Aun Asi Te Recuerdo Suave

CAPÍTULO_13 SIN PROMESAS

El sonido más terrible del mundo no es un golpe, ni un grito, ni una puerta que se cierra.
Es el silencio después de perder el control.
Estaba sentado en el borde de la cama, con las manos todavía temblando, cuando escuché pasos en el pasillo. No eran los de mi mamá. Tampoco los de Lucas. Eran más lentos. Más medidos. Casi… familiares.
No puede ser él.
Lo pensé como un reflejo desesperado.
Si era él, significaba dos cosas: que Lucas había desobedecido… y que Alec iba a verme en mi peor versión.
Y eso yo no sabía si podía soportarlo.
La puerta se abrió apenas, lo suficiente para que entrara una línea fina de luz. Levanté la mirada.
Alec.
Estaba parado como si el aire le pesara, con esa mezcla de dolor y firmeza que le conozco demasiado bien. No dijo “hola”. No preguntó cómo estaba. Hizo algo peor:
Me miró como si todavía le importara.
Michael… dijo, casi en un susurro.
Algo en mí se partió en dos.
No tendrías que estar acá murmuré demasiado rápido.
Alec cerró la puerta con suavidad. No avanzó de inmediato. No invadió el espacio. Se quedó donde sabía que yo podía tolerarlo.

Que haces acá pregunté, no necesito lastima ni ayuda
Lucas pensó que sí respondió.
La mención de su nombre me tensó la garganta. Pero esta vez no era enojo. Era vergüenza.
Estoy bien mentí. Como se miente por costumbre. Como se miente para no quedar expuesto.
Alex no levantó la voz.
No estás bien.
No fue acusación. Fue certeza.
Apreté los puños. Por un segundo quise odiarlo. Odié que pudiera verme incluso cuando yo quería desaparecer.
¿Y a vos qué te importa? solté. Sin filo. Solo cansancio.
Alec respiró hondo. Dio un paso más cerca, pero dejó un metro entre nosotros. Un límite claro. El mismo que había marcado días atrás.
Me importa porque te conozco dijo. Y aunque no estemos juntos, aunque no queramos lo mismo… no puedo hacer como si no estuviera pasando nada.
Eso me atravesó.
No había promesas escondidas en su voz. No había un “vamos a volver”. No había esperanza manipulada.
Solo verdad.
Me incliné hacia adelante, con los codos sobre las rodillas.
No podés arreglarme, Alec murmuré.
Él sostuvo mi mirada.
No vengo a arreglarte. Vengo a asegurarme de que no te destruyas.
Sentí que el aire se me iba del pecho.
Ese ya no era el Alec que intentaba salvarme.
Era alguien que había aprendido a quedarse sin sacrificarse.
No quiero que me veas así admití.
Lo sé —respondió. Pero eso no cambia que esté acá.
Me pasé la mano por la cara, odiando que el temblor siguiera ahí.
Fue como si me apagara confesé. De golpe. Y después solo quedó ruido. No pude frenarlo. No pude.
Alec no se apresuró a responder. Se sentó en el piso, apoyando la espalda contra la pared, frente a mí. No buscó tocarme.
No voy a cruzar ninguna línea dijo con calma. Pero tampoco voy a dejarte solo ahora.
Esa frase no me salvó.
Pero evitó que me hundiera más.
El temblor empezó a ceder lentamente.
¿Te vas a quedar aunque no hable? pregunté.
Sí. El silencio también es compañía.
Por primera vez en días, no sentí que el cuarto se cerrara sobre mí.
Alec no estaba intentando reconstruirme. No estaba apropiándose de mi dolor. No estaba usando mi fragilidad como puente.
Estaba ahí.
Y eso era distinto.
Levanté la mirada.
Seguía sentado, quieto, atento. No a lo que yo pudiera explicar. Sino a mí.
Gracias… por venir logré decir.
Alec asintió.
Estoy acá. Nada más.
Y en ese “nada más” no había promesa, ni presión, ni deuda.
Había algo más difícil.
Había verdad.




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