En la cocina, Kayle puso relleno de pollo al interior de pequeños panes, apretando el cuchillo con algo más de fuerza de la necesaria.
Mientras tanto, Theo conversaba con el padre de Kayle, Santiago Cruz, tranquilo de manos gruesas y voz amable. Hablando sin parar y él, asintiendo.
— Entonces, esa ardilla no paró de robarse mis fresas. Las bañe con alcohol y las deje a un lado, nunca más volvió —respondió el hombre con una risa.
Antes de poder responder, Kayle interpuso un plato, fingiendo indiferencia frente a los panes.
—Papá, Theo no quiere escuchar historias viejas. Y dile algo a la señora Bonsai, que no deja de mirar tu anillo de casado.
—Kayle… —suspiró Santiago—. Hana es mi mejor clienta, trátala con respeto.
—Sí, respeto, claro. —Kayle dejó el plato sobre la mesa—. Pero si vuelve a decirme cómo debería comportarme “como señorita”, la echo.
Theo se aguantó la risa. Mientras Santiago no pudo evitar ladear incómodo.
— Disculpa, kayle siempre ha sido algo … enojona — santiago suspiro.
—No se preocupe —respondió Theo, sonriendo—. Es divertida… y, a veces, hasta tierna.
Sin darse cuenta, theo enderezó su cuerpo y volteo a un lado. Sin ver la sorpresa de Santiago y su sonria.
—Theo —lo interrumpió Santiago, bajando la voz—, ¿ella está bien en el colegio? ¿La tratan bien?
El chico dudó un segundo antes de responder. Volteo a Kayle en una riña con la anciana.
—Sí, claro. A veces se comporta como si supiera todo, pero tiene buenos amigos. Y nos apoyamos entre todos.
Santiago asintió, tranquilo.
—Gracias, hijo. —Y con una sonrisa leve, añadió—. ¿Entonces son novios?
—¿¡Qué!? ¡No! —Theo se sobresaltó, y su grito hizo que todos voltearan.
—¡Theo, no le grites a mi papá! —reclamó Kayle.
—¡Perdón! —gritó él otra vez.
Santiago estalló en carcajadas, contagiando a los demás. Kayle lo ignoró. pero, Theo sonrió entre la incomodidad y comodidad de esa casa sin problemas.
Poco despues, Theo siguio a Santiago al jardín. Un pequeño huerto: ajies, perejil y tomates maduros. Cada uno brillando con un aroma fresco.
El mayor se arrodilló, revisó las hojas y sonrio.
— Te dire algo —comentó el hombre— Pensé que serías como tu padre.
Theo inclinó su mirada, apreto su mandibula sin poder responder.
—Sí. Pero me equivoqué. —Santiago sonrió con serenidad—. Eres distinto. Me alegra que Kayle tenga un amigo como tú.
—Ella… es más fuerte de lo que parece —dijo finalmente el pelirrojo.
Santiago asintió, y sacó una billetera gastada del bolsillo. Dentro había dos fotos: una de su esposa, y otra de una Kayle niña abrazando a un adolescente.
Fue rapido, cerró su billetera, se volvió agacharse y entregó varios tomares.
— Llévatelos — ordenó él.
—Gracias, pero no sé si a mamá le gusten.
—Entonces haz tallarines rojos. Todo sabe mejor con tomate.
Kayle apareció justo entonces.
—¡Papá! El de los mariscos ya llegó.
—Alberto —interrumpio santiago— Se llama Alberto, hija. Empieza a recordar los nombres.
Santiago volvió al interior de la casa, y los dos adolescentes se quedaron en el jardín. Cruzaron miradas, kayle brillo en una delicada sonrisa sin ningun pliege en las comisuras.
—¿Por lo menos recuerdas el mío? —el chico acomodó los tomates en sus brazos.
Theo no pudo evitar agrandar su sonrisa que hizo reír a la chica.
—Claro. Theo…filio tercero Sandoval Tomate.
—¡Cállate! —rió él.
—¿Qué? Si hasta combinas con los tomates del jardín.
Ambos se rieron. Y desde la ventana, Santiago los observó con una sonrisa tranquila.
—Estará bien —murmuró para sí— No me corresponde ser celoso.