Atte. El fantasma

CAPÍTULO 55: Si sigues con devoción algo, te distorsionas.

Apenas marcó las 8:21 PM, la vibración en el celular de Bruno lo obligó a abrir los párpados. Insistente y doloroso para él antes de poder tener consciencia y ver la pantalla.

“Corni”

—¿Corni…? —murmuró, con la voz espesa—. Lo siento, no me siento bien para hablar.

Era casi un suspiro. Se incorporó lentamente, aún medio dormido, y corrió la cortina lo justo para mirar la calle vacía, oscura, inmóvil.

—Talia está en problemas —dijo ella sin rodeos.

El tono seco terminó de despertarlo.

—Estaba hablando con los demás. No quieren llamar a la policía. Dicen que su tío fue por ella… pero tú estabas con ella el año pasado. ¿Sabes cómo contactar a su padre?

— ¿Qué?.

Corni seguía hablando, rápido.

— su tío fue por ella, pero si tienes información que pueda ayudar

— Si —interrumpio bruno. Sus ojos abiertos y viendo a la pared— tengo el teléfono de su casa.

— ¿Enserio? aún hay … llámalo, intentare llamar a Talia.

Al otro lado de la ciudad, Víctor observaba cómo una patrulla se alejaba calle abajo. El silencio que quedó atrás era incómodo. Tenía el celular apretado en la mano y giraba la cabeza, atento a cada esquina, cuando una vibración le recorrió el cuerpo.

Primero, el celular de Talia.

Luego, el suyo.

Respondió ambos casi al mismo tiempo.

—¡TALIA! —la voz de Corni irrumpió desesperada.

—¿Hola? —dijo Bruno.

Pero Víctor no respondió. Un auto se detuvo frente a él. Levantó la vista y dio un paso al frente.

Ricardo, el tío, se pasó la lengua por los labios.

—Víctor.

Nada más. El motor rugió y el auto arrancó de nuevo, doblando la esquina con prisa. Las voces de los adolescentes seguían sonando desde el teléfono, lejanas, inútiles, mientras Víctor empezaba a correr tras el vehículo.

Las chancletas de Talia rasparon la vereda con un sonido irregular. Corría sin mirar atrás, sin la bolsa de comida y el pecho ardiendo. El sudor le empapaba la espalda, le resbalaba por el cuello, por la frente. Sus piernas temblaban, el dolor acumulado de minutos que parecían horas.

Se detuvo cuando creyó no poder más. Se escondió fuera del alcance de los faros, doblada sobre sí misma, respirando con dificultad. Miró atrás. Nada.

Entonces las vio.

Una camioneta negra avanzaba despacio, demasiado despacio. No buscaba.

—No… —siseó, y giró para huir.

No alcanzó a dar un paso.

Una mano enorme cubrió su boca. El trapo presionó su rostro antes de que pudiera gritar. El olor la golpeó de inmediato: químico, dulce y áspero a la vez, como metal mojado. Le quemó la nariz, le invadió la garganta. Otra mano la sujetó del torso, levantándola del suelo.

El hombre la sacudió con violencia, su cuerpo delgado chocando contra el suyo como si no pesara nada.

—No corras —dijo desde atrás, con una calma aterradora—. Solo empeoras todo.

La serenidad de la voz la heló más que la fuerza. El miedo le explotó en el pecho. Pataleó, intentó morder, arañar, pero sus movimientos se volvieron torpes. El mundo empezó a ondular. El sonido se distorsionó. El sudor frío se mezcló con una sensación pesada, como si algo le aplastara el cuerpo desde dentro.

—Vete del colegio… antes de que te matemos —susurró junto a su oído.

Las palabras se le incrustaron en la mente incluso cuando sus ojos ya no enfocarón bien.

La camioneta se detuvo frente a ellos. La soltaron.

Talia cayó al suelo del auto con brusquedad. El golpe le sacó el aire. Apenas distinguía formas cuando gritó con lo poco que le quedaba de fuerza.

—¡ALÉJATE!

—¡Eh! —otra voz estalló.

Alguien bajó del asiento delantero, furioso, a punto de golpear a alguien fuera de su vista. Todo se volvió lento. Pesado. Sus párpados ardían.

Antes de que la oscuridad la venciera, una figura se inclinó sobre ella. Reconoció el rostro borroso de Ricardo acercándose.

—Tranquila —dijo—. Te llevaré a casa.

Gradualmente, cayó dormida.

Mientras tanto, en el baño de varones en el teatro. Un hombre, bien vestido, arregló su corbata, sus ojos curvados en el enojo vio hacia los tres adolescentes callados, encorvados observando su paso cuidadoso al irse.

— ¿Kayle? — Theo acercó su celular a los labios — ¿tienes noticias?

— Está dando otra vuelta a una esquina —ella respondió. Su tono quebrado y lastimoso— hacia su casa. ¿Su tío ya llegó?

Theo volteo a Andrew, él asintió.

— Arthur, llama a Corni y Bruno —dijo y volvió a su celular— Si. Kayle, te diré lo que sepa.

— gracias

La voz de Kayle sonó en un largo suspiro, trago hondo. Su cuerpo contra su asiento y después volvió a su celular, en el Chat que el fantasma mando las frases.

Aquella burbuja de “escritura” se mantuvo. Sin ninguna respuesta, Kayle volvió a escribir.

“Si lastimas a uno de nosotros, lo vas a lamentar.”

En segundos, tuvo una respuesta:

“19: conoce con quién estás tratando: no ofendas a la persona equivocada”

« Es una advertencia » pensó ella.

— Kayle — la voz de Theo la despertó de su trance— Ricardo tiene a Talia, pero está desmayada.

Theo se alejó del par de gemelos, cubriendo su celular con el cuerpo.

— Oye, sobre lo que dijiste antes, no te culpes. ¿Ok? — susurró el pelirrojo, vio de reojo a los gemelos terminando sus llamadas— gracias a ti, talia no fue secuestrada.

— Theo! — llamo Arthur— ¿vamos? está por terminar la obra.

— Y tu padre hará el ridículo — Andrew agregó.

— Oye —theo volvió a susurrar a su celular— llamame en 30 minutos, ok?

— Si, está bien — ella respondió.

Sus ojos enfocados, en ese mensaje.

Media hora después, Talia abrió los ojos con esfuerzo. El techo le devolvió una luz suave que le punzó la frente. A un lado de la cama, su tío estaba de pie, rígido; al otro, su padre hablaba por teléfono, de espaldas, la voz baja pero firme.

—Sí… está bien —dijo—. Debe descansar. Lo dejamos para otro día. Gracias.




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