Nunca pensé que tenerlo tan cerca pudiera sentirse tan frágil.
Michael apoyado en mi hombro parecía tranquilo, pero su cuerpo estaba tenso. Cada respiración suya chocaba contra mi clavícula como si estuviera conteniendo algo.
No hablábamos.
Y el silencio no era incómodo. Era… cuidadoso.
Su cabeza seguía inclinada hacia mí, pero había algo en él que no terminaba de soltarse. Como si quedarse también le costara.
¿Querés agua? pregunté, solo para aflojar el aire.
No… —murmuró. Solo dejame así un rato.
Ese “así” no era claro.
Podía ser calma.
Podía ser miedo.
Respiré hondo.
Hoy casi no me miraste dije. No era reproche. Era algo que había notado.
Se incorporó apenas.
No fue por vos respondió. Fue por mí.
Eso me hizo tensarme más.
Cuando me mirás demasiado continuó— siento que… no sé. Que ves cosas que preferiría que no vieras.
¿Como qué?
Sonrió apenas, pero no parecía convencido.
Lo que no está tan bien armado.
No sonaba dramático. Sonaba honesto.
Se apartó despacio y se puso de pie. Caminó un par de pasos por la habitación, como si necesitara moverse para ordenar lo que sentía.
No estoy acostumbrado a esto dijo. A quedarme.
A que alguien no espere algo de mí.
Yo no estoy esperando nada respondí.
Él se quedó quieto.
Ese es el problema murmuró. No sé qué hacer cuando no me exigen ser algo.
Me miró entonces. Directo.
Y por primera vez desde que llegó, no estaba sonriendo.
Vine porque pensé que me estabas alejando admitió. Y no me gustó cómo se sintió.
Eso me sorprendió.
No me estoy yendo a ningún lado dije.
Michael bajó la mirada.
Yo sí suelo hacerlo.
No lo dijo como amenaza. Lo dijo como advertencia.
Se acercó otra vez, pero no volvió a apoyarse en mí.
¿Puedo quedarme? preguntó.
La pregunta era simple.
Lo que había detrás no.
Sí —respondí.
Se acostó en la cama dándome la espalda. No me tocó. Pero tampoco dejó demasiada distancia.
Apagué la luz.
En la oscuridad, su respiración no era estable. Como si estuviera pensando demasiado.
Alec… dijo después de un rato.
¿Qué?
Gracias por no hacer que esto sea más difícil.
No supe qué contestar.
Porque la verdad era que sí era difícil.
Y apenas estábamos empezando.
Me quedé ahí, mirando el techo, entendiendo algo que no quería admitir:
Si esto seguía creciendo, iba a doler.
Pero aun así, no quería que terminara.