Miré la cama donde se encontraba Zero. No podía pensar en otra cosa. Podía sentir cómo su corazón latía lentamente, cada latido más débil de lo que me gustaría Lilith permanecía a un lado de la cama, sosteniendo su mano Por un momento, aquellas risas de las cenas cruzaron por mi mente. Al principio habían sido incómodas, forzadas… pero poco a poco se habían convertido en risas reales. En momentos que, sin darme cuenta, habían comenzado a significar algo para mí.
Una voz me sacó de mis pensamientos.
—Aurora— Me giré rápidamente y limpié una lágrima que había resbalado por mi mejilla era Marcel —Debemos tener una reunión ahora —dijo.
Apreté los labios y negué con la cabeza.
—No. Hasta que él despierte.
No quería apartarme de Zero. No después de todo lo que había ocurrido Pero Lilith fue quien habló.
—Debes ir. Yo lo cuidaré y, si despierta, iré a buscarte.
La miré durante unos segundos antes de volver la mirada hacia Zero Suspiré profundamente.
—Aurora, vamos.
La voz de Marcel llevaba una clara molestia hasta que finalmente, me giré y comencé a caminar. Marcel fue detrás de mí Cuando llegamos a lo que quedaba de la cocina, me detuve Cross estaba allí. Se veía herido, pero permanecía de pie. A su lado se encontraba Kairen, completamente serio, junto a un joven licántropo que no reconocía Akatsuki y Aido también estaban allí Todos me miraron y el silencio que se había apoderado del lugar era pesado.
—¿Qué haremos? —pregunto Croos.
—Ya no tenemos tiempo— solté de golpe
—Él tiene a mi hija.
Mi mirada se dirigió inmediatamente hacia Kairen.
—Yo iré por ella— solte de golpe sin aparta la mirada de Kairen.
—Es peligroso —respondió el.
—No tengo otro plan ahora mismo Kuran— Sentí cómo la rabia comenzaba a crecer dentro de mí.
— Si lo matas, todos moriremos—
Apreté los puños.
—Lo sé.
La voz de Marcel intervino entonces, intentando cortar la tensión antes de que aumentara.
—Kairen...
Pero apenas lo escuché por un momento quise gritar, quise golpear algo, quise que alguien me dijera qué demonios se suponía que debía hacer Zero estaba inconsciente Gure estaba en manos de nuestro enemigo y todos esperaban que yo tuviera una respuesta, pero no la tenía, necesitaba pensar así que me giré y salí de aquel lugar dejé atrás las miradas de todos y el silencio que quedó después de mi partida caminé sin detenerme, alejándome de ellos mientras una sola pregunta daba vueltas en mi cabeza.
¿Cómo demonios iban a sacar a todos de aquello con vida?
Llegué hasta una parte del jardín, lejos de todos. Necesitaba estar sola mis piernas finalmente dejaron de sostenerme y caí de rodillas sobre el césped.
Cerré los ojos.
El latido de Zero seguía lento podía sentirlo, débil, lento como si cada latido pudiera ser el último y entonces estaba la marca de Gure la sentía arder sobre mi mano, atravesándome con aquel dolor que ya conocía demasiado bien estaba sufriendo los dos, ambos estaban enlazados a mí, ambos dependían de mí y por primera vez en mucho tiempo, dejé que mi voz pronunciara aquello que había guardado dentro de mí.
—Padre... — Mi voz salió rota —Por favor, padre... escúchame— Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente —Ayúdame. No sé qué hacer... No sé cómo arreglar esto— Miré mis manos mientras estas temblaban —Por favor... — Bajé la cabeza —Ayúdame— Las lágrimas ya no dejaron de salir —Por favor, padre...
Apoyé las manos contra el suelo y dejé caer la cabeza, llorando como no lo había hecho en años no sabía cuánto tiempo permanecí así pero entonces algo cambió la oscuridad que me rodeaba comenzó a desaparecer una luz blanca apareció a mi alrededor abrí los ojos lentamente y levanté la mirada.
Él estaba allí.
Miguel.
De pie frente a mí me puse de pie rápidamente y limpié las lágrimas de mi rostro Miguel me observó durante unos segundos.
—No sabía que mi hermana podía llorar.
Lo miré en silencio.
Después suspiré.
—Miguel...
Él no se acercó Simplemente me observó con aquella calma que siempre parecía desesperarme.
—Tú sabes cuál es el camino.
Fruncí el ceño.
—No.
—Padre ya te dio la respuesta.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿De qué estás hablando?
—Tú sabes qué hacer.
Negué con la cabeza.
—Pero no quiero que mueran— Mi voz volvió a quebrarse —No puedo dejar que mueran así.
Miguel me miró fijamente esta vez su expresión cambió su voz fue firme.
—Aurora.
Me quedé callada.
—Tú sabes cómo hacer la transferencia.
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Editado: 08.09.2026