Atrevidos

Cuarenta y Cuatro

― Bueno, bueno, ya dime, ¿Qué ocurrió? ― la morena camina junto a mí.

― No lo sé, estábamos hablando, él me ofreció su ayuda en todo lo que pudiera y le agradecí pero me perdí en los recuerdos que tenía con él. Para cuando volví a caer a la realidad él ya me había jalado y estaba besándome –suspiro ― Fue todo tan rápido.

― Es entendible, el chico sigue sintiendo cosas por ti y es que no terminaron en malos términos ni siquiera por no quererse sino porque él viajaba y no sabían cuando volverían a verse ― hace una pausa ― Creo que podrías intentar algo con él.

― ¿Qué? No, no, no, no – niego ― Mi corazón necesita algo de descanso, no quiero más romances. Además...

― No puedes vivir pensando en Santiago, ya se lo has dicho a él, que las cosas entre ustedes no pueden ser pero, ¿Cuándo te lo dirás a ti misma? ¿Cuándo lo aceptarás? – me ve seria ― Quiero que seas feliz y teniendo presente siempre al DiSanto no te ayudará.

― Lo sé ― suspiro y veo la fachada de mi casa – Llegó la hora.

Ambas nos posamos en la entrada, tomo las llaves y abro la puerta, nos adentramos en la sala principal, todo sigue igual e incluso la chaqueta de Alessa se encuentra tirada sobre el sofá como la noche en que discutimos.

Subo las escaleras, me dirijo estrictamente a mi habitación, comienzo a sacar la ropa del armario y los cajones, saco los bolsos, mis libros, todas mis pertenencias y las comenzamos a meter en las maletas. Escucho pasos en el pasillo y para cuando volteo dispuesta a cerrar la puerta de mi habitación –y evitar miradas curiosas e indeseadas- me encuentro con Adrián sorprendido de verme. Nos sostenemos la mirada, es difícil decir algo cuando ya se ha dicho todo.

― Ariadna, yo... – veo que no encuentra las palabras para hablar. ― Lo lamento, no quería que esto pasara así, yo...

― No es necesario que me des explicaciones, vine por mis cosas, me marcharé y no volveré ― anuncio.

― Entiendo, por favor, no te alejes de mí. ― Lo veo seria ― Intenté como Leticia evitarte estos males e incluso evitar que la víbora de mi hermana te hiciera daño.

― Lo sé ― asiento – Siempre quisiste que me alejara de ellos y yo no te escuché.

No puedo esperar más, corro hasta él y me lanzo a sus brazos, él es mi hermano mayor, siempre lo ha sido. Siempre me ha cuidado y me ha querido por lo que soy, no puedo dejar de quererlo.

― Te quiero Adrián – susurro.

― Yo también a ti Ari ― me estrecha con fuerza – Te prometo que te voy a visitar en cuanto pueda.

― Lo sé ― siento las lágrimas caer.

― No me vayas a olvidar, ¿Okey? – ríe, pero hay cierto deje de tristeza en su voz.

― Jamás – respondo viéndolo y secando mis lágrimas.

Volteo, Mery nos observa con una sonrisa y las maletas listas, esta mujer es asombrosa, totalmente rápida en estas cuestiones. Tomo un bolso, mi hermano toma los más grandes y mi mejor amiga otra y salimos al pasillo; bajamos las escaleras y las voces llegan a nosotros, de pronto, Santiago y Alessa aparecen en mi campo de visión, traen en sus manos bolsas de ropa y reconozco la marca, ropa de bebé. Ambos se me quedan viendo, el moreno parece estar sufriendo pero omito todo lo que provenga de él, es por mi bien, por el suyo, el de ambos.

― ¿Ariadna? ― papá sale del despacho con algunos papeles en las manos.

― Me voy – veo a mi progenitor a los ojos ― No volverán a saber de mí.

― No puedes irte hija, lo que ha sucedido es solo un contratiempo – el hombre intenta acercarse y yo retrocedo.

― ¿Hija? ¿CONTRATIEMPO?– elevo una ceja incrédula ― ¿De qué mierda estás hablando? – farfullo ― ¡Ere un mentiroso, cobarde! No vuelvas a llamarme hija.

― No lo entiendes ― deja caer los papeles.

― Tú no lo entiendes, mi madre sufrió sola durante tantos años, permitiste que perdiera a su hija, no luchaste por ella y me mentiste de la peor manera y eso duele, se clava como un puñal en mí y no podré perdonártelo jamás – sollozo, no quiero llorar aquí, limpio las traicioneras mejillas. ― Adiós.

El silencio reina, he tenido la suerte de que Marina no está o al menos no quiere hacerse presente. Lessa carraspea y me observa, algo quiere decir pero lo omite, es lo mejor.

Mery y Adrián caminan hasta el frente de la casa, un taxi ya está esperando por nosotros. Paso por al lado de la que alguna vez fue mi hermana, me detengo frente a ella, la veo a los ojos y siento repulsión.

― Yo te adoraba Alessa, quería ser como tú, eras mi ídolo – sonrío con sarcasmo ― Mira que terminar como tu era lo peor que me podía pasar, pensar que ahora siento asco y nauseas cada vez que tu cara de porcelana se me viene a la mente. Cuida del pequeño, sé una buena madre y no hagas con él lo que haces con todos.

Abre la boca pero no dice nada, no tiene nada que decir, orgullosa y con la frente en alto salgo de la casa.

― Ariadna ― siento mi muñeca entre sus dedos. ― Por favor...

― No te atrevas a pedirlo Santiago – me zafo ― Espero que seas feliz, cuida de mi sobrino y no permitas que termine como ella.




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