Aurora (libro 2 de la Saga Kuran)

02

Mi cuerpo golpeó el suelo del departamento con tanta fuerza que el aire abandonó mis pulmones de golpe. Un dolor agudo atravesó mi abdomen y apenas tuve tiempo de incorporarme cuando escuché pasos apresurados.

—¡Gure!

La voz de Akatsuki resonó por todo el departamento.

Al instante estuvo a mi lado, sujetándome antes de que volviera a desplomarme. Escuché otra puerta abrirse y segundos después apareció Aido.

—¿Qué coño pasó?

Escupí sangre sobre el suelo y limpié mis labios con el dorso de la mano.

—Eso... me gustaría saberlo a mí también.

Con ayuda de Akatsuki logré sentarme en el sofá. Cada músculo de mi cuerpo protestaba. Apoyé una mano sobre mi estómago y cerré los ojos un instante mientras una nueva punzada me obligaba a apretar los dientes.

—Las heridas están tardando demasiado en sanar —murmuró Akatsuki.

Abrí los ojos.

Era verdad.

Normalmente ya habrían desaparecido.

—No sé qué pasó —dije—. Esa mujer apareció de la nada y me atacó. Decía cosas extrañas.

Akatsuki sujetó mi rostro entre sus manos y observó cada golpe como si buscara algo.

—Voy por sangre —anunció Aido.

—Hazlo.

Aido desapareció por el pasillo.

Yo seguía viendo a Akatsuki.

—¿Qué estabas haciendo sola?

—Nada. Estaba caminando.

Su mirada me dejó claro que no le gustaba la respuesta.

—Gure.

—Es la verdad. Esa chica era extraña. Solo apareció y comenzó a atacarme, pero... nunca había sentido algo así. Era como si todo el poder de una montaña hubiera sido comprimido dentro de una sola persona.

Aido regresó con una bolsa de sangre.

—Y vaya que te dio una paliza.

Le dediqué una sonrisa falsa.

—Qué amable eres.

Tomé la bolsa y bebí varios tragos. El alivio llegó casi de inmediato. El dolor comenzó a disminuir y sentí cómo las heridas intentaban cerrarse.

Intentaban.

Porque seguían haciéndolo demasiado lento.

Akatsuki lo notó enseguida.

—Sigue sin ser normal.

Su expresión se endureció.

—Aido, consigue las grabaciones de las cámaras. Quiero saber quién es esa mujer.

—Me encargo.

Antes de que pudiera protestar, Akatsuki me levantó entre sus brazos.

—Akatsuki...

—Ni una palabra.

—Puedo caminar.

—No.

Apoyé la cabeza contra su pecho mientras avanzaba hacia mi habitación. Escuchar los latidos tranquilos de su corazón resultaba extrañamente reconfortante.

Como si todo estuviera bien.

Como si pudiera olvidar por unos minutos lo ocurrido.

Me acostó con cuidado sobre la cama y acomodó la almohada detrás de mi cabeza.

Cuando intentó levantarse sujeté su mano.

Él se detuvo.

—¿Qué ocurre?

Por un momento dudé.

—¿Puedes quedarte esta noche?

Sus ojos se suavizaron apenas.

—Después de esto deberías pensar en regresar a casa de una vez por todas.

Aparté la mirada.

Sabía exactamente a qué se refería.

Había estado evitando ese tema durante demasiado tiempo.

El colchón se hundió cuando él se sentó frente a mí. Sentí sus dedos rozar mi mejilla antes de deslizarse bajo mi barbilla.

Con suavidad.

Con una paciencia que solo parecía tener conmigo.

—Mírame.

Volví la vista hacia él.

Sus ojos granates me observaban con una intensidad que siempre conseguía desarmarme.

—Gure, deja de huir.

Mi garganta se cerró.

—No es tan sencillo.

—Nunca dije que lo fuera.

Sus dedos acariciaron mi mejilla lentamente.

—Pero tampoco hiciste nada malo.

Por un instante sentí que el peso que llevaba encima se volvía un poco más ligero.

Sonreí.

—El dolor no me deja pensar demasiado... pero creo que tienes razón.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

Tan rara.

Tan valiosa.

Se inclinó hacia mí despacio. Sentí su mano deslizarse hasta entrelazar sus dedos con los míos mientras acortaba la distancia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.