Las primeras grietas
A las ocho y siete de la mañana, Adriana Valenti ya estaba sentada frente a una pantalla que no le pertenecía.
Había llegado a Rossi Enterprises antes que la mayoría de los empleados. No porque quisiera demostrar nada. No esta vez. Había aprendido, con los años, que llegar antes que los demás tenía una ventaja mucho más importante que cualquier reconocimiento profesional: permitía observar.
Los edificios hablaban antes de que sus empleados lo hicieran. Había empresas donde el silencio de primera hora transmitía tranquilidad. Otras en las que el movimiento temprano revelaba ansiedad. Algunas funcionaban con una precisión casi militar. Otras parecían improvisar cada decisión. Rossi Enterprises pertenecía a una categoría diferente. Todo parecía demasiado ordenado. Demasiado limpio. Demasiado preparado. Y Adriana desconfiaba profundamente de las cosas demasiado perfectas.
Se encontraba en una sala de reuniones del piso treinta y uno que había sido asignada temporalmente al equipo de auditoría. Frente a ella había tres monitores, una impresora, una caja de documentos físicos y un vaso de agua que todavía no había tocado. A su derecha, Mateo revisaba el material que habían recibido de la empresa. Las cortinas estaban entreabiertas, permitiendo que la luz de la mañana se filtrara en forma de haces dorados que se posaban sobre las superficies de vidrio y metal. El edificio se despertaba lentamente abajo, pero allá arriba, en ese piso privilegiado, el tiempo parecía transcurrir con una cadencia diferente.
—¿Dormiste algo? —preguntó él.
Adriana no levantó la mirada. Sus dedos se movían sobre el teclado con la precisión de quien ha realizado ese mismo gesto miles de veces. Abría carpetas, examinaba archivos, cerraba ventanas. Todo con una fluidez que solo la experiencia podía otorgar.
—Sí.
Mateo esperó. Conocía esa respuesta. Era la misma que llevaba escuchando desde que trabajaban juntos, tres años atrás. Adriana siempre decía "sí" cuando la pregunta era sobre dormir, y casi siempre mentía.
—¿Cuánto?
—Tres horas.
—Eso no cuenta como dormir.
—Cuenta como tres horas.
Mateo sonrió. Era una sonrisa cansada pero genuina, de esas que solo aparecían cuando estaba realmente preocupado por ella. La había visto trabajar jornadas imposibles, dormir en su propio despacho, sostenerse a base de café y determinación. Sabía que era inútil discutir.
—Está bien.
Adriana pasó otra página del documento digital que tenía abierto. Era un informe de cuentas corrientes de los últimos cinco años. Cifras y más cifras que para cualquier otro serían un laberinto de números sin sentido, pero que para ella formaban un mapa. Un mapa que estaba aprendiendo a leer.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás pensando algo.
—Siempre dices eso.
—Porque normalmente es verdad.
Mateo bajó la mirada hacia sus documentos. Había estado organizando el material que les había entregado el departamento financiero. Cinco cajas de archivos físicos, tres discos duros con información digital, y una lista interminable de cuentas que requerían verificación. El volumen de trabajo era abrumador.
—Solo pensaba que para ser nuestro primer día aquí, pareces bastante tranquila.
Adriana se detuvo. Por un instante, la imagen de Gianluca frente a los ventanales apareció en su memoria. Su voz. Su mirada. La forma en que había pronunciado su nombre. Y aquella frase que seguía molestándola más de lo que estaba dispuesta a admitir: (Sigues haciendo eso.)
Cerró los ojos un segundo. No quería pensar en él. No ahora. No cuando necesitaba toda su concentración para descifrar lo que estaba ocurriendo en esa empresa. Pero era inevitable. Gianluca Rossi había vuelto a su vida como un fantasma al que no había invitado, y su presencia se colaba entre los números, entre las evidencias, entre las sospechas.
—Solo estoy analizando el entorno en el cual estaremos trabajando
—Eso no responde.
—Es la respuesta que tienes.
Mateo la observó durante un segundo, pero decidió no insistir. Era una de las pocas cosas que había aprendido de ella. Cuando Adriana quería hablar, hablaba. Cuando no quería hacerlo, cualquier pregunta adicional solo conseguía que levantara un muro más alto. Había aprendido a respetar esos límites, incluso cuando le preocupaba lo que se escondía detrás de ellos.
Adriana volvió a la pantalla. El informe financiero mostraba movimientos regulares, transacciones normales, balances que cuadraban. Demasiado normales. Demasiado regulares. En su experiencia, las empresas de ese tamaño siempre tenían pequeñas irregularidades, errores contables, diferencias menores. Aquí todo era perfecto. Y la perfección, en el mundo financiero, era la primera señal de alerta.
—Tenemos acceso al servidor financiero —dijo él finalmente—. Pero hay restricciones.
Adriana volvió inmediatamente a la pantalla. Sus dedos se detuvieron sobre el teclado.
—¿Qué restricciones?
—Podemos consultar los movimientos, pero no acceder a ciertos registros históricos.
—¿Cuáles?
Mateo giró la tableta hacia ella. La pantalla mostraba una lista de carpetas y subcarpetas, algunas de ellas marcadas con un candado digital. Era un sistema de permisos complejo, diseñado para restringir el acceso según el nivel de autorización de cada usuario.
—Los registros administrativos anteriores a tres años.
Adriana frunció el ceño. La cifra resonó en su mente como una campanada. Tres años. El mismo período que había aparecido en el expediente que Gianluca le había entregado. El mismo período donde comenzaban las irregularidades.
—¿Por qué?
—Dicen que fueron migrados a un sistema anterior.
—¿Qué sistema?
—No lo especifican.
Adriana tomó la tableta. Leyó. Volvió a leer. La información era vaga, casi deliberadamente ambigua. Migrados a un sistema anterior era una frase que podía significar cualquier cosa. Podía ser una explicación técnica genuina. También podía ser una cortina de humo.