Atravesando Mi Vida

CAPITULO I – EL INICIO

Trataré de hacer este viaje por mi vida, lo más ameno posible, de modo que yo misma lo disfrute al contar mis vivencias, experiencias y ocurrencias.

“hola”

“hola, que tal como le va?”

“bien y usted”

“trabajando y usted”

“a ver cuándo nos tomamos un cafecito”

“usted dirá”

“ok, nos vemos pues”

Y así continuamos con Alberto, por más de dos meses, hasta que un buen día se le ocurrió invitarme de verdad. Recuerdo que me sentía como quinceañera, a mis pocos más de cincuenta añitos, buscando que ponerme para no verme gorda. Como se imaginarán fue inútil, pues con cualquier ropa que me pusiera siempre se me notaba que tenía la edad que tenía y que pesaba muchísimo más que una quinceañera. Pero tratando de darme ánimos, escogí una blusa estampada con fondo beige y flores celestes, de manga tres cuartas y con la que según yo se me veían unos pechos exuberantes y, el acostumbrado jean que me ceñía la poca cintura y excelentes caderas que me habían ayudado a tener con tranquilidad a mis ya, adolescentes hijos.

Poco después iba, con mis mejores zapatos de tacón, y que podían resistir mis ya ocho veces torcidos tobillos, tratando aún de verme guapa y elegante camino a la cita. Pese a quererme ver como nunca, tenía que abordar el autobús y además me tocó ir de pie. Se imaginarán el viaje, dentro de aquel medio de transporte, con tanta mezcla de olores y diversidad de personas.

El susodicho encuentro era, con un mi excompañero de la Universidad de mis años mozos. Un joven en aquel entonces, igual que yo, al que yo sabía que le gustaba y que no había perdido el contacto conmigo, pese a que no pasaba de decir hola y de decirme que cuando nos podíamos tomar un café, por supuesto con ninguna invitación explícita. Ambos, a nuestros cincuenta y pico de años, doblemente divorciados y con hijos adolescentes, creo yo, o al menos esa ilusión me quiero hacer, de que teníamos expectativas sobre esa cita.

Después de que una noche antes, los mensajes pasaron del “hola que tal” a un “la invito mañana a almorzar”, yo estaba simplemente emocionada. Después de mi divorcio, habían sido pocas las citas a las que había acudido y muy pocos los seleccionados en mi pequeña lista de pretendientes, muy a pesar de mi edad y físico.

El tan esperado encuentro fue excelente, aunque pudo haber sido mejor. Almorzamos en un restaurant de comida rápida, y creo que por los nervios de los dos, más parecía que eran pollitos los que iban a comer en ambos platos, pues recuerdo pedimos lo mismo, una pieza de pollo y una porción de puré, variando únicamente en la bebida de ambos. El con un saludable refresco natural y yo con mi infaltable Coca Cola. Recuerdo que la plática estuvo muy amena, desde que repasamos todo el pasado presente y probable futuro de algunos de nuestros compañeros, hasta que llegamos al nuestro, y todo se tornó en una entrevista. Intentamos ponernos al día el mismo día, sobre nuestra vida personal como laboral. Después del almuerzo, caminamos por los pasillos de almacenes, sin dejar de platicar, hasta que se nos ocurrió continuar la plática en un café. El compró ambos cafés y yo me senté a apartar mesa, aunque el lugar no estaba especialmente lleno. Ya en la mesa, continuábamos poniéndonos al día con nuestras vidas. Justo cuando ya pasaban de las cuatro de la tarde, me dijo que debía irse, pues vivía lejos de la capital y cuando quiso encaminarme a la parada de buses, le dije que yo iba para el supermercado. Me acompañó hasta la puerta del establecimiento y justo ahí, en la mera entrada y como si fuéramos adorno del local, me estampó un beso, que a ambos nos dejó confundidos. Ahí terminó la cita. La cita y lo que fuera que hubiera podido haber. Después de continuar mensajeándonos con insípidos “buenos días”, “buenas noches” y “que pase un lindo día”; sencillamente me cansé y viendo que eso no llevaba un rumbo fijo, un día le escribí diciéndole que “ya no me escribiera, que no me llamara y que no quería volver a verlo más”. Las mujeres tenemos un séptimo sentido, que se llama dignidad y se ve acentuado con la edad. Si bien es cierto, a veces nos sentimos solas y deseamos a toda costa una pareja, que nos brinde el calorcito, que a veces una mascota no nos puede dar, tampoco podemos mendigar lo que no se nos quiere dar. Y, como dicen “a buen entendedor pocas palabras”.

Y, más adelante les contaré de mis encuentros cercanos del tercer tipo, con mis otras dos susodichas citas.

Tengo dos preciosos hijos en edad adolescente, uno de ellos con dos novias en su haber y el menor, comenzando a conocer lo que puede ser una relación sentimental. Ambos me hacen recordar mis épocas mozas. Aquellas en las que sabemos lo que tenemos, pero no queremos darlo porque lo consideramos valioso. Ahora que ya casi no tenemos lo que queremos, queremos que alguien lo agarre.

Trabajo en una maravillosa empresa, con jefes excelentes, un precioso y tranquilo ambiente de trabajo, un cálido lugar que más que trabajo parece un hogar. ¡Y si! no lo digo en broma, es cierto. Ahora a mis cincuenta años, encontré laboralmente el lugar que toda la vida había deseado y, aunque a veces siento que le robo tiempo a la empresa, he aprendido que lo mucho que aprendí en mis anteriores y endemoniados trabajos, ahora me es útil para colaborar en todo lo que me es posible ahora en mi nuevo trabajo. Quien me iba a decir que a mis cincuentas estaría de nuevo estrenando trabajo. Aún no tengo el año de laborar, sin embargo, sueño y espero poder continuar aquí, todos los años que mi cuerpo y mi mente me permitan.




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