descubrí un enorme moretón morado en mi colita, pero volví a restarle importancia. Me metí a la tina y abrí la llave de la ducha.
De repente, una oleada de dolor uterino me atravesó el vientre. Eran como cólicos menstruales, pero multiplicados por mil. El impacto fue tan violento que me retorcí en la tina, perdiendo las fuerzas en las piernas. El llanto no tardó en brotar de mis ojos miel y mis gritos de dolor rasgaron el silencio de la casa.
Abajo, Jorge escuchó mis alaridos. Subió las escaleras corriendo y comenzó a golpear la puerta del baño de forma desesperada. Al no obtener respuesta, pidió permiso a gritos y derribó la entrada por puro instinto. Al verme tirada en la tina, llorando, gritando y completamente bañada en sangre, el pánico se pintó en su rostro. A Jorge no le importó mi desnudez, ni el tabú, ni nada; su única prioridad era mi vida. Viendo cómo la sangre brotaba sin control de mi entrepierna, me envolvió rápidamente en una toalla limpia, me tomó con fuerza en sus brazos y me sacó corriendo directo al hospital.
En ningún momento me dejó sola. Estuvo a mi lado sosteniéndome la mano mientras los médicos me ingresaban de urgencia. Tras una dolorosa revisión, el doctor se acercó a nosotros con semblante serio y me soltó una verdad que me congeló el alma: había sufrido un aborto espontáneo a causa de la caída en el trabajo.
El mundo se me vino abajo. Me aferré al cuello de Jorge y rompí a llorar con un desgarro indescriptible por la pérdida de ese hijo; un hijo que ni siquiera sabía que estaba creciendo dentro de mí y que acababa de perder en un parpadeo.
Tras recibir el alta médica, regresamos a una casa vacía. Jorge se transformó en mi enfermero y protector. Se encargó de todo: redactó y presentó una justificación formal en mi trabajo para que pudiera ausentarme una semana entera, y llamó a su propia casa para avisar que se quedaría a cuidarme, manteniendo a mis padres en Angol al margen de todo para proteger mi intimidad. Su cuidado era un bálsamo de ternura pura.
Días después, cuando logré reaccionar y asimilar la magnitud de lo sucedido, tomé mi teléfono celular. Con las manos temblando, capturé una fotografía del parte médico del hospital y se la envié directamente a Julián. Aunque mi hijo ya no estuviera en este mundo, él, como el padre, tenía el derecho de saber la verdad.
Mientras esperaba la respuesta, una pregunta comenzó a martirizarme en el silencio de mi cuarto: ¿Cómo demonios había quedado embarazada si me estaba cuidando con anticonceptivos y solo me había acostado con Julián una sola vez en el departamento? Fue ahí donde entendí la lección más dura, esa que hoy les repito a todas las jóvenes: ningún método anticonceptivo es cien por ciento seguro. El destino siempre encuentra una grieta.
El teléfono vibró en mi regazo. Julián no demoró ni un segundo en llamarme. Al atender, escuché al imponente instructor militar quebrarse en un llanto amargo, llorando desesperado por la dolorosa pérdida de nuestro hijo. Yo, sin embargo, lo escuché desde la distancia de mi dolor. Con la mente más fría que nunca, con la armadura de la futura abogada bien puesta y mirando el vacío de la habitación, le respondí con una calma sepulcral:
—Quizás fue lo mejor.