Una vez más Alice..... callo lo que sentía y la noche empezaba a caer como un velo sobre la ciudad, pero el
cansancio en el cuerpo de Alice no se aliviaba con la oscuridad. Sentía la necesidad constante de ocupar su mente con cualquier cosa que le permitiera escapar de su propia cabeza, pero eso, en lugar de calmarla, le causaba aún más ansiedad. Sus uñas ya no tenían lugar para ser mordidas —las había destrozado por completo—, y sus pies y manos no podían estar quietos: necesitaban moverse, hacer algo, aunque fuera solo temblar.
Estaba sentada frente a su mesa de noche, recostada sobre la silla como si su cuerpo hubiese perdido el alma. Pesada, agotada, vacía. Se repetía una y otra vez en silencio:
—Okay, vamos… vamos a levantarnos.
Pero nada sucedía. Su cuerpo no respondía. Y como si fuera poco, sus pensamientos comenzaban a atacarla en ese momento de debilidad, sin darle tregua: "Pude haber hecho esto mejor", "Debí haber dicho otra cosa", "¿Por qué siempre arruino todo?".
Se sentía incapaz, frustrada, atrapada en una espiral que le quitaba el aliento.
Su mirada se mantenía fija en un solo punto, no porque algo captara su atención, sino porque había quedado atrapada en sus tormentos. La tristeza seguía ahí, pesada e insistente. Cómo podía sentirse bien si su propia mente no le daba descanso.
Y sí, ella intentaba muchas cosas: música, distracciones, hasta leer de vez en cuando. Pero todo eran momentos pasajeros. Chispazos de tranquilidad en un océano revuelto. La felicidad era como una estrella lejana: la veía, pero no podía tocarla.
Con el poco ánimo que aún conservaba, se arrastró hasta su cama. Otra vez sin comer. Otra vez sin hambre. Otra vez el estómago lleno de ansiedad y no de alimento. Y cuando comía de más, solo era un intento desesperado por calmar esa ansiedad.
Se hundió en la almohada, deseando que esta vez el sueño la abrazara. Solo una noche. Solo un poco de paz.
Pero como muchas otras veces, los minutos se volvieron horas. Dio vueltas. Se acomodó de lado, de espaldas, boca abajo, de nuevo de lado. Nada. Sus ojos se cerraban y volvían a abrirse sin sentido alguno. La madrugada la encontró despierta, frustrada… rota.
Y fue entonces cuando las lágrimas comenzaron a brotar sin permiso. Lloraba por no poder dormir, por no poder descansar, por sentirse tan cansada y a la vez tan despierta.
¿Era justo vivir así? ¿Por qué su cuerpo gritaba por descanso pero su mente no la dejaba en paz?.
Y sí, sabía que existían pastillas para dormir, pero no quería depender de ellas. No quería crear una nueva lucha dentro de la que ya estaba librando.
No sabía qué hacer.
Solo sabía que no estaba bien. Y que dolía.
---
Alice cerró los ojos con fuerza, deseando que todo desapareciera, aunque fuera solo por un instante. Y mientras abrazaba la almohada con la esperanza de encontrar algo de paz, se dijo en voz baja, casi como un susurro:
—Tal vez mañana sea diferente… solo tal vez.
Pero no sabía que ese “mañana” aún estaría lejos por llegar.
"Eres SUFICIENTE. Aquí, ahora y siempre. Incluso cuando
no te sientas así."
Y recuerda que por más difícil que sea todo, para Dios no
hay nada imposible.