Dicen que el universo nació de una explosión, otros aseguran que fue moldeado por manos divinas.
Ambos relatos se acercan… pero ninguno cuenta la verdad completa. La expansión sí ocurrió, solo que de una manera diferente.
Cuando la expansión ocurrió, ya no habría vacío. Todo fue en un instante imposible, que hizo que la existencia se desplegará como un incendio de luz. Se crearon estrellas, el tiempo ya no era un reloj vacío, había comenzado su rumbo y por primera vez el cosmos respiro. Pero aquella expansión no creó al universo, creó algo dentro de él.
Cuando el polvo estelar se alineó en el corazón de la tormenta primordial, una conciencia despertó. No fue engendrada… se reunió energía convertida en voluntad, silencio transformado en propósito.
Así nació Astraeon.
El dios que no heredó el universo… lo entendió y al observarlo, comprendió que toda existencia necesitaba algo más que vida: necesitaba equilibrio.
El mundo tenía un propósito, un origen que sostener, un ciclo que respetar, una fuerza que impulsar y un eje que lo mantuviera todo unido.
Astraeon tomó ese conocimiento y lo dividió en cuatro pilares, en cuatro mundos que podrían forjar el equilibrio mismo.
El primero fue Thalassar.
Los mares se abrieron como venas luminosas y de ellos brotó la vida. Oxígeno, criaturas, corrientes que llevaban memoria y movimiento. Thalassar se convirtió en el pulso que mantenía viva a la creación y para gobernarlo, Astraeon moldeó a Tritón, rey de todo lo que tocara el agua, ríos, océanos, lagunas, guardián del origen mismo de la vida.
Después surgió Sylvaria.
La tierra respiró y de ella emergieron bosques antiguos. Con Sylvaria nacieron el día y la noche, las estaciones, el cambio eterno que impide que el mundo se estanque, allí floreció lo bello, lo inexplicable, lo artístico. El reino de las hadas y su soberano fue Arbos, nacido del polvo de galaxias, portador de la magia que enseñó a la naturaleza a renacer.
El tercer mundo fue Aurelion.
No fue creado para dominar… sino para sostener. Aurelion era el eje, el equilibrio absoluto que mantenía a los otros mundos en armonía. Astraeon confió su trono a Caelum, el más sensato, el de corazón firme, aquel dispuesto a cargar el peso del universo si era necesario.
Y durante siglos la creación respiró en calma, pero la vida, por sí sola, no era suficiente, eso lo sabía muy bien Astraeon, el mundo necesitaba alma, algo que lo hiciera sentir vivo.
Y fue cuando creo a Elyra.
El reino de las emociones, del vínculo, del amor que impulsa a existir. Allí habitaban la pasión, la tristeza, la obsesión, la fuerza invisible que conecta a todo lo vivo y su rey fue Eros, heredero de lo divino, guardián de los sentimientos que daban propósito a la creación y entonces…el universo encontró la paz.
Los cuatro reinos sostuvieron el equilibrio durante eras incontables, el cosmos respiraba sin esfuerzo, todo tenía lugar, todo tenía sentido.
Hasta que la oscuridad aprendió a moverse.
No llegó como tormenta, sino que llegó como enfermedad. Silenciosa, paciente e inteligente.
Morvhael el Dios de la oscuridad, el soberano de las sombras, se deslizó entre los límites del mundo, probando su resistencia. Donde tocaba, la magia se debilitaba, donde avanzaba, la vida retrocedía. Los reyes lucharon, pero sus súbditos cayeron, cada victoria exigía un precio… y ese precio era el poder mismo que sostenía la existencia.
Eros fue el primero en sangrar, su arco se quebró, sus ángeles desaparecieron. Tritón perdió su tridente y hasta el océano comenzó a rechazarlo.
Arbos vio cómo su reino se fracturaba; las estaciones se desordenaron, las estrellas temblaron y Caelum sintió el peso del colapso caer sobre sus hombros, nada parecía capaz de detener a Morvhael.
Entonces Astraeon habló por primera vez en décadas.
Con el último polvo de estrellas y la magia que aún quedaba en los cuatro mundos, propuso un acto desesperado: no crear armas… sino esperanza y de esa unión nacieron cuatro niñas.
Seraphyne, hija de Caelum, portadora del equilibrio.
Thalassa, heredera de la vida.
Sylorien, guardiana de la naturaleza.
Lyra, corazón del amor.
Ellas no eran guerreras, ellas eran continuidad, la promesa de que el mundo podría renacer, pero el pacto exigía silencio.
—Si Morvhael descubre su existencia —advirtió Astraeon— este universo dejará de ser.
El pacto fue susurrado al universo… y el universo respondió traicionándolos. Cuando Morvhael supo la verdad, Aurelion dejó de ser eterno. Desde entonces, todo lo que existía comenzó a desmoronarse en silencio.
🥀
El seis de febrero, el día en que en Aurelion comenzaba la primavera, esa estación brillante en la que las flores renacían más hermosas tras el invierno, nunca llegó.
Las hadas ya no estaban para cantarle a los árboles, ya no había nada, lo que quedaba de Sylvaria eran troncos destrozados y raíces muertas.
Algunas hadas habían sido sacrificadas; otras huyeron buscando cualquier refugio posible y Arbos ya no tenía cómo protegerlas.
La oscuridad los había alcanzado a todos.
Aurelion ya no tenía flores, no tenía vida, solo invierno… y oscuridad.
Caelum lo sabía, lo sentía en lo más profundo: la sombra estaba cada vez más cerca y eso solo significaba una cosa: Morvhael se aproximaba a sus hijas.
Días atrás lo había presentido, así que comenzó a buscar entre mundos, dimensiones y realidades algún lugar donde enviarlas. Después de buscar entre libros, encontró uno, no era el mejor el planeta 387 entre los menos seguros, pero tenía una ventaja crucial.
Morvhael jamás pensaría en buscar allí.
Por última vez, Caelum miró a través del gran ventanal de su castillo, el caos reinaba afuera y no dudó más.
Activó el llamado, un llamado que jamás se había usado, uno que durante siglos no había sido necesario, no era un anuncio ceremonial ni una convocatoria diplomática.
Era una señal de emergencia absoluta, porque Morvhael estaba cerca, demasiado cerca. Su mirada cayó sobre su hija, recostada en su cuna de oro, el peso de la culpa le oprimió el pecho.