Ausencia

El día que Adrián dejo de existir

La desaparición de Adrián no fue inmediata.
Primero fue la ausencia en reuniones, luego los mensajes sin respuesta, después el rumor. El pueblo reaccionó con curiosidad durante semanas, con lástima durante meses, y finalmente con indiferencia.
Daniel se fue poco después. Huir fue su manera de sobrevivir. Cada relación que intentó construir fuera del pueblo fracasó por la misma razón: nunca estaba del todo presente. Adrián se le aparecía en silencios largos, en decisiones evitadas, en cada despedida.
Clara permaneció.
Intentó llenar el vacío con control. Clasificó documentos, fechas, nombres. Convirtió la memoria en un sistema ordenado, como si poner cada cosa en su lugar pudiera corregir la injusticia. Sus relaciones personales se volvieron breves, distantes. Nadie soportaba vivir con alguien que observaba más de lo que sentía.
Marcos fue el que más cambió… y el que menos lo admitió.
El bar se convirtió en su refugio. Bebidas, risas, música alta. Pero cada cierre nocturno era un descenso lento hacia el recuerdo. Las relaciones que intentó sostener terminaron por la misma razón: nadie podía competir con un fantasma que nunca se fue.
La comunidad hizo lo que siempre hace.
Siguió adelante.
El nombre de Adrián dejó de mencionarse. Su casa se volvió un punto más del paisaje. Los nuevos habitantes del pueblo nunca supieron quién fue. No hubo placas, ni homenajes, ni memoria colectiva.
Solo personas que aprendieron a no mirar atrás.
Diez años después, Daniel comprendió que la desaparición de Adrián no había destruido al pueblo.
Solo lo había vaciado.




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