El silencio después de que Michael se fue se sintió como una habitación recién desocupada:
los olores todavía están, pero la presencia ya no.
Me quedé sentado en la cama mirando la puerta cerrada.
Una parte de mí quería salir detrás de él, detenerlo, decirle que dejara de huir.
La otra —la que ya aprendió a golpes— sabía que mientras más lo persigo, más se aleja.
Respiré hondo y me levanté.
El día avanzó lento, arrastrando horas que repetían el mismo pensamiento:
¿Qué estará haciendo ahora?
Intenté distraerme en la cocina. El ruido del agua, los platos, cualquier cosa que hiciera menos ruido que mi cabeza.
Mi teléfono vibró.
Esperé ver su nombre.
No era él.
Era mi hermana.
“¿Cómo amaneciste? ¿Te quedás a cenar?”
Respondí rápido.
“Después te aviso.”
Mentir normalidad se me estaba volviendo costumbre.
Pasaron dos horas.
Nada.
Ni un “llegué”.
Ni un “te escribo después”.
El silencio selectivo de Michael siempre tiene intención.
Abrí Instagram. No por curiosidad. Por ansiedad.
Ahí estaba.
Una historia subida por uno de sus amigos.
Una mesa, cerveza, risas.
Lo reconocí enseguida.
Michael estaba riendo. Esa risa suya que usa cuando quiere olvidarse del resto del mundo.
Hasta ahí, nada extraño.
Hasta que lo vi.
A su lado, demasiado cerca, un chico que no conocía.
Michael tenía el brazo apoyado detrás de él. No lo tocaba… pero lo delimitaba. Como si marcara territorio.
Mi pecho se tensó.
No había beso.
No había nada explícito.
Pero yo conozco ese lenguaje corporal.
Lo he visto antes.
Lo he sufrido antes.
Guardé el teléfono.
No iba a escribirle.
No esta vez.
Me acosté, cerré los ojos, pero no dormí.
La ansiedad no descansa cuando uno quiere.
Una hora después, el teléfono vibró.
Michael.
“¿Estás despierto?”
No respondí enseguida.
“Sí.”
Segundos después:
“¿Puedo ir?”
Estuve a punto de decir que no.
Porque ya empezaba a entender algo que no quería aceptar:
él viene cuando el ruido afuera se apaga y necesita un lugar seguro donde caer.
Y yo siempre soy ese lugar.
Pero todavía era yo.
Todavía quería creer que esto no era unilateral.
“Vení.” respondi
Veinte minutos después sonó el timbre.
Abrí la puerta.
Michael estaba ahí.
Ojos ligeramente rojos no de llorar, de haber reído demasiado.
Cansancio mezclado con algo más… culpa, quizá.
Y un perfume que no era del todo suyo.
Entró sin esperar invitación.
Hola,murmuró.
Hola,respondí sin ganas
Me miró como si supiera que algo estaba por romperse.
¿Te divertiste? pregunté.
Cerró los ojos un segundo.
No empieces. Dijo
Solo pregunté. conteste
Nos reímos. Eso es todo.
Y se quedó en silencio.
Vi una foto dije,
porque esta vez no iba a fingir que no vi nada.
Michael abrió los ojos despacio.
¿Qué foto?
Vos con un chico al lado.
Tensó la mandíbula.
No pasó nada.
No dije que haya pasado respondí. Pero sé cómo mirás cuando querés sentirte elegido.
Eso lo descolocó.
No tengo interés en nadie dijo. Estoy acá, ¿no?
Lo miré fijo.
Sí. Respondí
Pero no siempre estás por las razones correctas.
Se acercó un paso.
Su respiración rozó la mía.
Estoy acá porque te extraño susurró. Porque no sé estar bien sin vos.
Y ahí estaba el problema.
No era amor lo que lo traía de vuelta.
Era necesidad.
Michael… empecé.
Apoyó su frente contra la mía, repitiendo el gesto de esa mañana.
No me saques de tu vida.
No dijo “voy a cambiar”.
No dijo “lo siento”.
No dijo “te elijo”.
Solo pidió no perder el lugar.
Y por primera vez, algo en mí no respondió de inmediato.
Porque entendí algo que ya no podía seguir ignorando:
Él no quiere perderme.
Pero tampoco quiere renunciar a la versión de sí mismo que me hiere.
Y esta vez…
no estoy seguro de poder sostener ambas cosas.