Aunque ya no estés

Vista al frente

Otis

- ¡Más fuerte, Otis! ¡Eso es campeón! ¡Tú puedes!

- ¡Mira papá! ¡Lo hice, lo hice! – el niño corre hacia él muy feliz por lo que logró hacer.

- Ese es mi hijo – su padre lo levanta y le besa la frente – Estoy tan orgulloso de ti.

- Papi, ¿crees que algún día seré un buen boxeador como lo eres tú?

El padre lo mira por unos largos segundos mientras le sonríe.

- Serás el mejor, mucho más que yo y que cualquier otro. Pero recuerda algo Otis, nada se cumple si tú…

- Si tú no te lo propones – completa el pelinegro.

- Muy bien, es hora de comer. Hay que ver que hizo mami de rico y agradecerle como siempre – deja al niño en el suelo y toma su mano para salir del gimnasio.

- Mmm, mami, que rico todo – la abraza por detrás y esta enseguida lo abraza.

- Buen provecho, niños.

Los días pasaron y todo estaba normal. La familia unida, viajando, yendo a competencia de patinaje, de boxeo infantil. El amor revoloteaba por los aires, está demás decir que era plena primavera, esos corazones estaban locos por buscar a su amor.

Un día, después de la escuela a Otis nadie lo vino a buscar. El que siempre iba era Mason, su padre. A las maestras le llamó la atención y se quedaron un rato con él, hasta que se dieron cuenta que nadie vendría. Llamaron al teléfono de su casa, nadie atendió, al de su madre, tampoco hubo respuestas y por último al de su padre. Nunca nadie contestó. Cuando anocheció, las adultas decidieron que mejor iba a ser ir con la policía, pero en ese momento, una mujer con cabello oscuro, altura promedio y con la cara completamente roja llega por él.

- ¡Mamá! ¿Por qué te demoraste?

La cara de la señora estaba toda roja y morada. La mujer tomó a la fuerza al niño y lo arrastró hacia su auto. El pequeño estaba muy asustado, no comprendía nada. Vio a su hermana en el mismo estado que él en la parte trasera de aquel auto viejo.

- Mami… ¿Qué sucede? – pregunta Lizzy temerosa.

- Nos vamos, así que pónganse los cinturones.

- ¿A dónde?

- Bien lejos. Donde nadie nos conozca.

- ¿Y papi? – preguntó el chico.

La mujer cierra los ojos y apoya su cabeza contra el volante, mientras derrama lágrimas. ¿Cómo les explica a sus hijos que su padre nunca fue lo que realmente aparentó ser? ¿Cómo trata un tema tan delicado como es la violencia domestica con niños de nueve años?

- Él… no vendrá. – apretó el acelerador y cumplió lo que dijo.

 

Zara y yo le dimos la noticia de que estamos juntos a mi madre, a Lizy y a Zaira. Todas estaban muy contentas por ello, nos dieron sus bendiciones y después de eso, tuvimos una bonita cena en familia, porque eso es lo que somos: una familia. Por el día paseamos por el bosque en busca de ramas y de alguna que otra piña. A mi madre le encanta decorar todo con cosas naturales, según ella eso es ser mas realistas que colocar en un florero hermoso, unas flores de plástico, arruinaría el bonito jarrón. También le enseñé a Zara mi colección de discos de bandas de rock que solía comprar de niño cuando mi padre me llevaba a la disquería de su amigo.

- ¿Por qué no duermes, Otis? – susurra desde mi pecho la rubia.

- Porque estoy pensando. – digo con la vista clavada en el techo mientras acaricio su espalda.

- ¿En qué? Me gustaría saber.

- En papá.

- Nunca me has dicho nada sobre él…

- No hay mucho que decir para ser sinceros.

Era la verdad, si por lo menos tuviera la idea de que pasó con él, ella ya lo sabría. Es mi madre quien lo sabe. Cada vez que mi hermana y yo le preguntábamos sobre él, automáticamente cambiaba de tema y nos pedía que no habláramos mas sobre eso. Siempre quise saber la verdad, es necesario para mi enterarme de donde está o si sigue vivo o muerto… Él fue el mejor hombre que conocí, él que me enseñó todo lo que sé, desde modales hasta de boxeo. Mi gran padre, Mason O’Brien, uno de los mejores boxeadores de todo Estados Unidos, de un día para el otro desapareció. Cuando cumplí diecies años decidí intentar buscarlo, pero en la web solo me aparecía datos que yo sabía y no era nada actualizado. Busqué sobre si había fallecido, pero tampoco había mucho. Por lo que en ese entonces comprendí, dejó su carrera como luchador y se escondió debajo de una roca.

- ¿Puedo saber por qué él no está aquí presente?

Chismosa… Mi chismosa.

- No lo sé, jamás lo supe. Mi mamá se encargó de nunca decirnos nada.

Observo como arruga su ceño y sus caricias en mi pecho frenan de la nada.

- Quizás tenga una razón…

¿Qué? Espero haber escuchado mal.

- ¿Razón de ocultar una mentira tan grande? – niego con el cabeza impresionado por lo que salió de su boca.

- Solo digo que tuvo sus motivos. Tal vez la verdad es dura y no se los dice por protegerlos – se encoge de hombros y vuelve a mover su mano en círculos.

- Puedo tolerar que no nos lo haya contado cuando éramos unos niños. Pero ahora entendemos todo a la perfección, no hay motivo justificable para no decirnos que pasó ese día.

- Dale tiempo…

- ¿Tiempo? Joder Zara. Pasaron catorce años, ¿cuánto más necesita? – frustrado me levanto.

- Otis, ven… Discúlpame, solo traté de ponerme en lugar de los dos…

- Pues no debiste. – contesto brusco mientras busco mi pijama y abrigo para ir a tomar aire.

- No te vayas, regresa a la cama.

- Necesito despejarme, ahora regreso.

Sus brazos se envuelven las caderas mientras deja besos por mi espalda. Suspiro y me doy vuelta para mirarla, para observar su bello rostro con esas pecas que me vuelve loco, con esos ojos que me llevan directamente a un día tranquilo en el campo, su cabello sedoso y largo, su cuerpo magnifico con esas curvas infernales. Dios, no puedo creer que alguien como yo haya logrado estar con alguien como ella. Si esto era un sueño ojalá nunca despertar. La beso delicadamente disfrutando de cada segundo, de su tacto suabe, de su sabor. Su aroma a fresa que tanto me fascina se mezcla con el mío creando un olor muy agradable. Luego de un largo rato de disfrutar de su cercanía, el sueño nos domina por completo a ambos.




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