Aunque ya no estés

Corazón transparente

Zara

- ¿Condición? ¿Qué tramas, Otis O’Brien?

El chico se está divirtiendo, lo sé. Sabe que me gusta mucho el chisme y por eso me hace esto.  También sabe como ponerme nerviosa, y lo está logrando justo ahora. Me rodea por completo con su cuerpo sin dejarme escapar. Sus ojos están fijados en los míos. Su sonrisa no se va y eso me jode más. Trato de no perder el control y le sigo el juego.

- Si tú aceptas vivir conmigo de vuelta… – juega con mi cabello – Te digo lo que escondo…

¿Qué? ¿Éste se cree que nací ayer o qué? Por supuesto que no iba a caer, aunque me muero por saber.

- Ya te dije que no. Te puedes guardar tu secreto – hago comillas con mis dedos cuando pronuncio la última palabra.

Me reta con la mirada. Está jugando conmigo, me está manipulando. Jodido boxeador y sus brazos fuertes que no paran de llamar mi atención, al igual que sus venas marcadas. Saco mis ojos de ellos para luego encontrarme con un pelinegro riéndose de mi abiertamente.

- Te dejo tocarlos si aceptas que tengamos una cita.

- Dios mío… – miro al piso.

- Sé que quieres, vamos pimpollo, acepta – una de sus manos viaja hasta el mentón obligándome a que lo mire.

- Bien – sonríe – Pero yo también pondré condiciones.

Oh si, nene. Su sonrisa desapareció. Arruga el ceño en su lugar.

- ¿Condiciones? Es decir, ¿serán muchas? – asiento – Joder… Bien, hazlas.

- Primera: no podrás tocarme en toda la noche – su boca se transforma en una “O” – Segundo: pagaré yo, y por último…

- Que complicada…

- No me besarás – quería replicar, pero le tapé la boca con la mano – … hasta que yo diga.

- ¿Y piensas decirlo en algún momento?

- No sé – me encojo de hombros – Tal vez.

 

Mi hermana había salido con Cameron así que yo tenía la noche libre. Al cenar con un hombre casado estoy siendo una mala mujer, pero en mi defensa, yo no lo invité, y si su futura mujer no le importa… ¿Por qué a mi si me debe de importar? Me miro al espejo y no creo lo que veo. Por fin, después de tantas semanas sin ganas de hacer nada me levanto de aquella cama para divertirme un poco, olvidarme de lo que me tiene tan triste. Su perdida no la superaré jamás, pero no puedo vivir con este dolor constante. Me estoy recuperando, gracias a mi psicóloga y a Otis, que no me ha dejado en ningún momento. También Cam y Olivia, que desde que se enteraron no han parado de venir a visitarme y consolarme. Agradezco no estar pasando por esto sola. Respecto a Zaira, ella sigue igual, pero su enfermedad está siendo controlada y me alegra eso, sigue con sus comportamientos violentos, pero no son tan seguidos ni tan severos. Para esta noche, decidí colocarme uno de los vestidos que me gusta tanto: completamente color venido, adherido a mi figura, escote en “V”. Lo combiné con un lindo tapado negro y tacones del mismo color. Convertí mi pelo lacio en un cabello con ondas. El timbre suena y antes de abrir, me despido de Chubby. Verifico que tenga comida y agua. A continuación, abro. Me encuentro con un hombre de traje rojo, camisa blanca, corbata negra, sus pantalones del mismo color del traje y lo acompaña con un peinado muy prolijo. Su cuerpo encajaba perfectamente en él y eso lo hacía aún más perfecto.

Trago grueso.

- Señorita Hyland, en mi imaginación usted se veía hermosa, pero en la realidad, está fascinante.

Siento calor en mis mejillas, espero no haberme sonrojado por eso.

- Señor O’Brien, su exquisito traje hace que se me suba la azúcar.

Se ríe. Lo sé, no soy buena para hacer cumplidos, pero al menos lo intento. La intención es lo que cuenta.

- ¿Nos vamos?

- Dije que sin tocar – le recuerdo mientras lo dejo con la mano en el aire.

- No sabía que era de esta manera.

Lo miro confundida.

- ¿De cuál entonces? – sonríe mientras niega con la cabeza y yo ruedo los ojos – Vámonos que tengo hambre.

El camino fue tranquilo, solo hablamos de trabajo, alguna que otra conversación pícara, también comentábamos sobre su recuperación, al parecer la herida ya era casi invisible, pero la cicatriz estaba. Cuando llegamos a Scalini Fedeli, – cuyo restaurante jamás vine – me quedé encantada con lo sofisticado que era todo por dentro. Nos indicaron cual era nuestra mesa y en esa nos ubicamos. Ramos de rosas decoran la mesa, al igual que varias velas.

- Que precioso es todo – comento observando cada rincón y a las personas que llenaban el restaurante.

- Lo sé, siempre elijo los mejores sitios – me guiña el ojo – ¿Pido por ti?

- Si eres tan amable…

Luego de que ya hayamos encargado nuestra cena, siento la presión de preguntarle que era lo que me quería decir.

- Entonces…

- Realmente eres muy chismosa. La reina del chisme.

- Oye – le doy un suave golpe en su brazo. Ambos nos reímos.

- Bien, me convenciste, la reina gana – alza las manos en forma de rendición – ¿Me juras que no me interrumpirás hasta que finalice del todo?

- Lo juro… Pero ya deja de asustarme y habla.

Suspira y comienza a repiquetear los dedos sobre la mesa.

- Primero debes de saber que nunca estuve comprometido ni muchos menos tenía novia…

¿Qué?

- Rebecca y yo en el pasado si fuimos pareja, pero lo dejamos cuando ella me engañó y amenazó con lastimar gravemente a mi hermana si terminaba con ella – nos dejan la comida y es obligado a hacer una pausa – Le dejé en claro que jamás la volvería a ver y que si llegaba a enterarme que le hizo algo a Lizy, no dudaría en acudir a la policía. Ella no hizo nada, pero el temor estuvo constantemente conmigo. De repente, un día me llamaba para pedirme que la perdone y que se arrepentía de lo que había sucedido. ¿La perdoné? Algo así, pero fue solamente para que no me molestara… Adivina ¿qué? – anonadada iba a responderle – No hables. Volvió y con algo peor. Yo no sabía nada de lo que ella tramaba, hasta ese día que me suplicó que la ayudara con la mentira y…




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