Nadie se considera testigo de algo importante en el momento en que lo es. Daniel pensaba en eso mientras escuchaba a la mujer hablar. No parecía nerviosa. Tampoco especialmente interesada en la conversación. Hablaba como hablan quienes no saben que están aportando una pieza clave: sin cuidado, sin énfasis, como si lo que dicen no fuera a cambiar nada.
—Lo veía seguido —dijo ella—. Siempre a la misma hora. No todos los días, pero casi.
Daniel no interrumpió. Había aprendido que las pausas hacían que la gente completara sus propias frases.
—¿A quién? —preguntó finalmente.
—Al chico. Al que desapareció.
El café estaba más lleno que de costumbre. Voces superpuestas. Platos chocando. La normalidad funcionando a pleno. Daniel sintió que esa escena no debía ocurrir así. Que una conversación como esa merecía un escenario distinto. Más oscuro. Más silencioso.
—¿Dónde lo veía? —preguntó.
La mujer frunció el ceño, buscando el recuerdo exacto.
—Cerca del estacionamiento viejo. El que da al río. Siempre parecía… —se detuvo— como si estuviera esperando algo.
Esa frase se quedó suspendida entre ellos. Esperar implica intención. Implica tiempo. Implica decisión. Daniel anotó mentalmente la información. No la cuestionó. No la confrontó con otras versiones. Todavía no. Sabía que hacerlo demasiado pronto podía romper algo frágil. Cuando se despidió, caminó varias cuadras sin rumbo fijo. Pensó en Clara. En Laura. En las fechas que no coincidían. En la foto. En la puerta que se cerraba sin ruido. No era una revelación. Era una acumulación.
Clara, mientras tanto, había decidido visitar a su madre. No por necesidad emocional. Más bien por costumbre. Las visitas se habían vuelto un acto mecánico, una forma de convencerse de que algunas cosas seguían intactas. Hablaron de asuntos triviales. De vecinos. De recetas. De una gotera que nunca terminaba de arreglarse. En un momento, sin embargo, su madre mencionó el nombre de Bryan como quien menciona a alguien que se fue de viaje.
—Siempre fue educado —dijo—. El último día que lo vi incluso me ayudó con las bolsas.
Clara levantó la mirada.
—¿El último día?
—Sí. El viernes. ¿No?
Clara sintió esa presión conocida en el pecho. No una alarma. Algo más lento. Más profundo.
—Creí que fue el jueves —respondió con cuidado.
La madre se encogió de hombros.
—Puede ser. Los días se me confunden.
Clara sonrió. No insistió. Pero mientras regresaba a casa, contó los pasos desde la parada del autobús hasta su puerta. Siempre lo hacía cuando algo no le gustaba. Una manía antigua. Setenta y tres pasos. Siempre eran setenta y tres. Esa noche, Laura no durmió bien. No por pesadillas. No por miedo explícito. Dormía y despertaba en intervalos breves, con la sensación persistente de que había olvidado algo importante. No un objeto. No una cita. Algo más abstracto.
Cerca del amanecer, recordó una conversación que había descartado durante meses. Bryan hablaba de irse. No de huir. No de desaparecer. De irse como quien toma una decisión difícil pero necesaria. Había dicho algo sobre no poder seguir sosteniendo versiones distintas de sí mismo para personas distintas. En ese momento no le dio importancia. Ahora, esa frase se acomodaba demasiado bien en todo lo demás.
El recuerdo no llegó como una imagen clara. Llegó como una sensación. Daniel estaba lavándose las manos cuando ocurrió. Agua tibia. Jabón neutro. El espejo ligeramente empañado. Nada extraordinario. Y aun así, algo se deslizó desde un lugar profundo, como si hubiera estado esperando el momento exacto en que su guardia bajara. La noche. No una noche. Esa noche.
Recordó estar sentado. Recordó el respaldo duro de la silla. Recordó la forma en que Bryan apoyaba los codos sobre la mesa, inclinándose hacia adelante como si quisiera decir algo importante pero no encontrara el modo correcto. Lo curioso fue lo que no recordó: no había tensión. No había discusiones. No había dramatismo. Solo cansancio.
—No puedo seguir así —había dicho Bryan, con voz baja.
Daniel se secó las manos lentamente. En el recuerdo, él había asentido. Estaba seguro de eso. Había entendido la frase como se entienden muchas cosas incómodas: aceptándolas sin preguntar demasiado. Lo inquietante fue darse cuenta de que, en su versión del recuerdo, Bryan no parecía perdido. Parecía decidido. Ese mismo día, Clara recordaba la misma escena. No sabía por qué había vuelto a ella. Tal vez por el tono de la conversación con su madre. Tal vez por la insistencia de esos pequeños detalles que no dejaban de rozarla. El recuerdo apareció mientras conducía, detenido en un semáforo. La mesa. La luz amarilla. El vaso sin terminar. Pero en su versión, Bryan estaba distinto. Más nervioso. Jugaba con los dedos. Miraba la puerta más de lo necesario. Hablaba rápido, como si temiera quedarse sin tiempo. Clara recordaba haber sentido incomodidad, incluso un poco de fastidio. No entendía por qué dramatizaba tanto algo que, desde su perspectiva, tenía soluciones simples.
—Solo necesito que me escuchen —había dicho él.
Clara recordó haber cruzado los brazos. Recordó haber pensado que exageraba. Que siempre había tenido tendencia a ver abismos donde solo había grietas. Dos recuerdos. Una misma noche.
Laura, por su parte, no recordaba la conversación. Recordaba el después. Recordaba a Bryan de pie, junto a la ventana, mirando hacia afuera como si la calle pudiera ofrecerle una respuesta. Recordaba el silencio pesado, incómodo, que quedó flotando cuando nadie supo qué más decir. En su versión, nadie dijo nada importante. Y eso, precisamente, fue lo que más la perturbó con el tiempo. Y en ese espacio entre lo que se dijo, lo que se entendió y lo que se decidió no decir, se fue formando algo peligroso. Esa noche no hubo gritos. No hubo amenazas. No hubo despedidas solemnes. Solo personas cansadas tomando decisiones pequeñas, creyendo que tendrían tiempo para corregirlas. Daniel recordó haberse levantado primero. Clara recordó haber sido la última en irse. Laura recordó haber cerrado la puerta. Ninguno mentía. Ninguno recordaba todo.