Aun Asi Te Recuerdo Suave

CAPÍTULO_09 ALEC

No respondí el mensaje de Michael.
Lo leí varias veces, sí.
Pero mis manos no se movieron.
“Estoy acá. No voy a presionarte. Pero no me rendí.”
Me dolió más de lo que debería.
Porque yo también estaba acá.
Porque yo tampoco sabía cómo rendirme sin romperme.
La distancia era justa.
Era necesaria.
Era lo único que podía hacer para no perderme dentro de él.
Y aun así, dolía como aprender a respirar con un pulmón menos.
Pasé el día caminando, como si mover el cuerpo pudiera ordenar la cabeza. No funcionó. Pensaba en él todo el tiempo.
En cómo me miraba cuando estaba en calma.
En cómo se volvía otro cuando algo interno hacía clic.
En cómo yo seguía amándolo incluso cuando me estaba desgastando.
Cuando salí del edificio esa tarde, sentí un nudo extraño. Miré alrededor sin saber qué buscaba. No vi nada. Tal vez era costumbre. Tal vez era miedo.
La ciudad seguía igual: autos, gente, ruido.
Nada se detenía porque yo estuviera aprendiendo a soltar.
Eso me tranquilizó un poco.
Pero no lo suficiente.
¿Y si estás exagerando? me pregunté. ¿Y si ahora sí cambia?
La respuesta llegó sola.
Nunca cambió cuando más lo necesité.
Nunca cambió cuando me estaba lastimando.
¿Por qué sería distinto ahora?
La duda me atravesó igual.
Esa noche, ya en la cama, volví a ver su mensaje. No lo abrí de nuevo. Solo lo miré.
Lo conocía demasiado.
Si respondía ahora, todo iba a volver a girar: la ternura, la culpa, el perdón, la promesa invisible de que esta vez sería distinto.
Y yo ya no quería vivir en esa rueda.
Necesitaba un respiro.
Necesitaba recordarme que valía más que migajas emocionales.
Cerré los ojos y recordé lo bueno: sus abrazos largos, la forma en que me tocaba la nuca cuando yo estaba mal, la manera en que intentaba disculparse después de sus tormentas.
Después llegaron los otros recuerdos.
Las mentiras pequeñas.
Las desapariciones.
La risa con otros mientras yo me rompía en silencio.
Los mensajes borrados.
Las noches en que lloré solo.
Y ahí lo dije en voz baja, sin dramatismo:
No puedo seguir así.
No era enojo.
Era cansancio.
Cansancio de esperar.
Cansancio de justificar.
Cansancio de achicarme para que él no sintiera tanto miedo.
La verdad me golpeó fuerte:
Yo lo amaba.
Y amarlo me estaba dejando vacío.
Antes de dormir hice algo que no esperaba de mí.
Escribí un mensaje.
Pero no lo envié.
“Michael, te quiero. Pero quiero estar bien. Y contigo no sé si puedo.”
Lo dejé en borradores.
Apagué el celular y me quedé mirando el techo, escuchando mi corazón desacelerar.
Sentí ganas de llorar.
Pero también sentí algo nuevo.
No era felicidad.
Era algo más pequeño.
Libertad.
Apenas un hilo de libertad.
Pero era mío.
Por primera vez en mucho tiempo, dormí sin esperar su mensaje.
Dormí sin esperar un perdón.
Dormí sin prepararme para la próxima herida.
Dormí… un poco más libre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.