Daniel no recordaba haberse quedado dormido.
Estaba sentado en la mesa de la cocina, con el cuaderno de Adrián frente a él, abierto por una página al azar. Las letras parecían más irregulares que antes, como si la mano que las escribió hubiera dudado en cada trazo. Al levantar la vista, la luz del amanecer entraba por la ventana con una claridad incómoda.
Había pasado la noche allí.
El café estaba frío. La taza, intacta. No recordaba haberla servido.
Ese vacío —breve, silencioso— le provocó una ansiedad más profunda que cualquier revelación escrita. Porque no era un recuerdo olvidado: era un momento que nunca se había fijado.
Cerró el cuaderno con cuidado, como si pudiera despertar algo.
Clara llegó a la biblioteca más temprano de lo habitual. Daniel la encontró organizando libros que no necesitaban ordenarse. Sus movimientos eran precisos, pero innecesarios.
—No dormiste —dijo ella sin mirarlo.
—Tú tampoco.
Clara se detuvo. Durante un segundo, pareció medir si valía la pena mentir.
—Dormir no siempre es descansar.
Daniel asintió. Entendía exactamente a qué se refería.
Le habló del cuaderno. De las notas. De las observaciones sobre ellos. Clara escuchó en silencio, con el gesto de alguien que ya sabía lo que iba a oír, pero esperaba no escucharlo nunca.
—Adrián no escribía para entendernos —dijo finalmente—. Escribía porque tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
Clara lo miró por primera vez.
—De estar equivocado… o de tener razón.
Marcos apareció esa misma tarde en la casa. No tocó la puerta. Nunca lo hacía.
Caminó directo al salón, como si el lugar aún le perteneciera.
—Esto no está bien —dijo—. Remover todo otra vez.
—Nunca se cerró —respondió Daniel.
Marcos rió, pero fue una risa hueca.
—Claro que se cerró. Lo que pasa es que a algunos les conviene que siga abierto.
Daniel sintió la acusación, aunque no supo exactamente hacia dónde iba dirigida.
—Adrián pensaba que alguien mentía —dijo—. Que algo no encajaba desde antes.
El silencio se volvió denso.
—Adrián veía fantasmas —respondió Marcos con brusquedad—. Siempre lo hizo.
Pero su mano tembló al encender el cigarro.
Esa noche, Daniel volvió a soñar con el bosque. Esta vez no estaba solo.
Clara caminaba a su lado, observando el suelo. Marcos iba más adelante, avanzando sin mirar atrás. Y Adrián… Adrián no estaba delante ni detrás.
Su voz surgió desde todas partes.
—No es lo que recuerdan —dijo—. Es lo que eligieron conservar.
Daniel despertó con el corazón acelerado y una certeza inquietante:
la historia que creían incompleta había sido editada, no por el tiempo, sino por ellos mismos.
Y por primera vez desde su regreso, entendió algo esencial:
Tal vez no estaban buscando a Adrián. Tal vez estaban evitando encontrarse a sí mismos.