Atte. El fantasma

CAPÍTULO 61: Encontrar.

Cerca a las escaleras del medio, Andrew y Kayle subieron con cuidado. Escaneando cada rincón, hasta que una vibración en el bolsillo del chico lo detuvo.

Se sentó en las gradas, su mano en el brazo de la chica cuando la obligó a sentarse.

— ¿Qué pasa? subamos — kayle susurro.

— Es Arthur —dijo él.

Kayle se detuvo. Alcanzó a ver la piel pálida del chico y el símbolo del audio sin escuchar en su pantalla. El anular de Andrew vibró nervioso.

— ¿Qué esperas? — ella gruño—. Es tu hermano.

Se estiró hacia él, agachó su cuerpo para ver sus ojos a punto de reventar. Andrew suspiró, la vio de reojo y volvió a la pantalla.

Pero la vibración en su propio bolsillo la interrumpió.

Sacó el celular sin pensar. Vio en la pantalla:

“Cris-Cris”.

« ¿Que? » pasó por su cabeza, sintió su cuello erizarse. Casi todo su cuerpo se sacudió.

Andrew, por su lado, seguía tenso, mirando su celular. No notó el cambio en ella.

— “Así que están todos … menos Arthur”. “No, no lo veo aquí. Tal vez tienen planeado algo”— escucharon en el audio.

Kayle parpadeo varias veces antes de voltear al chico.

— Espera — susurró Kayle— entonces Arthur está seguro ahí. Relajalo … tengo que responder una llamada.

—¿Ahora? —Andrew frunció el ceño—. Kayle

Pero ella subió por las gradas y se pegó a la pared del descansillo, de espaldas al pasamanos, relamió sus labios antes de contestar la llamada.

— Ho, Hola — susurró ella—. ¿Quién es?

— Mini yo, soy yo. Cristian

La voz era más grave que en sus recuerdos. Más adulta. Los ojos de Kayle se llenaron de agua al instante.

Apretó los labios, las comisuras bajaron y pronto mordió la lengua antes de un segundo suspiro. Intentó no hacer ruido por su hermano vivo que busco por años.

—Te debo pedir algo —continuó él, serio—. Vete de ese colegio. No vuelvas a entrar. Te lo suplico.

Solo respiraba entrecortado, con rabia acumulándose debajo del alivio.

— Cri …

En ese momento, una mano tocó su espalda.

Su espalda se erizo al contacto con la mano del otro adolescente, volteo rápido, alzó un poco su vista dejando a la vista sus lágrimas

— Kayle, va-

Andrew se detuvo. La vio de frente.

Las lágrimas retenidas en sus ojos verdes y una corta respiración que golpeó su pecho, el fuerte sol se reflejó sobre ellos.

Sobre ella.

Sobre sus mejillas rojizas.

Por un momento, Andrew sintió un tirón que escarapelo su espalda. Un mal presentimiento, eso creía creer él.

— Solo dime que sí — volvió a decir Cristian. Su celular pegado en la oreja.

— Nos vemos en casa papá.

Kayle terminó la llamada y volvió a Andrew.

— ¿Cómo está Arthur?

Parpadeo unas veces antes de revisar su alrededor.

— ¿Por qué te demoras? estamos a mitad de algo.

— Si, si … ya. Sube

Andrew suspiró al subir, evitó las lágrimas de la joven. Subieron las escaleras en silencio, con el eco de sus pasos golpeando las paredes vacías.

Cuando llegaron arriba, él se colocó a su lado, demasiado cerca, apenas a dos pasos mientras avanzaban hacia la bodega.

Entonces, un estruendo rebotó de nuevo por el colegio.

Ellos dos se detuvieron en seco con sus manos en los oidos.

Al otro extremo del pasillo en el primer piso, Talia tiró de Corni y ambas se escondieron detrás de la puerta entreabierta del laboratorio, conteniendo la respiración.

En el estacionamiento, Theo se agachó detrás de un auto, cubriéndose los oídos con fuerza con una sola idea:

“Por favor, que no me encuentre”.

Fue lo que pensó con fuerza al apretar sus ojos, mientras el sonido empezó a desvanecerse.

Y a autos de distancia una figura avanzó.

Camino con confianza, apretó sus manos, en realidad, sus nudillos. Donde manoplas metálicas con una tira metálica brillo bajo el sol.

— Theo Sandoval —susurró el fantasma—. Yo no soy quien debería hablar contigo, pero él tiene sus razones.

Trató de recuperar su respiración, aunque falló varias veces mientras un ligero sentir pasó por su cabeza.

Cerca, un par de pisadas golpearon el suelo.

— Él te está buscando, está molesto — se escuchó un carraspeo—. deja en paz a los peones. Sigamos.

Theo reaccionó rápido, sacudió su cabeza y se acostó un poco detrás del auto. Con una mano en el suelo, soportando su propio peso, sacó su cabeza por un lado.

Pronto, empezó a ver borroso.

— Oye, él está por aquí —se escuchó como advertencia.

— Camina niño.

Ambas personas, de silueta negra y la otra con traje.

Ambas, borrosas a la vista de Theo. Fue entonces que terminó por recostarse sobre la llanta del auto.

Cerró los ojos un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, miró hacia arriba.

El cielo estaba quieto. Azul. Las nubes definidas, perfectas.

Tragó saliva.

— Mierda…

Mientras tanto, Aidan dejó de cubrir sus oídos. Espabiló y busco en todas las direcciones, a su madre. A solo unos metros de él, hablando con un hombre fornido y con celular en mano.

No podía escuchar bien su conversación entre los gritos y conversaciones de otros adolescentes en el patio.

Empezó a caminar y empezó a escuchar.

— Disparen si es el caso — se escuchó del hombre.

Con sus manos en la cadera, y expresión altanera Alison volteo a su hijo.

— Aidan, ve al auto. Esperame ahí —ordenó ella. Y entrego unas llaves.

Él bajó la mirada ante la voz tan fuerte de la mujer. Asintió y dio media vuelta, empezó a esbozar una sonrisa.

Dejó de lado su camuflaje y sonrió. Volteo hacia el pequeño edificio de dos pisos. Un grupo de chicos se acomodó, aún luchando por el dolor de oído.

Aidan volvió a voltear, hacia su madre ocupada en la conversación. Y entonces, caminó en dirección al grupo de chicos.

En silencio, sin nada más que sus manos en los bolsillos y un aspecto angurriento, ajeno a los dolores de ese grupo de adolescentes que al verlo, lo dejaron entrar a su círculo.




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