No sé en qué momento empezó todo.
Si fue en aquella mirada rápida, en un gesto torpe, o en esa forma suya de hablar como si no esperara que nadie lo escuchara.
Lo único que sé es que, cuando lo conocí, algo en mí se movió.
No fue un relámpago.
No fue un flechazo.
No fue un “para siempre”.
Fue apenas un temblor.
Un reconocimiento silencioso.
Como si una parte de mí hubiera sabido, antes que yo, que ese encuentro iba a cambiar algo… aunque todavía no entendiera qué.
A veces me pregunto si, de haber sabido todo lo que vendría después lo bueno, lo difícil, lo que iba a romperme y volver a armarme de otra forma habría dudado antes de dar ese paso.
Pero la verdad es que no.
Hay personas que llegan así.
Sin permiso.
Sin aviso.
Sin razones claras.
Y aun así… lo desordenan todo.
Te cambian la forma de mirar.
La forma de sentir.
La forma de sobrevivir a lo que antes creías imposible.
Y él fue eso para mí.
Un antes.
Un después.
Y una historia que todavía vive en algún lugar entre lo que fui…
y todo lo que ya no puedo volver a ser.
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Editado: 15.02.2026