Las luces del escenario apuntaban con violencia al centro.
Gabriella gritaba su parlamento como Julieta, desgarrada, mirando a un anciano que hacía de Capuleto con entusiasmo exagerado.
—¡Oh, padre cruel! —clamó ella.
En la fila del medio, Andrew , Arthur y luego Theo viendo a la nada, con una mirada desorientada y aburrida, sus cuerpos se encontraron en n la misma pose: desparramados en las butacas y soñolientos.
Pronto, el celular de Theo vibró en el bolsillo.
Una vez.
Corto.
Insistente.
Frunció el ceño y lo sacó apenas, ocultándolo con la pierna. El nombre en la pantalla le heló el estómago.
Cretina verde.
No contestó de inmediato. Miró al escenario. Luego al par que inevitablemente se convertirían en sus hermanos. Entonces se levantó a penas.
— oye — susurró Javier — vuelve aquí.
Theo no hizo caso a su padre o la confusión de los gemelos al pasar delante de ellos. En cambio vieron la pantalla del celular vibrar.
Andrew no demoró en seguirlo; Arthur suspiró y los siguió, encorvándose mientras se deslizaban por el pasillo lateral, aprovechando un aplauso mal sincronizado para tapar el ruido.
—¡Julieta! —gritó el actor desde el escenario.
La puerta del baño se cerró detrás de ellos con un golpe seco.
—¿Kayle?
Del otro lado, la voz fue directa. Tensa. Sin bromas.
— Talia está en peligro — directa, su voz parecía quebrarse en cada respiración.
Andrew levantó la cabeza de golpe. Arthur se irguió y Theo palideció. Intercambiaron miradas sin comprender antes de volver a hablar.
—¡Theo! — gritó ella — creo que alguien la está siguiendo. Talia no ha dejado de correr en círculos. La estoy viendo desde el localizador que le di.
Él se apoyó contra el lavamanos y Arthur cerró la puerta, como si eso pudiera servir de algo.
— Creo que es mi culpa —susurró ella.
Los tres chicos voltearon sin comprender.
— si no le hubiera pedido que se acercara a los profesores — empezó con un tono ahogado— tal vez llamó la atención del fantasma, tal vez él o ella, la secuestró.
— Kayle — theo suavizó su tono— tu no tienes la culpa de nada.
— Oigan — arthur llamó— yo no tenía que ir a donde alguno de ustedes necesitaba; y no pude ayudar a talia. Porque … nunca acostumbre a ayudar, solo a pedir.
— Ya basta — theo pidió y golpeó el aire— Andrew, ¿andrew que haces?
El gemelo mayor no respondió, marcó un teléfono y luego se lo dio a Arthur. Luego fue hacia Theo y sujetó su muñeca, jalandolo cerca a su rostro.
— Kayle, escucha. Arthur está hablando con el perro — pronto se contradijo— al tío de talia. Él sabe cómo buscar personas, pero tienes que decirnos dónde está cada minuto, ¿Ok? Y…
Detuvo su habla, escuchó la respiración de la joven desde la otra línea antes de ver de reojo a Theo y tragar hondo.
— Técnicamente, esto también es mi culpa … yo estuve de acuerdo con tu idea, solo para que Arthur no se ponga en peligro con los profesores.
— Ok, paren los dos
Theo alejo su celular de Andrew y suspiro.
— Andrew llama a Corni y Bruno, Kayle, ¿ves un mapa? dinos las calles.
….
Por otro lado,Corni dio un golpe en el suelo de su casa con sus brazos cruzados. Haciendo presencia delante de sus padres recién llegados, con bolsas de regalos y equipaje.
— Corni! — dijo Victoria.
Levantó sus brazos, con una gran sonrisa. Pero Corni no se movió.
— te trajimos regalos —su padre anunció.
Pero la joven de pecas no respondió. Dio media vuelta y se encerró en su habitación. Confundidos, se vieron entre si y luego a Susan, la anciana que solo levanto sus hombros y gimoteo a su pesar.
— Adolescentes — siseo— ¿quieren agua?
Victoria s revolvió en sus brazos, amortiguando el frío de la noche con sus movimientos.
Corni, en su habitación, revolvió sus sábanas y se echó junto a un largo y fuerte gruñido que inundó su habitación. Pronto encendió el televisor, evitando el eco de la conversación en la sala.
Pero, la vibración en su celular llamó su atención. Refunfuño mientras sujeto y vio la pantalla.
“Arthur”.
— ¿Hola?
— Talia fue secuestrada — dijo Andrew— tu ya la llevaste a su casa, ¿conoces cada calle de ahí?
— ¿Qué?
— llama a Bruno.
Ella se levantó de golpe.
Mientras tanto, Talia se dejó caer en un rincón del pequeño parque, encogida detrás de la vitrina de la Virgen María, sujetando con fuerza la bolsa de comida. El vidrio estaba frío. La imagen blanca parecía observar sin verla.
El aire le entraba a tirones, como si los pulmones hubieran olvidado el orden.
“No respires fuerte”
Es lo único en lo que pensaba. Volvió a presionar el botón del reloj, deseando estar sola.
Pero, entonces, algo le tocó el tobillo.
—¡AH! —el grito se le escapó antes de poder tragárselo.
Su cuerpo fue arrastrado hacia atrás, la espalda raspando la tierra, el golpe del aire saliéndose del pecho. La bolsa de comida se rompió contra el pavimento: panes y envoltorios como restos inútiles.
—¡Quietecita! —gruñó una voz.
Una mano enorme le sujetaba la pantorrilla, los dedos clavándose con fuerza. Talia pateó, a ciegas, desesperada. Su talón golpeó algo blando. Un quejido.
—¡Cállate!
Sintió la tela rozar la cara. Algo áspero, improvisado. Intentaron cubrirse la boca.
Talia reaccionó sin pensar. Con la comida que quedaba dentro de la bolsa, lo lanzó contra su cara. E inconsciente, con ambos pies, golpeó la entrepierna del sujeto. El impacto lo hizo retroceder un paso.
Sin poder gritar, el hombre sujetó su cuerpo y solo voto aire.
Talia logró zafarse un segundo. Gateó. Se arrastró y en segundos, corrió. Dejó al hombre y la estatua atrás.
Por otro lado, Ricardo, el tío de Talia escuchó atento a las palabras de Arthur. Frente a su puerta, con sus manos guardando la llave de su auto y pronto, escucho a Kayle.