No entendí por qué esa noche se me hizo tan larga.
Después de los mensajes de la tarde pensé que todo iba a quedar ahí. Un intercambio más. Algo pasajero.
Pero no fue así.
El teléfono vibró cerca de la medianoche.
Michael: ¿Estás despierto?
Lo miré unos segundos antes de responder. No era una hora casual.
“Sí.” conteste
Tardó en contestar.
Podía imaginarlo escribiendo y borrando.
Michael: “Solo quería saber si estabas bien.”
Suspiré.
No era una pregunta inocente. Tampoco era una invasión. Era… un intento.
Yo: “Estoy en casa.”
No aclaré nada más.
Pasaron unos minutos.
Después, otro mensaje.
Michael: ¿Te molesta si paso un momento?
Ahí dudé yo.
No estaba listo para nadie. No me sentía listo para él.
Pero tampoco quería decirle que no.
Yo: “Si querés.”
Veinte minutos después, golpearon la puerta.
Abrí.
Michael estaba ahí, con las manos en los bolsillos y esa expresión contenida que parece calma pero no lo es del todo.
Hola dijo, casi en voz baja.
Hola respondí.
Lo dejé pasar.
Se sentó a mi lado en el sillón, dejando un espacio prudente entre los dos. No habló enseguida.
Yo tampoco.
El silencio no era incómodo.
Era nuevo.
Hoy me quedé pensando en vos dijo al fin.
No lo miré de inmediato.
¿Por qué?
Tardó en responder.
Porque no parecías estar bien. Y… no sé. Me quedó dando vueltas.
Eso era más honesto.
Estoy acostumbrado murmuré.
Michael giró apenas el cuerpo hacia mí.
No deberías— esclamo
No supe qué decir a eso.
Lo miré de reojo. Ya no estaba sonriendo. Tampoco parecía seguro. Parecía… expuesto.
No suelo meterme así admitió. Pero con vos fue distinto.
Sentí el impulso de cerrarme.
De hacer un chiste. De minimizarlo.
No lo hice.
¿Distinto cómo?
Exhaló despacio.
Como si si me iba… me iba a quedar pensando en lo que no hice.
No era una declaración de amor.
Era algo más pequeño. Más real.
Y por eso pesaba más.
Se acercó apenas.
No lo suficiente para tocarme, pero lo suficiente para que la distancia dejara de ser cómoda.
No quiero incomodarte agregó. Si querés me voy.
Ahí estaba la salida.
Y aun así negué con la cabeza.
Quedate un rato.
Michael dudó un segundo. Después apoyó la cabeza en mi hombro con cuidado, como si probara si lo iba a apartar.
No lo hice.
Se quedó quieto.
Respirando.
Yo miré al frente, sintiendo algo que no sabía nombrar.
No era felicidad.
No era alivio.
Era la sensación peligrosa de empezar a necesitar algo que todavía no tenía.
Y eso me asustó más que la soledad.