Atte. El fantasma

CAPÍTULO 52: Nuestras ilusiones no tienen límites.

El día en el colegio Perla empezó con el levantamiento de columnas metálicas y el sonido insistente del martillo contra el suelo. Las Olimpiadas se armaban como un escenario de feria.

Aidan observaba desde el corredor del tercer piso, apoyado en la baranda. Su expresión era neutra. Demasiado.

—¡Hola, Aidan!

El brazo de Theo cayó sobre su hombro con la familiaridad de siempre.

El castaño se tensó apenas un segundo antes de girar el rostro. Theo, que había llegado con una sonrisa automática, la perdió al instante. Un moretón rojizo marcaba la mejilla de Aidan.

—¿Te golpearon? —preguntó Theo, separándose un poco.

—Me caí de la cama —respondió Aidan sin mirarlo. Empujó su brazo y dio un paso atrás—. ¿No tienes que entrenar?

—Sí. Seré capitán otra vez —Theo se encogió de hombros—. Esteban es subcapitán. Un dolor de trasero.

Aidan lo observó unos segundos antes de darle la espalda y volver la vista al patio.

—¿Por qué me hablas?

Theo apretó los dientes. El crujido fue leve, contenido. El rechazo fue inmediato, físico; estar tan cerca de Aidan le provocaba un asco difícil de disimular. Aun así, respiró hondo y forzó una sonrisa.

Se acercó a la baranda y miró al patio.

—No seas así… Somos compañeros. Nuestros padres son amigos —soltó una risa breve— Más ahora que mi viejo anda con la madre de los gemelos.

Aidan giró de golpe. Se acomodó los lentes y bufó, una risa grotesca, burlona.

— ¿Qué? — Theo susurro.

—Tú y Kayle —dijo apenas—. ¿Tom ya te golpeó? Estaba muy insistente en dejarla mal. ¿Por qué te preocupa tanto?

—¿Tú ayudaste a Tom?

Se giró por completo hacia él, pero Aidan no hizo nada. Volvió a mirar al patio, como si la conversación ya le diera pereza.

—¿Qué te pasa? —preguntó—. ¿Por qué te comportas así?

Silencio.

Theo cerró las manos. Su mandíbula se tensó. Sin pensarlo, tocó el hombro de Aidan.

Aidan empujó su mano.

— No me toques — escupio Aidan — No me importas tú, ni esos becados de mierda, y mucho menos esta escuela.

Las palabras quedaron suspendidas.

Theo apretó los labios, tragándose algo que no iba a decir. La incomodidad le recorrió la espalda como un escalofrío.

—Ya —murmuró.

Se dio la vuelta y se alejó por el corredor, sin mirar atrás, mientras el eco de los martillazos marcaba el ritmo de un día que apenas empezaba.

Cerca a ellos, la silueta con máscara amarilla se alejó. Vestido de negro y su tipica mascara amarilla; con una sonrisa grande de dientes triangulares y dos ojos grandes afilados.

Subió por el alféizar y se sostuvo de una viga antes de detenerse frente a Oscar, en el descanso.

El profesor silbó, sorprendido, sin sacar las manos de los bolsillos.

— ¿Quién eres?

—Las cámaras están desactivadas —siseó la figura, con una voz artificial.

Oscar alzó una ceja. Una sonrisa breve, incómoda, cruzó su rostro al notar el timbre femenino bajo el modulador.

— Deberias irte si no quieres sufrir — dijo y saltó por las escaleras.

La figura saltó y desapareció escaleras abajo.

Oscar miró al primer piso. Luego al tercero. Su gesto cambió.

Se giró justo cuando vio a Alejandro alejarse hacia el estadio junto a Alison.

— No puede ser …

Comenzó a bajar las escaleras mientras escribía rápido en su celular.

Despues de varias campanas, en pleno receso, frente a la vista de toldos fabricados, Corni y Arthur se dedicaron a comer de vez en cuando viendo la puerta de la bodega. Como guardias para proteger a sus compañeros al interior.

Al mismo tiempo que los tres chicos se dedicaron a dibujar líneas por el croquis del colegio, sentados en el sofá, Talia entregó una hoja más.

— Es lo que escuche de una conversacion de Alejandro con unos accionistas — dijo la joven de trenzas.

— Ya no te acerques al fundador, te pondras en peligro —kayle revisar la hoja y arqueo una ceja por un segundo— ¿fundacion para becas?

—Lo anoté por si acaso —respondió Talia con una risa incómoda.

Kayle levantó la vista.

—¿Y tu tío?

Talia negó despacio. Se acomodó la trenza, respirando hondo.

—Vino ayer… me asusté —confesó, mirando la pizarra—. Quería preguntarle si era él quien me vigilaba antes y ahora…

—¿Qué? —interrumpió Kayle, clavando sus ojos verdes en ella.

El silencio cayó pesado, como si la bodega acabara de encogerse.

— ¿Alguien te ha seguido? — Kayle se acercó un poco más —¿viste algo?

Talia dudó. La cercanía de Kayle la desarmaba un poco; no era invasiva, era… atenta. Pensó que quizá se preocupaba de verdad.

—No lo sé —respondió al fin, bajando la voz—. A veces siento que alguien me observa. No siempre. Solo… cuando estoy cerca a casa.

Kayle no dijo nada de inmediato. Metió la mano en el bolsillo de su mochila y sacó una pulsera, simple, de esas que no llaman la atención. La entrego a Talia.

Talia frunció el ceño.

—¿Qué es?

—Un GPS.

El silencio fue inmediato. Theo dejó de marcar el croquis. Andrew levantó la cabeza. Incluso Bruno, que estaba apoyado en la pared, se enderezó.

—Es viejo. Me lo dio mi padre cuando era niña.

—¿Tu padre? —Theo la miró—. ¿El policía?

Kayle asintió.

Talia tomó la pulsera con cuidado, como si pudiera romperse.

— ¿La deberia usarla?

Kayle sostuvo su mirada unos segundos antes de asentir de nuevo.

Andrew se cruzó de brazos.

—¿Funciona? — Andrew se interpuso.

— Claro que sí—respondió Kayle—. Yo sabré dónde estás.

Talia tragó saliva y, sin decir nada más, se colocó la pulsera en la muñeca.

—Gracias —murmuró.

— Oye Kayle — llamo theo— no la asustes.

— Solo soy cuidadosa — dijo y se levantó— no como ustedes, sin un plan B para Andrew. No dudo que el fantasma hará una explosion como la última vez, pero necesitamos un detonante si viene solo por nosotros.

— ¿Qué quieres hacer? — Andrew solto. volvio a poner un circulo negro en la azotea — no podemos crear mas planes a lo loco sin sentido, ya te lo eh dicho.




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