Atte. El fantasma

CAPÍTULO 59: El dia empieza

Dos golpes firmes resonaron en la puerta de la oficina de Nicolas. Abandonó la comodidad de su postura y enderezó la espalda, vio a Aidan aparecer. Tenía el rostro apagado y los ojos hundidos; con un solo largo y ahogado suspiro llamó la atención del adulto.

— ¿Aidan? — anuncio nicolas— hoy no tenemos cita, ¿quieres hablar de otra cosa?

— Quiero decirte algo, estoy harto

Gruño, tan bajo que parecía un suspiro ronco. Su mano derecha sobre la manga de la camisa del uniforme de su manga izquierda.

No pudo evitar gruñir en ligeros suspiros, atormentado por miles de pensamientos antes de sentarse frente al castaño. Con el ceño fruncido y manos sobre su pantalón bien planchado.

Nicolas, en cambio arqueo una ceja a la espera, estiró sus brazos sobre sus piernas.

— Está bien, suéltalo todo —el mayor permaneció quieto. Su tono calmado.

Las piernas de Aidan empezaron a rebotar y en segundos inhalo aire. Mientras, Nicolas entrelazo sus dedos sobre la mesa.

— Mi mamá — él relamió sus labios— está loca. Intentó matar a alguien.

Nicolas volteo al chico, apretó su sien, sus mentón se endurecieron antes de tragar hondo.

— Aidan, ¿estás seguro de lo que dices? — Nicolás insistió— ¿Tienes pruebas?

Él asintió.

— Tengo grabaciones en mi celular.

Fue entonces que la expresión de Nicolas se relajó, con una respiración profunda inclinó la cabeza, pensando. Volteo su mirada hacia las paredes y luego al muchacho.

Revisó su rostro, cada gesto de Aida.

Entonces asintió.

— Muestramelos …

Las horas pasaron durante el día, apenas eran las cuatro de la mañana. Alison vio a cinco hombres preparados con armas paralizantes ocultas.

Fue entonces que uno de ellos se acercó. El más seguro y el más viejo.

— Traje a mis mejores hombres, pero directora… estamos seguros que mi hija e hijo, ¿van a poder pasar el año?

— Digamos que Jessica y Luis, son excelentes estudiantes.

Ambos estrecharon sus manos.

— Entonces — la postura del hombre se volvió rígida y volteo a los otros hombres — Vigilen que nadie sospechoso se quede mucho tiempo en el mismo lugar.

Dos horas más tarde, una suave alarma inició en el interior de la bodega. Theo gimoteo en el dolor del suelo, estiró sus brazos y piernas antes de poder abrir los ojos aún soñolientos. Frente a él, inclinados sobre su campo de visión, aparecieron los rostros de Arthur y Andrew.

Theo reaccionó por instinto. Se apartó de golpe, el corazón disparado, y gateó hacia atrás con torpeza, apoyándose en los codos. El dolor le recorrió el cuerpo, pero apenas lo registró. Tenía los ojos clavados en ellos.

Los gemelos mostraron una sonrisa.

Una cómplice, ladeada, idéntica en ambos, la que siempre aparecía cuando estaban de acuerdo en algo o para burlarse de alguien.

Fue entonces que vio en sus manos, pinceles y pintura roja.

Consternado, pasó su mano derecha por el rostro. Cubriendo la palma con la pintura.

— ¿Es enserio? — se quejó al levantarse— ya maduren.

— Es nuestra forma de dejar la incomodidad— Andrew entrecerró los ojos con diversión— Pero, hey … el rojo si te queda bien.

— Aún no has visto a Bruno — Arthur señaló hacia el chico.

Aún dormido, en pequeños ronquidos apenas audibles, Bruno tenía la boca abierta sobre varios cojines para su cabeza y en sus mejillas, miles de caritas sonrientes y en su brazo un título “escarabajo”.

— Enserio, los detesto— repitió Theo — Arthur, ¿a Bruno le gusta ese apodo?

— le da igual.

Un nuevo gimoteo llamó su atención. Kayle, se revolvió en su sitio antes de poder sentarse. Sus cabellos largos y lacios, cortados en capas, desordenados por el sueño la hacían ver ondulada. Se estiró confundida, ahora sentada en el cojín del sofá que usó como cama. Sin poder abrir sus ojos, estiró su cuerpo y cuello, mientras con una mano sacudió su cabello.

— ¿Enserio? — se quejó ella— ¿porque alarma?

— Bruno tiene partido hoy

Apenas cruzó miradas con los tres chicos, sus ojos verdes terminaron en el dibujo de la mejilla de Theo.

Bufo, cubrió su sonrisa con la mano sin poder aguantar su risa.

— pf… Andrew, te dije que le dibujaras un perro

— Era difícil — sonrió cómplice el gemelo mayor.

— ¿Tú también ayudaste? — se quejó Theo.

Ya no podía aguantar su enojo.

— Como sea — río a la chica y volteo a las dos chicas aún dormidas — talia, corni levántense.

Sin saberlo, volteo su rostro dejando a la vista en su mejilla izquierda un juego de “tic tac toc” y una carita sonriente.

— Son molestos — susurro Theo hacia el par de hermanos.

Sacudió su cabello hacia atrás y sobo sus ojos, aún soñolientos.

Después de unos minutos, Theo vestido con un polo lila, volvió a frotarse los ojos, sus pies lo llevaron por cada rincón del colegio ni siquiera cuando escucho su nombre de otros, burlas o del propio Esteban. Theo se concentró en las nuevas caras, hombres encubiertos.

Tal vez era la ansiedad generada debido al fantasma, o su trabajo al tener que seguir a Aidan. Pero de alguna forma, los mismos dos hombres no dejaron los corredores.

La zona que el fantasma siempre recorría.

Mientras tanto, Talia y Corni —con el uniforme impecable y el polo lila encima— se apoyaron contra el alféizar del cuarto piso. Desde ahí, observaron cómo cada promoción se dispersó.

Abajo, el colegio brillaba. Literalmente. Las decoraciones hechas por los propios estudiantes colgaban por todos lados: carteles torcidos pero coloridos, guirnaldas improvisadas, globos que sobrevivían por pura fe. El aire estaba lleno de chillidos de matracas, risas y voces superpuestas.

Desde un lado, un grupo de estudiantes con polo lila ayudaron a un estudiante a vestirse. Era un mono.

— Al final, fue un mono —suspiro Corni— pobre David.

— ¿Y cómo te va con él? — Talia soltó.

Corni apenas pudo voltear la mirada sin sonrojarse. Jugó con las medias de su uniforme.




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