Ausencia

El cuerpo recuerda antes que la mente

Daniel se dio cuenta de que algo no estaba bien por el sudor. No hacía calor. La ventana estaba abierta. La noche era fresca. Y aun así, una línea lenta y tibia descendía por su espalda, como si el cuerpo hubiera decidido reaccionar sin consultarle. Estaba de pie frente al fregadero, sosteniendo un vaso que no recordaba haber llenado. El agua dentro vibraba apenas, lo suficiente para delatar el temblor casi imperceptible de su mano derecha. Respiró hondo. Demasiado hondo. El corazón respondió acelerándose, como si hubiera interpretado la inhalación como una señal de alarma. Daniel apoyó el vaso con cuidado excesivo, temiendo que el sonido al colocarlo fuera demasiado fuerte, que rompiera algo invisible. No tenía un pensamiento claro. Eso fue lo más inquietante. No estaba recordando una escena concreta. No estaba formulando una teoría. No estaba tomando una decisión. Simplemente… sentía. Un cosquilleo en la nuca. La piel de los brazos erizándose sin motivo. Una presión incómoda en el pecho, no dolorosa, pero insistente.

Se sentó. El mareo llegó después, leve pero suficiente para obligarlo a inclinarse hacia adelante. Apoyó los codos en las rodillas y cerró los ojos. Durante unos segundos, el mundo se redujo a dos cosas: su respiración irregular y el latido acelerado que parecía resonarle en los oídos. Esto es estrés, pensó. Esto es cansancio. La mente siempre busca explicaciones simples cuando el cuerpo empieza a decir verdades difíciles. Lo que lo desarmó no fue el miedo, sino la certeza repentina de que no podía hablar de esto con nadie. No porque no quisiera, sino porque no sabría por dónde empezar sin decir demasiado.

Clara experimentó algo parecido, aunque lo suyo fue más sutil. Estaba en la ducha cuando ocurrió. El agua caliente cayendo de forma constante, el vapor empañando el espejo, el ruido uniforme que suele tranquilizar. Cerró los ojos y apoyó la frente contra la pared de azulejos. Y de pronto, una imagen sin contexto. La espalda de Adrián alejándose. No como despedida. No como huida. Solo alejándose.

Clara abrió los ojos con brusquedad. El corazón le dio un salto incómodo. Sintió cómo el pulso se aceleraba, cómo el aire parecía más espeso dentro de sus pulmones. Bajó la temperatura del agua sin darse cuenta, buscando algo que la anclara al presente. El vello de los brazos se erizó. No por frío. Por reconocimiento. Se quedó ahí unos segundos más de lo normal, respirando despacio, esperando que la sensación pasara. No pasó del todo. Se atenuó, como hacen las cosas que prometen volver.

Laura, en cambio, sintió el costo de otra forma. Estaba sentada en el sofá, con el teléfono en la mano, sin mirarlo. El aparato vibró con una notificación cualquiera y el sobresalto fue desproporcionado. Un latigazo breve que le recorrió el cuerpo desde el estómago hasta la garganta. Se llevó la mano al pecho, sorprendida por la reacción. Es solo un sonido, se dijo. Pero el cuerpo no negocia con la lógica. La boca se le secó. La respiración se volvió superficial. Sintió una presión detrás de los ojos, como si una migraña estuviera formándose lentamente. Pensó en levantarse, en caminar, en distraerse, pero no lo hizo. Se quedó quieta, escuchando su propio pulso. Y ahí apareció el pensamiento que llevaba días evitando:

Si hablo, algo cambia.

Si no hablo, esto no se va.




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