Aurora (libro 2 de la Saga Kuran)

01

—Akatsuki, acércate.

Extendí una mano hacia él, pero antes de que pudiera alcanzarlo otra mano tomó la mía. Al levantar la vista encontré a Aido sonriéndome. Sin darme tiempo a protestar me arrastró nuevamente hacia el centro de la pista. La música resonaba por todo el salón y las luces giraban sobre cientos de personas que bailaban sin preocuparse por nada más. Reí mientras seguía sus movimientos. Aido giró sobre sí mismo y volvió a sujetarme de la cintura.

—Sigues bailando horrible.

—Y aun así no dejas de seguirme.

—Alguien tiene que evitar que hagas el ridículo.

—Qué considerada.

Rodé los ojos mientras seguíamos moviéndonos entre la multitud. Por un instante parecía una noche normal. Una fiesta cualquiera. Un momento robado a una vida que ninguno de nosotros tenía derecho a vivir. Mis ojos buscaron a Akatsuki y lo encontré observándonos desde un extremo del salón. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios al vernos bailar. Apenas visible. Tan breve que cualquiera habría pensado que la imaginé. Sonreí también antes de volver mi atención a Aido. Me acerqué un poco más a él siguiendo el ritmo de la música.

—¿Estás listo?

La sonrisa descarada apareció inmediatamente en su rostro.

—Así es.

Asentí.

Y durante el siguiente giro clavé el cuchillo en el pecho del hombre que se encontraba a mi lado.

El filo atravesó carne y hueso sin resistencia. El hombre abrió los ojos con horror mientras la sangre manchaba su camisa. Cayó de rodillas intentando comprender qué acababa de ocurrir. No tuvo tiempo. Su cuerpo comenzó a deshacerse frente a todos convirtiéndose en cenizas que el aire arrastró por la pista.

—Eso fue fácil.

—Demasiado fácil.

Tanto Aido como yo nos encogimos de hombros.

Dos hombres enormes vestidos de traje avanzaron hacia nosotros desde el otro lado del salón. Sus manos se movieron bajo las chaquetas buscando armas que jamás alcanzarían a utilizar. Akatsuki pasó entre ellos como una sombra. Hubo un destello plateado. Después dos cabezas golpearon el suelo mientras los cuerpos permanecían inmóviles durante un segundo antes de desplomarse.

La música nunca dejó de sonar y los invitados tampoco parecían sorprendidos después de todo estaban acostumbrados a este tipo de reuniones.

—Pero mira a quién tenemos aquí.

La voz me hizo girar la cabeza.

Una sonrisa apareció en mis labios.

—No fue tan difícil llamar tu atención.

Apoyado contra una columna se encontraba Carlos. Su cabello rubio brillaba bajo las luces y aquellos ojos color miel me observaban con la misma arrogancia de siempre.

—No me interesan los tratos que ofreces.

Solté una pequeña risa.

—Qué curioso. Porque yo no recuerdo haber ofrecido ninguno.

Su expresión se endureció apenas un poco.

—Podemos continuar esta fiesta en paz si eso es lo que quieres.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—Espero que no cruces los límites de lo que se te permite, Carlos.

Durante unos segundos ninguno apartó la mirada.

Finalmente sonrió.

—Lo que diga la reina.

Suspiré cansada.

—Es la última vez que te lo advierto.

—Está bien. No volveremos a cruzar los límites.

No le creí ni una palabra.

Pero tampoco me importaba.

Cuando abandonamos el lugar y subimos al automóvil apoyé la cabeza contra la ventana observando las luces de la ciudad pasar frente a mis ojos. Habían transcurrido cuatro años desde que abandoné la academia. Cuatro años desde que me despedí de todos. Cuatro años desde la última vez que vi a Zero. El país entero había cambiado durante ese tiempo. Las viejas fronteras desaparecieron. Los gobiernos cedieron terreno. Las especies dejaron de ocultarse entre las sombras y comenzaron a reclamar espacios propios. Los distritos nacieron de aquella nueva realidad. Lobos. Brujas. Vampiros. Cazadores. Cada uno tenía ahora territorio, representantes y poder político. Nadie quería admitirlo públicamente, pero gran parte de aquello existía gracias a mí.

Aido conducía tarareando una canción mientras Akatsuki observaba la carretera en silencio. Ninguno habló durante el trayecto. Al llegar a casa me dejé caer sobre el sofá sin siquiera quitarme la chaqueta. Permanecí observando el techo mientras escuchaba a los demás entrar.

—¿Cuánto tiempo más seguiremos haciendo esto? —preguntó Akatsuki.

—¿Haciendo qué?

—Esto.

Sabía exactamente a qué se refería.

—No estoy huyendo.

—Entonces dime cuándo regresarás.

Cerré los ojos.

Aquella pregunta.

Siempre la misma pregunta.




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