Atte. El fantasma

CAPÍTULO 50: los actos exteriores revelan los secretos íntimos

Apenas la noche cayó en el cielo de la ciudad, Rose caminó en medio de una discoteca. Muy ajena a su figura de hermana religiosa, su paso era firme y su rostro rudo delante de cada chico que volteaba a verla. Con cuero y pantalon ajustado, concentrada únicamente en llegar al bar, donde una figura grande está ocupada en preparar bebidas.

Con una tenica limpia, entrego cada bebida hasta que Rose se sento. Pronto, ambos pares de ojos se detuvieron delante del otro. Pronto, las pupilas se agrandaron, perplejas por el encuentro.

Aquella persona que una vez creyo muerta. Andrea, ahora vestida para su trabajo como barman, dejó escapar un suspiro mientras una ligera sonrisa se dibujaba en su rostro. Sin mucho para decir, empezó a lagrimear.

Rose, por su lado bajó la mirada hacia un pequeño letrero en su pecho con el nombre “Maria Flor”.

Entre gemidos ahogados de una respiracion ansiosa, su pecho se tensó y lágrimas empezaron a bajar por las mejillas. Se levantó tan rapdio como pudo, dio un salto por la barra antes de abrazar con fuerza a la mujer.

— ¿Como? — gimoteo rose— ¿como es que tu?

— Algunas flores son falsas —susurró ella.

Las lágrimas empezaron a caer por las mejillas de Rose. Se lanzó a abrazarla, Andrea ahora Maria Flor, correspondio.

— Porque te dejaste engañar por ese idiota?! — Rose continuó la empujó un poco. No lo suficiente para doler — eres mi mejor amiga, parecias tan feliz como hermana. ¿por qué?

— El prestamista de mi madre — respondio rapido — me encontró. El jefe me llevó a la escuela y ahora vivo como Maria Flor. Él también queria protegerte, y la verdad yo estaba de acuerdo.

Permanecieron en un abrazo en pleno bar, mientras el ruido alto de la música ahogaba todo.

Por otro lado, en medio de la noche, Andrew cerró la laptop con un golpe seco y cansado. Miró el reloj sobre el escritorio: 12:00 a. m.

Se dejó caer contra el respaldo de la silla y soltó un suspiro largo, agotado, antes de incorporarse con torpeza. Las piernas le dolían al ponerse de pie.

Al llegar al baño, el sonido del cepillo contra sus dientes llenó el silencio con un siseo monótono y mecánico. El espejo le devolvió una imagen cansada, los ojos enrojecidos.

Entonces, un ruido lo puso en alerta.

Risas suaves.

Y luego, un delicado chasquido de cristal.

Andrew se quedó inmóvil. Reconoció el sonido al instante: dos copas chocando entre sí, acompañadas, íntimas.

—Ag… qué asco —murmuró con repulsión.

Escupió el dentífrico en el lavabo con brusquedad. El agua comenzó a correr y pronto inundó el porcelanato blanco. Cerró el grifo con fuerza, intentando ahogar aquel murmullo lejano, esas risas que no quería escuchar ni entender que venían desde la habitacion de su padre y madre. Donde ahora estaba el novio de su madre y ella.

Entrecerró los ojos. La mandíbula se le tensó. Inspiró hondo, conteniéndose.

— Idiota —susurro y apago la luz de su habitacion.

Al día siguiente, en pleno patio escolar, Talia revisaba su celular con atención. Deslizó el dedo por la pantalla, una fotografía tras otra: imágenes tomadas y entregadas por profesores, cuidadosamente guardadas.

Una sonrisa cómoda —casi petulante— se dibujó en su rostro. Cada foto era una pequeña victoria. Solo esperaba la última hora del día, el momento de la reunión común de ellos.

Pero, cuando sintio su trenza jalar suavemente, volteo a Corni. Ocupada en hacer su trenza,

— ¿Pasa algo?

— El fantasma ha dejado de nuevo pedazos de animales en la comida de la cafetería. Escuché que nadie comio, pero las empleadas se asustaron.

Talia inclinó ligeramente el rostro, como si fuera a mirarla, pero terminó enfocando la vista al frente, donde varios adolescentes jugaban y reían, completamente ajenos a lo ocurrido.

—Me refiero a ti… —corrigió—. ¿Cómo te va con el trabajo comunitario? ¿O Sofía volvió a hablar contigo?

Corni negó con la cabeza. La otra intentó hablar, pero una mano detuvo a la castaña. La hermana Rose las separó con una emblematica sonrisa, tan cariñosa como tierna.

— ¿cuándo fue la última vez que las alejé? — bromeó y se sento a lado de corni— en el retiro, ¿verdad?

Esa vez ambas se sorprendieron, intercambiaron miradas antes que un ligero nerviosismo vibro las comisuras de los labios de las chicas.

—¡Ajajaja! —rio Rose con entusiasmo —Qué bueno que ahora sean amigas —añadió—. Después de todo lo que pasó, se merecían algo bueno.

— ¿Todo lo que pasó? — Talia arqueo una ceja, mientras Corni volvió a hacer trenzas.

Por un instante, Rose tragó saliva. Luego volvió a sonreír.

— Lo que te pasó a ti, Corni… y a ti, Talia —soltó con rapidez. Su expresión cambió apenas— Cuenten conmigo si necesitan algo, siempre estoy en la capilla.

Rose se levantó, sacudio un poco su velo y se levantó. Con su mano alzada, se despidió casi corriendo.

Se alejó, dejándolas solas otra vez.

— La verdad — siseo Corni terminando de hacer la trenza— quiero decirles, pero … tengo miedo.

— Confía en mí —respondió Talia, sin mirarla aún.

Al final, Talia giró el rostro hacia la castaña. Los grandes ojos grises vieron a Corni cabizbaja, su expresion cargado de vergüenza silenciosa que pedía permiso para hablar.

Corni inhaló hondo, como si reuniera valor, y asintió.

Se sentó en la grada baja, junto a Talia. Revisó con cuidado la trenza recién hecha, acomodando un mechón suelto, y forzó una pequeña sonrisa que no alcanzó a sostener.

—Mi abuela… —empezó— me ha estado hablando mal de mi mamá, y ayer…

Sin poder continuar, su voz empezó a quebrarse.

Desde lejos, los hombros de Corni subian y bajaban en pequeños espasmos. Vistas por Bruno y Arthur, desde el otro lado del patio escolar.

— ¿Corni está llorando? — Arthur dudó, inclinó un poco su cuerpo antes de volver con Bruno— ¿ya le dijiste lo que crees?

Bruno nego.




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