La enorme puerta de bronce permanecía detrás de mí, abierta por primera vez en siglos. Frente a ella, un ejército de sombras cubría el claro del bosque. Cientos de figuras oscuras permanecían de rodillas, inmóviles, aguardando una sola orden Zero observó la escena con atención Yo me acerqué a una de las sombras y pasé la mano sobre su cabeza como si acariciara a una mascota particularmente obediente.
—Entonces sí fuiste tú quien las invocó —dijo.
Sonreí.
—No exactamente. Son un préstamo de mi hermano.
Escuché su risa.
—¿El diablo te hace favores?
Me encogí de hombros.
—Depende del día.
—Eso no respondió mi pregunta.
—Tampoco la merecía.
Rodó los ojos me giré para verlo.
—De todos modos, yo no soy el gran peligro por el que Gure debería preocuparse.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Y eso qué significa?
—Que hay cosas más interesantes en este mundo que una pobre mujer recién salida de una prisión.
—Aurora.
—Zero.
—No cambies de tema.
Mi sonrisa se ensanchó entonces chasqueé los dedos las sombras desaparecieron al instante una por una se deshicieron en oscuridad hasta que el claro quedó completamente vacío comencé a caminar por el sendero.
—Eso te lo contaré en otro momento.
—Odio cuando haces eso.
—Lo sé.
—Lo haces a propósito.
—También lo sé.
Escuché sus pasos detrás de mí no tardó en alcanzarme.
—Hay algo que no entiendo.
—Solo una cosa. Vas progresando.
—Si tienes tanto poder, ¿por qué no saliste de esa prisión por tu cuenta?
Miré el bosque mientras avanzábamos.
—Por las puertas.
—¿Las puertas?
—No solo tenían sellos.
—¿Entonces?
—También eran de bronce.
—¿Y?
Me detuve de golpe zero tuvo que frenar para no chocarse conmigo me giré y lo observé durante unos segundos.
—¿Por qué sigues a mi lado, Zero?
Parpadeó confundido.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una bastante simple.
—No respondiste la mía.
—Y tú tampoco la mía.
Su ceño se frunció.
—¿De qué estás hablando?
Lo observé con atención.
Sus ojos, Ahora entendía perfectamente por qué Gure se había fijado en él Era una lástima que ella aún no comprendiera lo que había encontrado.
—Yo sé que tú sabes que te quité el control mental hace una noche —dije finalmente.
Su mirada se endureció apenas un poco había acertado.
—Entonces dime algo —continué con una sonrisa divertida—. Si sabes eso, ¿por qué sigues aquí?
—¿Aquí?
—Conmigo.
—¿Debería salir corriendo?
—La mayoría lo haría.
—No pareces ofendida.
—Me sentiría decepcionada.
Zero soltó una pequeña risa.
—Qué alivio.
Seguimos caminando hasta llegar al automóvil me apoyé contra la puerta antes de entrar.
—Hablo en serio.
—Yo también.
—Sabes que podría haberte manipulado desde el principio.
—Lo sé.
—Sabes que eliminé algo que alguien puso dentro de tu cabeza.
—También lo sé.
—Y aun así sigues siguiéndome por el bosque en mitad de la noche.
—Cuando lo dices así, suena un poco estúpido.
—Porque lo es.
Zero apoyó un brazo sobre el techo del vehículo y me sostuvo la mirada.
—¿Quieres saber la verdad?
—Siempre.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Ni yo mismo lo sé.
Por primera vez en toda la noche, mi sonrisa fue completamente sincera porque esa respuesta era exactamente la que esperaba.
El camino de regreso fue tan corto que resultó molesto o tal vez yo simplemente había olvidado cómo funcionaba el tiempo fuera de una celda observé el paisaje pasar por la ventana durante todo el trayecto. Bosques, caminos, luces lejanas. Todo parecía extrañamente pequeño después de siglos encerrada.
Casa.
La palabra apareció en mi mente y casi me hizo reír. ¿podía llamar casa a aquel lugar? No estaba segura cuando llegamos, entré sin decir una palabra y me dejé caer sobre uno de los sillones de la sala mi cuerpo no estaba cansado, mi mente sí escuché a Zero entrar detrás de mí cargando algunas bolsas de compras que habíamos recogido en el camino las dejó sobre la mesa y comenzó a acomodarlas mientras yo observaba el techo era curioso había pasado siglos planeando mi libertad.
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Editado: 16.06.2026