Atravesando Mi Vida

CAPITULO II – MAMA

“alo, ¿por dónde venís?”

“madre, voy en el bus, ¿necesitas algo?”

“no, ¿por dónde venís?”

“voy en un microbús que es polarizado, casi no veo, pero creo que, atravesando el centro,

¿que necesitas?”

“no, nada, vaya”

Ese día, yo venía del trabajo para su casa y me estaba esperando. Este pequeño dialogo fue apenas unos minutos después de mi hora de salida. Así es ella… sigo siendo una niña a quien ella cuida y se preocupa por todo.

Ese día, y así, sin más me colgó. Mi pobre madre, sólo quería saber si ya estaba por llegar a casa, porque en las noticias había escuchado que había una balacera en el centro de la capital.

¡Ah las madres! Que sería un libro si no se habla de nuestra persona más querida; desde que somos bebés hasta que estamos grandecitos: nuestra madre.

Mi madre se casó a los veintitrés años, con mi padre cuando él era un joven estudiante de veinticinco años que apenas comenzaba sus estudios universitarios. Después de haber tenido un largo noviazgo por carta (de las de papel y lápiz), y de país a país. Una época en la que no existía el teléfono, ni la televisión y mucho menos los celulares. Su noviazgo transcurrió entre cartas que iban y venían entre El Salvador y Nicaragua. Ambos se conocieron en una fiesta aquí en El Salvador, cuando ella viajó desde Nicaragua para la fiesta de cumpleaños de una amiga. Ahí se conocieron y ahí se enamoraron. No dejaron de escribirse por cinco años, hasta que decidieron casarse. Mi padre, pese a que no contaba con recursos económicos y loco de amor por mi madre, decide ir a casarse a Nicaragua por la presencia de la muy extensa familia de mi madre y luego decidieron venirse a vivir a El Salvador. Algo que, ahora en estas épocas es tema de extenso debate entre las parejas, en esa época fue una decisión simple de amor.

Ellos se casaron un primero de agosto de mil novecientos sesenta y cuatro; y, como poco se hablaba de la planificación familiar y muy poquísimo sobre el tema del sexo, nací exactamente nueve meses después de esa boda, siendo yo la mayor de cinco hijos; dos de ellos los menores, no nacidos.

Mi madre, cuando se casó, había finalizado un estudio básico de secretariado, era señorita de casa y nunca había trabajado ni dentro ni fuera de casa. Sus padres eran de los más adinerados del pueblo, pero así como eran de dinero, así ayudaban, sostenían, regalaban y colaboraban en estudios de mucha gente del pueblo. Mis abuelitos eran el ejemplo vivo de “vivir para servir”.

Por cuestiones de comodidad para mi padre, quien sabía que le sería más fácil abrirse rumbo en el mundo laboral en su propio país; deciden vivir en El Salvador. Ella enamorada, y sabiendo que aquí no habría más familia que su esposo y su suegra, acepta y se viene con sus pocas pertenencias, comenzando aquí su nueva vida de casada.

Como ella nunca había hecho labores de casa, decide un día sorprender a mi padre con el almuerzo y le prepara un bistec. Por supuesto, ella desconocía de sazón, condimentos ni nada de cocina y sólo pasa el dichoso pedazo de carne por una cacerola sin aceite. “! Esto ni el chucho se lo come!”, fue la exclamación de mi padre a la gran cena de mi pobre madre. Y así comienza una dura vida, aprendiendo de la nada para ser una buena esposa y ama de casa. En eso, ella es el mayor ejemplo de “aprender algo de la nada”… muchos años después, cuando yo tenía aproximadamente unos quince años, escuché que mi padre le dijo “no vamos a salir a comer, mejor cocina vos Melba, es más rica tu comida”. Ni idea de cuantos años o cómo había aprendido a cocinar, no sólo lo sencillo, sino comida china (en ese entonces era el delirio de mi padre).

Dos años y días, después de mí, nace mi hermana Georgina y con un parecido casi clónico con mi padre. Mi pobre madre después de haber tenido una niña tan quieta, que hasta pensaba que tenía algún nivel de retraso mental, tuvo que lidiar con una niña inquieta, despierta, traviesa y de muy mal carácter desde su niñez. Georgina era muy alegre, traviesa, vivaz e incansable.

Mientras fuimos solo las dos, éramos inseparables. Nos encantaba jugar a la cocinita, compras del supermercado y a la profesora…. “yo siempre quería ser la profesora” – ella era tan dócil, que siempre me dejaba ser quien yo quisiera en nuestros juegos.

Así transcurrieron doce años.

Y en marzo de 1977, nace mi hermana, quien sería la tercera. Alexandra, era una niña, que parecía que venía completamente de otro mundo. Yo supongo que nació con los ojos abiertos, eran negros como pozos sin fondo y con un leve achinado que causaba extrañeza además, había nacido con el cabello como grama recién rotada. Recuerdo todo lo que le aconsejaban a mi madre para aplacarle ese pelo paradito. Recuerdo que ni las diademas, ni lo lacitos se le sostenían, de tan liso que era su cabello.

Vivaracha, muy despierta, hiperactiva e inquieta desde bebé. Tanto que recuerdo, una vez, hasta se le tuvo que llevar a pasar una consulta urgente porque pasó unos días que no cesaba de llorar y sin otro síntoma, la temperatura le llego a 38 / 39 grados. Ahora, en estas épocas, muchos sabemos que temperatura es sinónimo de alguna infección.

El diagnóstico del médico, y quien fue el pediatra de todos nosotros, Dr. Funes le dio a mi madre: “esta niña es demasiado inquieta y su mentecita debe descansar, aunque no recomiendo esto seguido, señora su niña debe hacer una pequeña siesta por las tardes”.




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