Atte. El fantasma

CAPITULO 49: Escucha la voz de tu consciencia.

Las pisadas de Kayle cubrieron cada rincón del colegio, revisó cada rincón donde una pelea podría ocurrir, hasta que sus pasos la llevaron detras de la bodega del campo de atletismo. Aquel lugar fuera del tiempo, solo con una bodega de madera y bolsas de construccion antigua.

Con su mente alterada por peores situaciones, y una respiración pausada. Dejó escapar un quejido, cuando vio a Tom caminar con su mejilla roja. Caminando entre balbuceos de rencor y una grave expresión de dolor.

En cuanto se vieron, se detuvieron a unos metros de distancia.

— Me gustan los zorros — dijo ella — son más astutos y rojos.

— No sé de qué hablas y ya no me jodas — refunfuño Tom. Él sigo de largo, golpeó el hombro de la chica.

Ella siguió el camino por donde vio a Tom aparecer. Su inquietud creció, hasta que vio a Theo sentado en el suelo. Un suave gruñido de dolor se llevó a cabo cuando vio a Kayle, fue entonces que sonrio.

— Así que al final saliste. ¿Vas a golpearme? — él intentó levantarse pero no pudo.

— Ese era el plan, pero

Kayle dejó de hablar, sacudio su cabeza y se acercó a él. Chocaron los zapatos, provocando que Theo levantara la cabeza. Las manos de la chica estiradas a él, preparada para levantarlo.

— ¿Qué? ¿La psycho va a ayudarme? — agrego Theo con una sonrisa burlona.

— Mi perro hizo un buen trabajo, ahora debo cuidarlo, vamos dame tu patita — respondió, regresando a su sonrisa descarada que hizo reír a Theo.

Con una sonrisa en su rostro. Theo sacudió la cabeza y extendió sus manos hacia ella. Ambos se agarraron del antebrazo del otro, y con un esfuerzo conjunto, Kayle logró levantarlo.

Sus ojos se volvieron a encontrar, brillaron sin la ausencia de una sonrisa que poco a poco creció con su acercamiento.

— Oye cretina, te ayudo y ¿me dices eso? — comentó él, con una sonrisa coqueta similar a la chica.

— Oh, querido. ¿Intentas coquetearme? No tienes idea con quien hablas — rió Kayle, dándole la vuelta alrededor.

— Créeme, lo supe desde un inicio. Pero sigo aprendiendo, la psycho tiene una barrera que cubre su estupidez — Explicó Theo. Dando una vuelta a la chica. Muy cerca.

— ¿enserio? — dudo, divertida mientras lo seguía. Dando una vuelta tan lenta que su periferia la obligó a detenerse frente a una silueta oscura a unos metros de ellos.

Se detuvo, su sonrisa también. Frente a alguien con máscara amarilla y capucha, una pelota de tenis en manos. Ambos jóvenes se quedaron quietos, observando con precaución. El desconocido lanzó la pelota en dirección a Kayle, y Theo, en un acto instintivo, la cubrió con su cuerpo, sintiendo el impacto en su hombro herido.

— ¡Que se muera tu padre! —gritó el hombre antes de salir corriendo.

Kayle jaló al chico contra la pared y luego revisó la pequeña pelota verde.

— si hubiera sido la pelota de béisbol … — susurró ella, inspeccionando el balón y luego a Theo. Sacudio su cabeza y se levantó — Ese lanzamiento fue ... creí que me golpearía, pero te dio a ti.

Ella volteó al chico. Ocultando su dolor al darse cuenta de su vista.

— Estoy bien — respondió Theo automáticamente.

Esta vez Kayle se molestó y se acercó con el balón en mano.

— Oye, ¿Sabes cuánto puede pesar una pelota de tenis con esa fuerza de lanzamiento y a esa distancia? — preguntó ella con fuerza — Iremos a la enfermería y no saldrás de ahí hasta que te revisen.

Por un segundo, Theo dejó de respirar y asintio lentamente aceptando la nueva faceta preocupación de Kayle. Mientras ella lo obligaba a caminar sujetado de su hombro.

— Estoy bien — inició el pelirrojo, quiso alejarse pero Kayle lo acercó— Oye …

— Ya que me ayudaste, ¿puedo hacer algo por ti? — la voz de kayle se hizo suave— ¿que te parece si te invito el almuerzo el sabado?

El chico estaba a punto de alejarse, pero su herida en el brazo lo detuvo.

— Mi papá prepara su cumpleaños, hará un almuerzo. No tienes porque traer un regalo o, bueno si no quieres venir

— Ire — detuvo Theo.

Mientras tanto, desde el corredor del cuarto piso del colegio la figura con máscara amarilla sonriente entró a la bodega de los siete adolescentes. Todo limpio, solo una mesa con bolsas de frituras y un par de almohadas de las chicas.

— Gracias por avisarme —dijo el hombre.

De pronto, la puerta de un casillero se abrio. Rose salió con otra máscara amarilla en mano, una sonrisa sonrojada y ojos grandes que se puso una vez lo vio.

—Solo pensé que debías saberlo —murmuró ella—. Querías proteger a los chicos, ¿no? Entonces... Está bien.

—Sí… aunque estoy agotado. Paso los días corriendo de un lado a otro —gimoteó el chico. Caminó hasta la pizarra blanca, donde aún quedaban marcas de plumón y un mapa improvisado. Lo observó con curiosidad—. Han planeado mucho… pero esconden las piezas importantes.

— Que esperabas que hicieran? — Rose se acercó y tomó un plumon— tú mismo hiciste que ellos desconfien de ti. Pero no de mi

— ¿Quieres meterte al fin? — el chico tomó el plumon, en una endeble risa mientras, con cuidado, lo dejo en su lugar — hazlo, pero ten cuidado con dar tantos consejos.

— No necesitas vigilarme — ordenó y lo empujó suavemente— los ayudaré a pensar.

— Cuidate Rosa angelica

El chico dio media vuelta, hacia la puerta de la bodega

— Ya callate — lo siguio desde atras.

En la sala de monitores del colegio, las pantallas se llenaron de estática.

Una tras otra, las cámaras comenzaron a apagarse, controladas desde un celular en manos del mismo enmascarado.

El silencio del colegio fue reemplazado por un clic metálico: el candado de otra puerta.

La luz se encendió, revelando una bodega más pequeña, llena de equipos viejos de radio: micrófonos, parlantes y una consola cubierta de polvo.

Un golpe metalico rompio el candado de una puerta, despues un “Click” y la iluminación se incendió una bodega más pequeña. Con una gran máquina, microfonos y parlantes.




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