Aun Asi Te Recuerdo Suave

CAPÍTULO_10 BAJO LA TORMENTA

Al día siguiente decidí reunirme con mi mejor amiga y con mi hermana.
Quería intentar volver a mí. Volver a brillar sin que Michael estuviera en el centro de todo.
Nos encontramos en un bar distinto a los que suelo ir. El ambiente era nuevo, más ruidoso, más ligero. Esa noche tomé de más. Me reí. Hablé de cosas que no tenían nada que ver con él.
Y por unas horas, mi mente dejó de repetir su nombre.
Cuando salí, la lluvia empezó sin aviso. Caminé un par de cuadras antes de darme cuenta de que no tenía rumbo. El agua caía fuerte, y con ella volvieron los recuerdos.
No eran gritos ni discusiones.
Era esa mezcla absurda de alivio y dolor que me había dejado nuestra última conversación.
No sabía si había tomado la decisión correcta.
Solo sabía que era la única que podía tomar.
Y eso tenía que bastar.
Me detuve bajo el toldo de un comercio cerrado. La calle brillaba bajo la tormenta recién empezada. Todo parecía más limpio. Más honesto.
Saqué el celular para pedir un taxi, pero me temblaban un poco las manos. No sabía si era el frío o el cansancio acumulado.
Suspiré hondo. Cerré los ojos.
No quería pensar en Michael.
Pero cada intento de distraerme me llevaba de vuelta a él.
A sus silencios.
A sus contradicciones.
A esa forma de mirarme como si quisiera memorizarme… y huir al mismo tiempo.
Abrí los ojos.
Y seguí caminando.
Michael también caminaba esa noche, aunque no sabía hacia dónde. Había salido de su departamento sin pensarlo demasiado, como si quedarse quieto hiciera el aire más pesado, más difícil de respirar.
Sabía que dejarlo ir era lo correcto.
Pero lo correcto también duele.
Se detuvo bajo la lluvia y se apoyó contra una pared. Estaba empapado. Tenía las manos frías y la cabeza llena de pensamientos que no se ordenaban.
No quería escribirle.
No quería romper lo que Alec necesitaba: distancia, tiempo, espacio.
Pero eso no apagaba el miedo de perderlo para siempre.
Si vuelvo a buscarlo, lo hundo conmigo —murmuró. Pero si lo dejo ir… lo pierdo.
No había victoria posible.
Solo distintas formas de aceptar el dolor.
Llegué a mi departamento empapado. Apenas cerré la puerta, el silencio me golpeó con más fuerza que la lluvia.
Me dejé caer en la cama, todavía con la ropa mojada.
Ya no había una discusión pendiente.
No había un límite que marcar.
Había vacío.
Y el vacío pesa más cuando deja de ser ruido.
El celular vibró.
Un mensaje.
No era Michael.
Era Sam.
«¿Llegaste bien? Hoy te noté raro. Si necesitas hablar, avisá.»
Respiré hondo. Agradecía la preocupación. De verdad.
Pero no tenía fuerzas para explicar lo que ni siquiera yo entendía del todo.
Respondí:
«Sí. Gracias.»
Nada más.
Dejé el celular a un lado y me cubrí el rostro con las manos. Las lágrimas llegaron sin drama, sin rabia. Solo cansancio.
No sabía si lloraba por lo que había perdido…
o por lo que nunca llegamos a ser.
Esa misma noche, Michael volvió a su departamento exhausto. Entró sin encender las luces. El silencio lo recibió igual que a mí.
Tomó el celular.
Abrió nuestra conversación.
Escribió algo.
Lo borró.
Escribió otra cosa.
También la borró.
Tenía mil cosas que decir.
Y ninguna que no doliera.
Dejó el teléfono boca abajo y apoyó la frente contra la mesa.
Ojalá pudiera arreglarte la vida sin romper la mía susurró.
Y entendió algo que hasta ahora había evitado:
A veces amar también es soltar.
La tormenta siguió toda la madrugada.
Sin saberlo, los dos estábamos atravesando lo mismo:
Un duelo por algo que nunca terminó de construirse, pero que igual dolía como si hubiera sido eterno.
La distancia ya no era castigo.
Era el único espacio donde cada uno podía aprender a sostenerse sin el otro.
Y lo que viniera después…
ya no dependería del miedo.




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