Aurora (libro 2 de la Saga Kuran)

PROLOGO.

—Te digo que no deberíamos estar aquí.

—¿Otra vez con eso?

—Hablo en serio.

El muchacho señaló las enormes paredes rocosas que se extendían frente a ellos.

—Si nos atrapan cerca de la frontera del distrito nos van a meter en problemas.

Su amigo soltó una carcajada.

—Relájate. Todo el mundo está encerrado en sus propios distritos ahora. Nadie viene por aquí.

—Sigo sin entender por qué el gobierno dividió el país de esa manera.

—Porque los gobiernos siempre hacen cosas estúpidas.

El otro negó con la cabeza.

—Algún día te van a arrestar por hablar así.

—Y ese día me reiré igual.

Ambos continuaron avanzando entre las rocas hasta que el más alto sonrió emocionado.

—Ya casi llegamos.

—¿Llegamos a dónde?

—Encontré algo hace unos días.

—¿Algo?

—Te va a encantar.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

El chico soltó otra carcajada.

Entonces ambos se detuvieron.

Frente a ellos se alzaba una gigantesca puerta de bronce incrustada en la montaña.

Los dos quedaron inmóviles.

La superficie metálica estaba cubierta por cientos de símbolos extraños grabados directamente sobre el metal. Algunos brillaban débilmente. Otros parecían tan antiguos que apenas podían distinguirse.

—¿Qué mierda es eso?

—Lo encontré hace unos días.

—¿Encontraste esto y no se lo dijiste a nadie?

—Claro que no.

—Estás enfermo.

—Escucha esto.

El muchacho apoyó una oreja contra el metal.

Después sonrió.

—Ven.

—No.

—Vamos.

—No.

—Solo escucha.

Resoplando, el otro terminó acercándose.

Pegó la oreja a la puerta.

Y su expresión cambió de inmediato.

Porque al otro lado...

algo respiraba.

Una respiración lenta.

Profunda.

Pesada.

Entonces un golpe resonó detrás del metal.

Ambos dieron un salto hacia atrás.

—¿Escuchaste eso?

—Sí.

Durante unos segundos se quedaron observando la enorme estructura.

Luego comenzaron a reír.

Aquella risa nerviosa que nace cuando el miedo y la curiosidad chocan al mismo tiempo.

—¿Te imaginas lo que hay ahí dentro?

—Y si está sellado por una razón.

—Precisamente por eso quiero saber qué es.

—No deberíamos hacer esto.

—Claro que deberíamos.

Metió una mano dentro de su mochila.

Y sacó una pistola.

—Por si acaso.

—Eso no me tranquiliza.

—A mí sí.

Los dos intercambiaron una mirada.

Y comenzaron a arrancar los sellos.

Uno por uno.

Cada símbolo que caía al suelo parecía hacer más pesado el aire.

Pero ninguno de los dos lo notó.

Estaban demasiado emocionados.

Demasiado ocupados imaginando tesoros, secretos o cualquier cosa que pudiera ocultarse tras aquella puerta.

Cuando retiraron el último sello...

el mundo quedó en silencio.

Por un instante nada ocurrió.

—¿Ves? No pasó na...

Las puertas explotaron hacia afuera.

El estruendo hizo temblar la montaña.

Ambos retrocedieron aterrados.

Del interior de la cueva no emergió luz.

Ni fuego.

Ni monstruos.

Solo oscuridad.

Una oscuridad tan profunda que parecía viva.

Entonces escucharon un silbido.

Lento.

Suave.

Como una melodía olvidada.

—¿Qué demonios...?

La voz murió en la garganta del muchacho.

Una figura apareció entre las sombras.

Era una mujer.




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