Pasé los dedos por el cristal donde estaba grabado el nombre de Kairen. Una pequeña sonrisa apareció en mis labios al ver la puerta impecable. Incluso después de todos estos años seguía exactamente igual. Ordenada. Perfecta. Tan obsesivamente limpia que solo podía pertenecerle a él.
Sentí una punzada de nostalgia.
Cuatro años.
Cuatro años habían pasado desde la noche en que me fui de la academia y, aun así, estar allí seguía provocándome escalofríos.
Me giré al escuchar la puerta abrirse detrás de mí.
Y entonces lo vi.
Kairen permaneció inmóvil en la entrada con varios documentos en una mano. Nuestros ojos se encontraron y durante unos segundos ninguno dijo nada.
—Si eres otra alucinación, te agradecería que dejaras de molestarme.
Fruncí ligeramente el ceño antes de sonreír.
—Entonces aún alucinas conmigo.
Los documentos resbalaron de sus manos y cayeron al suelo.
Su expresión cambió por completo.
Como si su mente tardara unos segundos en aceptar lo que estaba viendo.
—No...
Sus labios apenas se movieron.
—¿Gure?
Mi sonrisa se volvió más grande.
—Hola.
Y entonces todo el autocontrol que siempre había caracterizado a Kairen desapareció.
Cruzó la distancia entre nosotros casi corriendo.
Antes de que pudiera reaccionar me estaba abrazando.
Con fuerza.
Demasiada fuerza.
La suficiente para levantarme ligeramente del suelo.
—¿Qué demonios...? —murmuró con la voz quebrada—. ¿Qué demonios haces aquí?
Por un momento me quedé inmóvil.
Nunca lo había visto así.
Nunca.
Lentamente correspondí el abrazo.
—Yo también te extrañé.
Sentí cómo escondía el rostro sobre mi hombro.
Y por primera vez entendí cuánto daño le había hecho mi ausencia.
—Idiota —murmuró.
Solté una pequeña risa.
—También te extrañé a ti.
—Cuatro años.
Su voz salió cargada de emociones que intentaba ocultar.
—Cuatro malditos años, Gure.
No supe qué responder.
Porque tenía razón.
Porque no existía una excusa capaz de justificar algo así.
Cuando finalmente se separó de mí parecía molesto.
Pero sus ojos brillaban demasiado para que pudiera tomármelo en serio.
—Te ves horrible.
—Gracias.
—Y más pequeña.
—Eso ni siquiera tiene sentido.
—Para mí sí.
Terminé riendo mientras él negaba con la cabeza como si todavía estuviera intentando convencerse de que realmente había regresado.
Más tarde terminamos sentados en uno de los comedores exteriores de los jardines de la mansión. El sol comenzaba a ocultarse y la academia estaba llena de estudiantes caminando entre los senderos.
Kairen seguía sentado frente a mí.
Y seguía sin soltar mi mano.
Ni una sola vez.
Sus dedos acariciaban distraídamente los míos mientras me observaba.
Como si apartar la vista fuera suficiente para que desapareciera otra vez.
—Podrías haber avisado que vendrías.
—¿Y perder el factor sorpresa?
—No tiene gracia.
—Yo creo que sí.
Kairen soltó una risa por la nariz.
—Sigues siendo insoportable.
—Lo aprendí de ti.
—Eso explica muchas cosas.
Sonreí.
Por primera vez en mucho tiempo me sentía tranquila.
Realmente tranquila.
Pero la expresión de Kairen cambió poco a poco.
Su sonrisa desapareció.
Y sus ojos se volvieron serios.
—¿Pasó algo?
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque te conozco.
No apartó la mirada.
—Y porque si no hubiera pasado nada, todavía seguirías lejos.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Demasiado certera.
Mi cuerpo se tensó.
Instintivamente busqué a Akatsuki entre los jardines.
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Editado: 16.06.2026