Siempre pensé que el problema no era el pueblo.
Era la forma en que te obligaba a mirarte cuando ya no había distracciones.
Aquí, el silencio no es ausencia de ruido; es una presencia constante. Te observa. Te escucha. Te recuerda cosas que preferirías no formular en voz alta.
Empecé a escribir porque necesitaba comprobar que no estaba perdiendo la cabeza.
Al principio eran detalles pequeños. Horarios que no coincidían. Conversaciones que parecían repetirse con ligeras variaciones. Miradas que se desviaban demasiado rápido. Daniel siempre fue malo mintiendo, pero mejor fingiendo que no entendía. Clara lo notaba todo, incluso cuando decía no hacerlo. Marcos… Marcos era un bloque opaco. No mostraba grietas, pero eso mismo me inquietaba.
Recuerdo con claridad el día en que empecé a sospechar de mí mismo.
Fue una tarde gris, de esas en las que el pueblo parece suspendido en el tiempo. Caminé hasta el bosque para despejarme. El aire olía a tierra húmeda y hojas viejas. Al volver, juraría que había estado fuera no más de veinte minutos.
Clara dijo que habían pasado casi dos horas.
Reí. Fingí sorpresa. Pero algo no encajaba.
Desde entonces, empecé a sentir que los recuerdos no eran firmes. Como si alguien los hubiera tocado después de ocurridos.
Daniel me dijo una vez que yo exageraba. Que siempre veía patrones donde no los había. Tal vez tenga razón. O tal vez era más fácil decirlo que admitir que algo se estaba rompiendo.
La noche antes de desaparecer, dormí mal.
El pueblo estaba demasiado quieto. Ni perros, ni viento. Solo ese silencio denso que presiona el pecho. Escribí hasta que me dolieron los dedos. No para dejar pruebas. Para dejarme constancia a mí mismo.
Si esto termina mal, pensé, necesito saber que no imaginé todo.
Salí a caminar. No huía. No buscaba nada en concreto. Solo necesitaba confirmar que el mundo seguía donde lo había dejado.
El bosque me recibió con una calma extraña. Los árboles parecían más cercanos entre sí, como si cerraran el paso lentamente. Sentí frío, pero no retrocedí.
Pensé en decirle a Daniel algo que nunca dije. Pensé en Clara y en cómo su silencio podía ser tan afilado como una confesión. Pensé en Marcos… y en la forma en que evitaba mirarme a los ojos cuando hablábamos de ciertas cosas.
Escuché un ruido detrás de mí.
O tal vez no.
Aquí es donde mi recuerdo se vuelve confuso.
Juraría que alguien dijo mi nombre.
Pero cuando me giré, no había nadie.
Si estás leyendo esto —si alguien lo está— quiero que sepas algo: no confié plenamente en mis recuerdos, pero tampoco los descarté.
Si desaparecí, no fue porque quise irme.
Fue porque entendí que en este pueblo, a veces, recordar demasiado es más peligroso que olvidar.