Hay vidas que empiezan en el lugar equivocado
El desayuno en casa de los Harrow tenía sus propias reglas, y Annhia las conocía de memoria.
La señora Harrow ponía la cafetera antes de que sonara cualquier alarma, de modo que cuando uno bajaba las escaleras ya había olor a café mezclado con el de la madera vieja de la casa, ese olor específico que Annhia había aprendido a asociar con algo parecido a la seguridad. El señor Harrow leía el periódico en papel -papel de verdad, no la pantalla del teléfono- y lo doblaba en cuartos con una precisión que Annhia encontraba hipnótica. Y Emily llegaba siempre la última, con el pelo sin terminar de peinar y el uniforme un tanto torcido, se servía el café más cargado de la jarra y decía, invariablemente, alguna observación sobre el estado del mundo que hacía reír a su madre y poner los ojos en blanco a su padre.
Annhia llevaba ocho años desayunando en esa mesa. Ocho años contando desde los nueve, cuando la señora Harrow se había presentado en la puerta de la pequeña habitación del hogar de acogida donde Annhia llevaba tres semanas sin hablar con nadie, y le había dicho, con la misma naturalidad con que uno anuncia el menú del día: Hay una cama libre en nuestra casa, si quieres venir a verla.
Annhia había ido a verla. Se había quedado. Y nunca había encontrado las palabras exactas para explicar qué significaba eso, así que lo guardaba en el mismo lugar donde guardaba las otras cosas para las que no tenía palabras: un espacio interior que con los años se había vuelto considerablemente grande.
Lo que sí sabía -lo que era tan claro y tan constante como el olor a café por las mañanas- era que Emily lo había decidido antes que nadie.
✦ · ✦
Se habían conocido el primer día de primaria, no en el hogar de acogida sino en el colegio, que era territorio neutral y por lo tanto ligeramente menos aterrador. Annhia tenía seis años y llevaba un collar que no se quitaba nunca - una cadena fina con una piedra translúcida del tamaño de su uña, que a veces, si la luz le daba en cierto ángulo, parecía tener algo moviéndose dentro. Lo que nadie hubiera podido notar a simple vista, y que Annhia misma tardó años en descubrir, era que la piedra no era una sola: eran dos mitades perfectas encajadas con tanta precisión que la unión entre ellas era invisible, una línea tan fina que parecía simplemente la veta natural de la piedra. Juntas formaban algo completo. Separadas, cada mitad conservaba su forma, su color, su pequeño pulso interior. Como si siempre hubieran sabido que podían existir solas, aunque hubieran nacido para estar juntas. No sabía de dónde venía. Estaba en su muñeca cuando llegó al hogar de acogida, atada con un cordón que alguien había anudado con cuidado. Lo habían pasado a una cadena cuando creció lo suficiente.
Esa primera mañana, una niña de trenzas desprolijas y una mochila con un dinosaurio bordado se había sentado a su lado sin pedir permiso, había señalado el collar y había preguntado, con la franqueza absoluta que solo tienen los niños de seis años y los adultos que ya no tienen nada que perder:
-¿Qué tiene adentro?
-No sé -había dicho Annhia.
-¿Cambia de color?
-A veces.
-¿Cuándo?
Annhia había pensado en eso. Había tratado de recordar las veces que lo había visto cambiar - un pulso de color oscuro, casi negro, que duraba segundos y luego desaparecía - y no había podido encontrar un patrón claro, solo la sensación de que ocurría cuando algo no estaba bien, aunque algo no estaba bien era una categoría demasiado amplia para ser útil.
-No sé exactamente -había dicho.
La niña había considerado esto con absoluta seriedad.
-Me llamo Emily -había dicho finalmente-. Puedo sentarme aquí todos los días si quieres.
No era una pregunta. Era una propuesta de contrato. Annhia, que incluso a los seis años reconocía la diferencia, había asentido.
Emily se había sentado ahí todos los días desde entonces.
✦ · ✦
Ahora tenían diecisiete años y el collar seguía en el cuello de Annhia, aunque la cadena la había cambiado dos veces. La piedra era igual - translúcida, fría al tacto incluso en verano, con ese algo moviéndose dentro que a veces Annhia miraba demasiado tiempo y tenía que obligarse a dejar de mirar. Si uno la sostenía contra la luz en el ángulo exacto, podía ver la línea que la dividía en dos: una costura perfecta, casi imperceptible, que separaba una mitad de la otra sin que ninguna perdiera su forma.
Esa mañana de jueves, mientras desayunaba, la piedra tenía su color habitual: un blanco lechoso, quieto, sin pulsos de nada. Annhia la tocó sin pensarlo, como hacía siempre que necesitaba asegurarse de que seguía ahí, y retiró la mano antes de que Emily pudiera notar el gesto.
Emily lo notó de todas formas.
-¿Soñaste otra vez? -preguntó, sin levantar la vista de su taza.
-Buenos días para ti también.
-Annhia.
-Sí -admitió Annhia-. Soñé otra vez.
Los sueños eran un tema que habían aprendido a manejar con cuidado, como se maneja algo frágil que ninguna de las dos quiere romper pero que tampoco saben dónde guardar. Annhia los tenía desde siempre - o desde donde alcanzaba su memoria, que no era lo mismo. Fragmentos que no conectaban entre sí: el olor a tierra mojada después de la lluvia, pero una lluvia más cálida que cualquier lluvia que hubiera conocido. Una voz de mujer cantando en un idioma que su cerebro despertó no reconocía pero que en el sueño entendía con una claridad que dolía. Luz dorada en las paredes de un lugar que no era ningún lugar que existiera en Merrow's Crossing ni en ningún otro sitio que Annhia pudiera ubicar en un mapa.
Y manos. Siempre, en algún punto del sueño, manos que la sostenían con una urgencia que no era violencia sino su opuesto exacto: alguien que se aseguraba de que no cayera, que no se perdiera, que llegara a algún lugar que Annhia nunca recordaba haber alcanzado.