Aun Asi Te Recuerdo Suave

CAPÍTULO_11 LO QUE QUEDA EN PIE

Los días posteriores a la tormenta no trajeron respuestas, pero sí una calma pesada que obligó a Alec a convivir con el silencio. No era una paz luminosa ni reparadora; era esa quietud incómoda que llega después de tomar una decisión que duele.
Aun así, empezó a recuperar pequeñas rutinas.
Dormir un poco mejor.
Comer sin sentir un nudo constante en la garganta.
Reírse sin culpa cuando algo realmente era gracioso.
Cosas mínimas.
Pero reales.
Una tarde, mientras ordenaba su escritorio, encontró la tarjeta que Michael le había dado semanas atrás. La había guardado sin intención de usarla. Verla le provocó un movimiento involuntario: un latido más fuerte, un recuerdo que todavía quemaba.
No la tiró.
Tampoco la guardó.
La dejó en el borde de la mesa, como si aceptar que aún le importaba fuera más honesto que fingir indiferencia.
Michael también había cambiado su rutina. Llegaba más tarde al trabajo, comía en cualquier lado, caminaba durante horas. Cualquier cosa con tal de no quedarse a solas con su cabeza.
No quería admitir que la distancia lo estaba afectando más de lo que imaginó.
Pero estaba entendiendo algo que le había costado meses aceptar: si de verdad quería a Alec, no podía seguir arrastrándolo al caos que él mismo no sabía controlar.
Una mañana, Sam lo cruzó en la entrada del edificio. La tensión fue inmediata.
Seguís desapareciendo mucho, ¿no? dijo Sam, sin hostilidad, pero sin suavizarlo.
Michael sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.
Estoy… acomodándome.
Era la primera vez que lo decía en voz alta. Y sonó diferente. Más sincero.
Sam lo observó, evaluándolo.
Si algún día vas a volver a hablar con él —dijo finalmente—, hacelo desde un lugar claro. No quiero volver a verlo llorar por vos.
Michael no respondió.
Si volvés igual que antes y lo lastimás otra vez, esta vez no va a tener arreglo. Y si no sabés lo que querés, no lo busques. Dejalo ser feliz.
Las palabras no fueron agresivas.
Fueron definitivas.
Michael tragó saliva.
Lo sé.
Y por primera vez no intentó justificarse.
El cambio más silencioso estaba ocurriendo en Alec.
Una noche, mientras revisaba unas notas, se dio cuenta de que había pensado en Michael sin sentir ese peso que lo aplastaba el pecho.
No sin nostalgia.
No sin una ternura amarga.
Pero sin hundirse.
Eso lo sorprendió.
Tal vez el tiempo sí hacía algo.
Tal vez la distancia no era abandono, sino espacio para entender.
Pero al día siguiente, todo volvió a moverse.
A media tarde, su celular vibró.
Un mensaje.
No era Michael.
No era Sam.
Era un número desconocido.
«Alec, soy Lucas. Necesito hablar con vos. Es sobre Michael.»
El estómago se le hundió.
Lucas.
El amigo que siempre estaba cerca de él. El que sabía más de lo que decía.
Las preguntas llegaron en avalancha.
¿Está bien?
¿Hizo algo?
¿Le pasó algo?
El impulso fue responder de inmediato.
Pero se detuvo.
No quería volver a un ciclo de urgencias ajenas. No quería ser arrastrado sin entender por qué.
Respiró hondo y escribió:
«¿Qué pasó?»
La respuesta llegó casi al instante.
«No puedo explicarlo por mensaje. ¿Podemos vernos mañana? Es importante. Y sé que él no te lo va a decir.»
Un escalofrío le recorrió la espalda.
No sabía si quería abrir esa puerta.
Pero ignorarla tampoco era una opción.
Esa noche, mientras Alex intentaba dormir, Michael caminaba por la ciudad sin saber que algo se estaba moviendo fuera de su control.
Las decisiones seguían en pie.
Pero el pasado las omisiones, los silencios, lo no dicho empezaba a buscar salida.
Y el encuentro que venía no sería casual.
Sería inevitable.




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