Alejandro entró sosteniendo a su hija con cuidado.
Apoyada en un solo bastón, recorrió el departamento con una mirada automática, casi militar, como si aún esperara encontrar algo fuera de lugar. La luz pálida del amanecer y los faros de la calle se colaron por la ventana, dibujando sombras largas en la sala. Su andar era lento, ligeramente desorientado, como si el cansancio pesara más que el bastón.
—Gracias por recogerme —dijo Alison, alzando la vista hacia él. Sonrió con amabilidad, aunque su expresión seguía rígida, distante, como si algo se le hubiera quedado atascado en el pecho.
—Eres mi hija. Claro que lo haré —respondió Alejandro.
Su mirada se detuvo en una fotografía colgada en la pared.
Alison. Su nieto Aidan. Y un hombre más. El difunto padre y esposo.
Aidan se le parecía demasiado.
—Siempre estaré para ti —añadió Alejandro.
—En realidad… quería hablarte de la escuela —Alison lo detuvo, apoyando su mano sobre la de él—. No quiero que un criminal vuelva a lastimar a profesores… ni a mis alumnos.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Estoy de acuerdo —dijo en voz baja—. No permitiré que se repita lo de Alex.
El silencio se tensó.
—¿Crees que Talia Adams es cómplice?
Alejandro apartó la mirada. Los años le marcaron el rostro cuando bajó la cabeza, como si esa pregunta le hubiera caído justo donde dolía. Humedeció los labios, pensó. Sus ojos regresaron, inevitablemente, a la fotografía.
—La he visto hablar con otros profesores —dijo al fin—. Siempre escribe algo después. No actúa a lo loco. Está reuniendo información.
—¿Información? —preguntó Alison, acercándose un poco más.
Alejandro lo notó enseguida. El temblor contenido. La urgencia. Le sostuvo los brazos y la obligó a enderezarse.
—Voy a hablar con ella —dijo con firmeza—. Como corresponde.
—¿Y si se está ocultando?
—No lo hará —respondió Alejandro, con una sonrisa cansada—. Es posible que esté siendo manipulada. Sigue siendo una niña. No puedo incriminarla.
Volvió a mirar las fotos familiares.
Alison giró el rostro, recorriendo la sala como si buscara aire. Tragó su frustración antes de hablar.
— Papá —pronunció ella. Su expresion demasiado seria despues de dias en cama— Conozco a mis estudiantes, no son unos idiotas. Los educamos para que hagan el bien, de eso trata la escuela, ¿no? convertirlos en perlas.
—Así es —asintió Alejandro—. Y precisamente por eso hay que cuidarlos.
—O detenerlos antes de que crucen una línea —interrumpió Alison— Yo hablaré con ella. Y con su padre.
La expresión de Alejandro se tensó. Dudó. Miró a su hija y vio los nervios escondidos detrás de esa rectitud inflexible. Al final, asintió despacio.
— Llamalos, tampoco puedes exigirte despues de operacion — ordenó el hombre y abrazo a su hija — me alegro que pienses tanto en los estudiantes.
En poco tiempo, Alison se recosto en su cama con vista a la altura de la ciudad. Resopló y encendió el televisor. Acomodando su propio peso y buscando la comodidad de la cama, tomó su celular.
Resono los cortos pitidos de llamada, hasta que una voz masculina se escucho del otro lado.
— ¿Hola?
Horas más tarde, después de dejar dos trapos sucios sobre los charcos de agua que creó el fantasma contra Corni y Arthur.
Thalia y Kayle subieron al mismo auto que Corni, ayudándola a sostener la toalla empapada sobre su cabello y mochila húmeda. Y, a unos metros, Andrew sostenía el inhalador frente a Theo y Bruno.
—Despacio —le indicó—. Inhala… ahora.
Arthur obedeció, con los hombros encogidos y la ropa aún húmeda. Bruno permaneció a su lado, esperando con otra toalla.
— Lo siento Bruno — el gemelo menor volteo al chico— quería ayudarte a decirle a Corni.
— Olvidalo — Bruno le lanzó la toalla— yo hablaré con ella.
— ¿Qué te dijo? — Theo se acercó.
Arthur negó con la cabeza, sin saber responder o mantenerse callado. Chasqueo sus propia lengua antes de ver el carro de Corni partir.
— “Salmos 62:5–6” — arthur dijo— el fantasma solo dijo eso.
Theo empezó a buscar desde su celular.
— “Solo en Dios halla descanso mi alma; de él viene mi esperanza. Solo él es mi roca y mi salvación, mi refugio; no resbalaré” —leyo el pelirrojo y volteo a los demás — de nuevo, el fantasma quiere jodernos?
— No tenemos tiempo para esto, mañana lo haremos —andrew pateo el suelo— llegamos tarde para a la obra de teatro de mamá y tu novio, va a ir.
— Mierda, quería olvidarlo — theo golpeó su frente — mi mamá me esta obligando ir.
— ¿Qué tiene de malo? — Bruno entregó la mochila a Arthur.
Entre los tres intercambiaron miradas, desdichados y ahogados en la miseria. Sus cuerpos agotados en un largo y extraño suspiro en comunión.
— Javier va a pedirle matrimonio a su mamá —theo respondió.
— Mamá se volvio loca, y el padre de Theo es un idiota — andrew continuo.
Entre los tres asintieron sin darse cuenta de la sorpresa de Bruno.
Las horas pasaron, era de noche y el celular de Talia se cargó sobre su mesa. Y, ella dejó de escribir en su libro cuando escuchó dos golpes en su puerta. Su padre entró, con una camisa pulcra y ojeras, esperando algo más que solo una conversación.
— Papá estoy estudiando —siseo ella.
— Ya sé, ya sé —su padre rasco su cien y se apoyó en la pared— últimamente estás más respondona. Y eso que ya no tenemos reglas de llegada, solo quiero que me ayudes.
Talia desvió la mirada y luego, asintió alegre.
—Estoy preparando mi cena con compañeros —dijo, forzando ligereza—. ¿Puedes votar la basura y recoger mi pedido de sándwiches?
Ella dudó apenas, pero terminó asintiendo.
Minutos después, Talia ya caminaba por la quinta. El portón chirrió al cerrarse detrás de ella y el sonido se perdió rápido en la quietud del lugar. Las luces eran pocas, amarillas, demasiado separadas entre sí.