Ausencia

Lo que vuelve sin avisar

El recuerdo llegó sin violencia.
Daniel estaba sentado en la banca frente a la plaza, observando cómo el sol de la tarde suavizaba los contornos del pueblo. A esa hora, todo parecía más amable: las fachadas envejecidas adquirían tonos cálidos, el aire olía a pan recién hecho y a tierra seca, y el murmullo lejano de algunas conversaciones devolvía una ilusión de normalidad.
Por primera vez desde su regreso, Daniel sintió que podía respirar.
Fue entonces cuando recordó.
No como una revelación dramática, sino como un detalle que siempre había estado ahí, oculto por su aparente insignificancia.
Adrián no había dicho que necesitaba aire.
Había dicho que iba a buscar algo.
Daniel cerró los ojos.
La frase volvió con una claridad incómoda, nítida, distinta a todas las versiones que había repetido durante años. No encajaba con lo que Adrián escribió en su cuaderno. No encajaba con la imagen de alguien que solo quería caminar.
Adrián buscaba algo.
Pero ¿qué? ¿O a quién?
El recuerdo no traía respuestas, solo una certeza nueva: la historia que Adrián había dejado escrita no coincidía del todo con la que Daniel empezaba a recuperar.
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Clara lo encontró más tarde en la biblioteca.
Habían pasado horas sin decir una palabra. Ella ordenaba libros que nadie leería pronto; él hojeaba un volumen viejo, sin prestar atención al texto.
—A veces —dijo Clara con suavidad— pienso que el problema no fue lo que pasó, sino lo que decidimos no preguntar.
Daniel levantó la vista.
—¿Qué decidiste no preguntar tú?
Clara tardó en responder. Caminó hacia la ventana, desde donde se veía el campanario.
—Si Adrián tenía miedo —dijo—, nunca quise saber exactamente de qué.
No era una confesión completa. Tampoco una evasión. Era una línea intermedia, cuidadosamente trazada.
Daniel notó algo entonces: Clara no estaba tensa. Su voz era serena, casi nostálgica. Como si hablar del pasado, esta vez, no doliera tanto.
—El pueblo también decidió no preguntar —añadió ella—. Eso nos dio paz. O eso creímos.
Daniel pensó en las tardes tranquilas, en la rutina intacta, en la forma en que todo parecía seguir igual. Tal vez esa calma no era natural, sino construida.
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Caminaron juntos hasta el borde del bosque.
No entraron.
Se quedaron observando, como si el simple acto de cruzar ese límite pudiera reactivar algo dormido. El viento movía las hojas con lentitud. No había amenaza. No había urgencia.
—Podríamos dejarlo así —dijo Clara—. Aceptar que algunas cosas no necesitan resolverse.
Daniel entendió el ofrecimiento.
Era tentador.
Durante unos segundos, creyó que quizá tenía razón. Que el misterio podía quedarse incompleto sin romper nada más.
Fue entonces cuando algo llamó su atención.
En el suelo, cerca del sendero, había una hoja doblada. No parecía reciente, pero tampoco llevaba demasiado tiempo allí. Daniel la recogió.
Era una página arrancada.
Reconoció la letra al instante.
No decía mucho. Solo una frase, escrita con trazo firme:
“Si alguien encuentra esto, significa que llegué demasiado tarde.”
Daniel levantó la vista hacia el bosque.
La quietud seguía intacta.
Pero ya no era la misma.




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