“Lamentamos no confirmar el éxito del trabajo”
“Debido a la situación, nos quedaremos con la mitad entregada. Gracias por contar con nosotros”
Encerrada en su oficina, Alison apretó el celular hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El mensaje seguía ahí, frío y definitivo. Sus ojos recorrieron el pequeño espacio como si buscara a quién culpar: los estantes repletos de libros, el sillón de cuero impecable, el cuadro anodino de un jarrón con flores y, al centro, su escritorio de cedro perfectamente ordenado. Todo estaba en su sitio. Nada había salido como debía.
Exhaló con fuerza y escribió, sin titubear:
“Quiero que termine el plan”
A varios kilómetros de allí, dentro de una heladería casi vacía, un hombre corpulento y encorvado sobre la barra dejó al descubierto los tatuajes de sus brazos al estrellar el celular contra la mesa.
— ¡AHH! ¡MALDITA LOCA!
— ¿Qué pasa?
La voz vino desde detrás del mostrador. Leo, amigo de Kayle, dejó un vaso con tres bolas de helado frente al hombre con su sonrisa automática de emprendedor.
—Tú ya pasaste por esto —dijo el hombre, con la voz quebrada. Soltó un largo suspiró y giró hacia Leo—. ¿Qué hago con una tipa que quiere “desaparecer” a una niña?
Sus dedos tamborilearon la mesa, nerviosos. Leo abrió los ojos como platos y se apoyó en la superficie blanca del mostrador.
—Por eso dejé ese trabajo —susurró, muy serio y angustiado—. Escucha, no tienes que seguir. Locos hay en todas partes… pero tú no haces desaparecer gente. —Forzó una sonrisa—. Eres cazafortunas, ¿por qué la ayudas?
—Ah… —gruñó el hombre, golpeando el vaso sin mirarlo—. Antes ella me ayudó.
—¿Qué hiciste? —Leo dio un paso atrás, instintivo, mientras empezaba a secar otro vaso.
—Nada malo —murmuró, pasándose las manos por la cabeza—. Solo deje un paquete de un lado a otro, pero nunca pregunto qué pasa después.
—Solo que esta vez… es una niña —dijo, en un suspiro corto—. ¿Cómo se llama esa loca?
—Es directora. De ese colegio famoso.
—¿Perla? —preguntó Leo, alzando la vista.
El hombre asintió.
El silencio cayó pesado sobre el local. Leo siguió secando vasos, uno tras otro, como si el movimiento pudiera borrar lo que acababa de escuchar. Entonces, la campanilla de la puerta sonó. Una pareja entró sonriendo, ajena a todo.
—Buenas tardes —saludó Leo automáticamente.
Tomó dos cartas y caminó hacia ellas, con la misma sonrisa de siempre. Oculto sus movimientos bruscos, enojado.
Las horas pasarón pero el calor se mantuvo en toda la ciudad, y desde un departamento. Los padres de Corni vieron a su hija llegar. El sonido seco de la puerta los obligó a levantar la vista, olvidándose de sus documentos y viendo a su hija pasar de largo.
No respondió a ningún saludo. Ni siquiera fingió escucharlos.
—¡Corni! —la voz de su padre la alcanzó—. ¡Ven aquí!
Se detuvo a regañadientes y regresó arrastrando los pies. Se quedó de pie junto a la mesa. Asintió apenas, un gesto mecánico, pero sus ojos esquivaron a su madre como si mirarla quemara.
—¿Por qué te comportas así con tu madre? —preguntó su padre, ya molesto.
—Corni, si pasó algo, puedes decírmelo —añadió la mujer, con un tono suave que a ella le sonó falso.
La joven negó con la cabeza, clavando la mirada en el suelo. Su mandíbula estaba tensa, los dedos crispados. Entonces la paciencia de su padre se rompió.
—¡Ya es suficiente! No puedo hacer nada contra mi madre, pero tú no puedes tratar así a la tuya. ¿Me oyes?
—Hugo… —intentó intervenir la mujer.
—¿Tratarla así? —Corni soltó una risa corta, amarga, que no tenía nada de humor. Alzó la vista, pero solo para mirar a su padre—. Olvídenlo. Olvídense de todo.
Respiró hondo, como si el pecho le ardiera.
— ¡LA ODIO! —escupió—. ¡Odio a mi mamá!
Antes de que alguien pudiera reaccionar, dio media vuelta y salió corriendo. El golpe de la puerta de su habitación sacudió la casa.
— ¡CORNELIA! — gritó el padre— ¿estás loca? ¡no le hables así a tu mamá!
Apoyó la frente contra la madera y la golpeó un par de veces, suave, desesperada. El estómago se le revolvió.
Corrió al baño, con arcadas secas. Lo intentó varias veces.
Todas sin éxito.
Saliva cayó al inodoro y dolorosos quejidos salieron de su boca.
Las lágrimas empezaron a brotar, sintió su pecho deshacerse con dolor.
Tal vez culpa, tal vez.
Poco a poco, su cuerpo cayó al suelo contra las baldosas blancas.
Durante la noche, Kayle frotó sus ojos, volteo hacia la parte baja de su computador: “02:34” y luego volteo a la reunión virtual con Andrew. Con ojeras y horriblemente cansado.
— Bueno, ¿entonces queda de esa forma? — Andrew susurro.
— Si —respondió y suspiró— oye, Andrew. ¿Qué te pasa?
Él levantó la mirada a la pantalla. Suavemente arqueo una ceja antes de inhalar con fuerza y acostarse sobre su silla.
Estiró sus brazos.
— ¿A ti qué te pasa? —respondió él. Más que estar a la defensiva, su tono buscaba burlarse— ¿que? ¿te preocupa?
— lo que me preocupa es que estés pensando en otra cosa cuando estemos corriendo por nuestras vidas el martes
Su voz era baja pero con tanta fuerza fuera posible en mitad de la noche.
— no pienso dejar que algo pase a alguno de nosotros.
— te preocupas mucho. Y estoy seguro que nada malo va a pasar —Andrew volvió a estirar sus brazos hacia adelante. Enmarco una sonrisa— hicimos muchos planes.
— Entonces — alargó ella— ese rostro tuyo es más por fanfarroneria que por confianza.
— Empiezas a hablar cualquier cojudez, psycho
Ahora más jovial, Andrew dejó de ver a la joven mientras revisaba su pantalla. Eliminado archivos antiguos.
“Ji Ji Ji” una corta risa salió de la boca de Kayle.
— Hace tanto que no escucho ese apodo — su voz era seductora en un corto quejido.